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LA MALDICION DE SER VISTO - Capítulo 22

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Capítulo 22: Capítulo 22 — cuando el mundo ya no lo rechaza

La tarde continuó después de salir de la cafetería con una calma ligera que ninguno de los tres quiso romper. El aire del exterior estaba más fresco que antes, y el movimiento constante de la gente por las calles del centro comercial les daba esa sensación extraña de estar dentro de un mundo enorme donde todos avanzaban sin detenerse demasiado en nadie… aunque, en el caso de Yuuto, eso no fuera del todo cierto.

Aun con el cubrebocas, los lentes oscuros y el gorro que intentaba ocultar parte de su presencia, seguía llamando la atención. Era inevitable. Su cabello plateado, largo y brillante incluso bajo la sombra de la tela, era demasiado inusual como para pasar desapercibido, y su figura delicada hacía que más de una persona girara la cabeza por simple curiosidad.

Sin embargo, algo había cambiado.

Yuuto ya no caminaba con la misma tensión rígida de antes. No iba completamente relajado, todavía no, pero sus pasos ya no tenían esa urgencia silenciosa de quien quiere cruzar el mundo sin dejar huella. Caminaba entre Ayaka y Reika, escuchándolas hablar, y eso parecía suficiente para mantenerlo en calma.

—Todavía no entiendo cómo puedes comer cosas tan picantes sin llorar —decía Ayaka mientras caminaba con las manos detrás de la espalda—. La otra vez probé una salsa que decía “nivel medio” y sentí que veía a mis ancestros.

Reika la miró de reojo.

—Eso explica muchas cosas.

Ayaka giró hacia ella con una expresión ofendida.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que tu resistencia es cuestionable.

—¡Mi resistencia no es cuestionable! Solo no quiero morir por una salsa.

Reika acomodó sus gafas con total tranquilidad.

—Entonces confirma mi punto.

Ayaka soltó un bufido y luego miró a Yuuto.

—No me mires así.

Yuuto, que ya había sacado su libreta, escribió unas pocas palabras y se las mostró.

“No dije nada.”

Ayaka entrecerró los ojos.

—Tu libreta se está volviendo demasiado insolente.

Reika dejó escapar una risa pequeña y rara vez audible.

—Yo diría que apenas está empezando.

Ayaka llevó una mano a su pecho con dramatismo.

—Increíble. Primero Minori-sensei y ahora ustedes dos. He sido traicionada demasiadas veces en un solo día.

Yuuto volvió a escribir.

“La salsa ganó.”

Reika se cubrió la boca con una mano, intentando ocultar la risa que de todos modos se le escapó en los ojos.

Ayaka se quedó mirando la página unos segundos antes de llevarse una mano a la frente.

—Ya está. Lo perdimos. Ahora también hace bromas.

Yuuto cerró apenas la libreta, y aunque seguía cubierto, su postura dejaba ver una ligereza nueva, una comodidad pequeña pero real.

Continuaron caminando así, acompañados por el ruido de las tiendas, las conversaciones ajenas y el reflejo cálido de la tarde sobre los ventanales. Fue entonces cuando, en medio de ese paseo sin rumbo demasiado definido, algo cambió.

Ayaka dio un paso más.

Reika también.

Y tras un par de segundos ambas se dieron cuenta al mismo tiempo de que el espacio entre ellas estaba vacío.

Se detuvieron.

Giraron la cabeza casi al mismo tiempo.

Yuuto ya no estaba a su lado.

No se había ido lejos.

Solo se había quedado atrás.

Estaba quieto a unos metros de distancia, frente a una tienda iluminada por luces de colores, pantallas brillantes y sonidos electrónicos que escapaban cada vez que la puerta automática se abría para dejar entrar o salir a alguien.

Un arcade.

Máquinas de juego. Máquinas de garra. Música digital mezclándose con efectos de victoria, derrotas, monedas y voces pregrabadas.

Yuuto estaba de pie frente a la entrada como si el tiempo se hubiera detenido alrededor de él.

Llevaba todavía los lentes puestos, así que sus ojos no podían verse del todo con claridad, pero ni siquiera eso bastaba para ocultarlo. Había algo en su postura, en la leve inclinación de su cuerpo hacia el local, en la forma en que su atención estaba completamente atrapada por las luces del interior, que lo decía todo por él.

Sus ojos brillaban.

No hacía falta verlos directamente para entenderlo.

Ayaka fue la primera en sonreír.

Una sonrisa lenta, divertida, casi tierna.

—Ah…

Reika también lo notó de inmediato.

Y por una vez, su expresión seria se suavizó con una claridad imposible de ocultar.

—Ya veo.

Yuuto seguía mirando el arcade, como si intentara convencerse a sí mismo de seguir caminando. Como si entrar fuera pedir demasiado. Como si desear algo tan simple todavía le resultara difícil.

Ayaka cruzó los brazos.

—Quiere entrar.

Reika asintió.

—Definitivamente quiere entrar.

Yuuto reaccionó recién cuando escuchó sus voces. Giró el rostro hacia ellas con un pequeño sobresalto y levantó ambas manos de inmediato, negándolo todo con gestos apurados.

No.

No era eso.

Podían seguir caminando.

No hacía falta entrar.

Sus manos se movían con torpeza nerviosa mientras intentaba deshacer, con pura negación muda, lo que su cuerpo había confesado por él.

Ayaka lo miró con los ojos entrecerrados.

—Yuuto.

Reika dio un paso hacia él.

—Esa ha sido la negación menos convincente que he visto en mucho tiempo.

Yuuto volvió a mover las manos, esta vez todavía más rápido, como si con eso pudiera borrar la escena completa. Luego abrió su libreta con torpeza y escribió a toda velocidad.

“Solo estaba mirando.”

Ayaka leyó la frase y levantó una ceja.

—Claro.

Reika observó la libreta y añadió, sin rastro de duda:

—Eso no mejora tu caso.

Yuuto bajó un poco la cabeza. Incluso con el cubrebocas puesto era fácil imaginar la vergüenza escondiéndose debajo. Volvió a escribir.

“No hace falta entrar.”

Ayaka y Reika intercambiaron una mirada.

Fue una mirada breve.

Peligrosa.

Del tipo que anunciaba una decisión tomada sin necesidad de hablarla demasiado.

Yuuto la reconoció demasiado tarde.

Porque apenas levantó la vista, Ayaka ya lo había tomado de una muñeca y Reika de la otra.

Sus ojos se abrieron detrás de los lentes.

Intentó resistirse.

No con fuerza real, más bien con esa clase de resistencia simbólica de alguien que ya sabe que perdió pero igual debe intentarlo por dignidad.

Ayaka sonrió con una energía imposible de detener.

—Demasiado tarde.

Reika, más serena pero no menos firme, tiró de él hacia la entrada.

—Entraremos.

Yuuto sacudió apenas las manos, intentando protestar sin éxito mientras su libreta quedaba atrapada contra su pecho.

“¡Esperen!”

La palabra escrita fue levantada demasiado tarde.

Ayaka soltó una risa.

—No.

Reika empujó la puerta automática apenas esta se abrió.

—Considéralo una decisión grupal.

Y así, arrastrado entre ambas antes de poder recuperar del todo su compostura, Yuuto Kurosawa cruzó la entrada del arcade con el corazón acelerado, los ojos todavía brillando detrás de los lentes oscuros y una emoción tan evidente que ni todo su escudo habitual lograba esconderla.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, no lo estaban empujando hacia algo que temiera.

Lo estaban arrastrando directo hacia algo que quería.

Apenas cruzaron la entrada del arcade, Yuuto intentó una vez más recuperar algo de dignidad.

Se soltó con suavidad de las manos de ambas, acomodó un poco la libreta contra su pecho y movió una mano en un gesto apurado, tratando de insistir en que no era necesario, que podían salir todavía, que de verdad no hacía falta entrar solo porque se había quedado mirando unos segundos desde afuera.

Pero esa pequeña resistencia duró muy poco.

Bastaron apenas unos instantes dentro del local para que su postura cambiara.

No fue algo brusco ni evidente al principio. Más bien fue una transformación sutil, casi delicada, como si una tensión antigua empezara a aflojarse centímetro a centímetro sin que él mismo se diera cuenta. Sus hombros, siempre un poco encogidos, se relajaron. La rigidez de sus pasos desapareció. Su cabeza ya no estaba tan baja.

Comenzó a mirar alrededor.

Las luces de colores se reflejaban en sus lentes oscuros. Los sonidos electrónicos llenaban el ambiente con una energía caótica pero extrañamente alegre: efectos de disparos digitales, melodías de victoria, campanas, monedas virtuales, voces pregrabadas llamando a nuevos jugadores. A un costado, las máquinas de garra brillaban con sus vitrinas llenas de peluches; más al fondo, las pantallas de combate y ritmo emitían destellos de todos los colores posibles.

Yuuto giró lentamente la cabeza hacia una máquina.

Luego hacia otra.

Y después hacia otra más.

Ayaka y Reika lo observaron en silencio durante unos segundos.

No tardaron en notarlo.

Yuuto estaba emocionado.

No lo decía con palabras, por supuesto. Ni siquiera lo mostraba de una forma exagerada. Pero se le veía en la manera en que avanzaba de una máquina a otra, deteniéndose unos momentos frente a cada una, mirando con atención los controles, las pantallas, los premios, los carteles. Su curiosidad era tan evidente que, por un momento, toda la imagen solemne y contenida que solía proyectar quedó a un lado.

Parecía un niño pequeño descubriendo un lugar nuevo por primera vez.

Y, en cierto modo, eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.

Ayaka lo vio detenerse frente a una máquina de carreras con una expresión que casi parecía incredulidad contenida, como si no terminara de creer que de verdad estaba ahí, que podía mirar todo aquello sin que nadie lo apartara ni le dijera que estorbaba. Luego pasó a una máquina de ritmo, después a una de disparos, luego a una hilera de juegos clásicos que parecían haber capturado toda su atención.

Reika, que normalmente analizaba todo con cierta distancia, no pudo evitar suavizar la mirada.

—No esperaba verlo así —murmuró.

Ayaka sonrió despacio, observándolo mientras él inclinaba apenas el rostro frente a otra pantalla luminosa.

—Yo tampoco.

No era solo curiosidad.

Había algo más profundo.

Yuuto no estaba fingiendo calma ni tratando de medir cada movimiento como hacía casi siempre afuera. Estaba absorto. Dejándose llevar. Mirando todo con una emoción limpia, casi inocente.

Y ninguna de las dos tardó demasiado en entender por qué aquella escena tenía un peso distinto.

Ellas no lo sabían aún con exactitud, pero para Yuuto aquello no era una salida cualquiera.

Era la primera vez.

La primera vez que entraba a un lugar así.

La razón era tan simple como triste.

Cuando los cambios comenzaron en su cuerpo, cuando su aspecto dejó de encajar en lo que los demás esperaban de él, sus amigos fueron alejándose uno por uno. Al principio hubo silencios incómodos. Después vinieron las excusas. Finalmente, solo quedó la distancia.

Y cuando ya no quedaron amigos, tampoco quedó nadie con quien venir.

Más adelante, con la ropa holgada, el cubrebocas, la capucha y todo lo demás, la idea misma de entrar solo a un lugar como ese se volvió imposible. Demasiadas miradas. Demasiadas preguntas. Demasiado riesgo.

Así que nunca vino.

No hasta ahora.

No hasta tener a Ayaka y Reika a su lado.

—Creo que si lo dejamos solo aquí unas tres horas, todavía seguiría mirando todo —comentó Ayaka en voz baja.

Reika acomodó sus gafas.

—No lo descartaría.

Yuuto terminó por detenerse frente a una máquina de lucha. La pantalla mostraba personajes listos para pelear, con música intensa de fondo y efectos llamativos que parecían llamarlo por su nombre. Esta vez no intentó ocultar del todo su interés. Se quedó allí unos segundos más, y aunque seguía con los lentes puestos, incluso así se notaba el brillo en sus ojos.

Ayaka sonrió.

—Vamos a jugar.

Yuuto giró hacia ellas casi de inmediato y negó con la mano, todavía prisionero de su costumbre de contenerse.

No hacía falta.

Solo mirar estaba bien.

Reika ya había sacado unas monedas.

—Demasiado tarde.

Ayaka dejó escapar una pequeña risa.

—Además, ahora yo también quiero ver si eres bueno o solo mirabas con nostalgia.

Yuuto dudó un segundo, luego otro, y finalmente aceptó.

El primer enfrentamiento fue contra Reika.

Y fue un desastre.

Reika perdió.

Luego volvió a perder.

Y después perdió otra vez.

Yuuto no solo era bueno, era insultantemente bueno. Sus dedos se movían con precisión, rapidez y una seguridad que contrastaba por completo con la torpeza nerviosa que mostraba en casi cualquier otro aspecto de su vida diaria. Frente a la máquina, concentrado en la pantalla, parecía otra versión de sí mismo: tranquila, segura, ágil.

Reika frunció el ceño al perder por cuarta vez consecutiva.

—No entiendo cómo hice eso tan mal.

Ayaka, que observaba desde un lado, se llevó una mano a la boca para contener la risa.

—Porque eres terrible.

Reika le dirigió una mirada plana.

—Te toca a ti, entonces.

Ayaka aceptó el reto con entusiasmo.

—Perfecto. Yo lo haré mejor.

No lo hizo.

O al menos no de inmediato.

A diferencia de Reika, Ayaka tenía una especie de instinto caótico que, aunque no provenía de la experiencia, le permitía improvisar mejor. No entendía del todo los controles, ni las combinaciones, ni los tiempos exactos, pero se adaptó rápido y consiguió ponerle las cosas un poco más difíciles a Yuuto.

Un poco.

—¡Eso no vale! —protestó Ayaka mientras su personaje caía derrotado una vez más—. Estoy segura de que este juego me odia personalmente.

Yuuto escribió algo rápido en su libreta y se la mostró.

“Tal vez la salsa picante te debilitó.”

Ayaka abrió mucho los ojos.

—¡¿Sigues con eso?!

Reika soltó una risa seca, breve, pero absolutamente satisfecha.

Después de eso siguieron recorriendo el lugar. Probaron otras máquinas, se rieron, discutieron por puntajes absurdos y hasta intentaron una de ritmo en la que Reika fracasó con una dignidad impresionante y Ayaka compensó su falta de técnica con pura energía.

Yuuto, por su parte, cada vez se veía más suelto.

Más ligero.

Más presente.

Y luego llegaron a las máquinas de garra.

Ayaka fue la primera en intentarlo y falló.

Reika lo hizo después y fue incluso peor.

Yuuto observó el peluche que estaba entre varios premios, uno pequeño y suave, con orejas redondas y expresión torpemente adorable. Dudó un instante antes de acercarse, como si incluso ahí sintiera que estaba pidiendo demasiado. Pero Ayaka ya le estaba poniendo monedas en la mano con una sonrisa que no admitía discusión.

Lo intentó una vez.

Falló por poco.

La segunda vez estuvo más cerca.

La tercera, después de ajustar el ángulo con una concentración absoluta, logró atraparlo.

La garra avanzó lentamente, tembló apenas un poco… y dejó caer el peluche por la ranura de premios.

Ayaka soltó una exclamación triunfal.

Reika levantó apenas las cejas, genuinamente impresionada.

Yuuto se agachó para recogerlo.

Cuando lo tuvo entre las manos, algo en su expresión cambió de una forma tan transparente que por un momento ni siquiera intentó ocultarlo. Lo abrazó con fuerza contra el pecho, casi con cuidado, como si no quisiera arriesgarse a que desapareciera. Había tanta felicidad sencilla en ese gesto que Ayaka y Reika se quedaron mirándolo en silencio un segundo más de lo normal.

Y fue ahí, en ese instante, cuando ambas notaron algo.

Algo importante.

Algo que Yuuto no parecía haber notado todavía.

En algún momento del recorrido, su escudo había desaparecido.

Primero se había quitado los lentes, probablemente para ver mejor la pantalla de uno de los juegos.

Luego la mascarilla.

Después el sombrero.

Todo eso estaba ahora en manos de Ayaka, que lo sostenía casi por reflejo, demasiado entretenida observándolo como para haberlo mencionado antes.

Pero la consecuencia era evidente.

El rostro completo de Yuuto estaba expuesto.

Sin barreras.

Sin sombra.

Sin nada entre él y el mundo.

La luz del arcade caía sobre su cabello plateado, que se deslizaba libre por su espalda y hombros, y también sobre sus facciones delicadas, demasiado hermosas para pasar desapercibidas. Sus rasgos suaves, la claridad de sus ojos, la elegancia casi irreal de su apariencia hacían imposible que alguien mirara una sola vez y siguiera de largo como si nada.

Y la gente no lo hizo.

Las miradas comenzaron a acumularse sin disimulo.

Algunos jóvenes giraron la cabeza.

Un grupo de chicas cuchicheó cerca de las máquinas de ritmo.

Dos chicos, a un costado, se quedaron mirando más tiempo del necesario antes de que uno murmurara algo al otro con expresión claramente impresionada.

Nadie parecía reconocerlo.

Nadie lo conectaba con el chico cubierto de la escuela.

Para todos los que estaban ahí, Yuuto era simplemente una chica muy linda que había entrado al arcade con dos amigas.

Ayaka lo notó enseguida.

Reika también.

Pero ninguna dijo nada.

Porque Yuuto seguía abrazando el peluche con esa pequeña felicidad silenciosa en el rostro, completamente ajeno a la conmoción que estaba generando alrededor.

Y por primera vez, verlo así no les producía solo ternura.

También les dejaba una sensación extraña, difícil de nombrar.

Porque era hermoso.

Porque era frágil.

Y porque el mundo lo estaba mirando otra vez… sin saber siquiera a quién tenía realmente delante.

Cuando finalmente salieron del arcade, la tarde ya se había inclinado un poco más hacia el atardecer. Las luces del centro comercial comenzaban a notarse con mayor claridad en los ventanales y en los letreros de las tiendas, y el flujo de personas que recorría los pasillos seguía siendo constante, aunque ahora el ambiente parecía más suave, menos ruidoso que antes.

Yuuto caminaba entre Ayaka y Reika con el peluche apretado contra el pecho como si fuera un tesoro.

Y, en cierto modo, lo era.

No decía nada, como siempre, pero tampoco hacía falta. Su felicidad era tan evidente que resultaba imposible no verla. La sonrisa que llevaba en el rostro era amplia, limpia, casi infantil, completamente distinta a la expresión contenida que solía usar incluso en los momentos tranquilos. De vez en cuando bajaba un poco la cabeza solo para restregar la mejilla contra el peluche, abrazándolo con más fuerza, como si todavía no terminara de creer que lo había ganado él mismo.

Ayaka lo observó de reojo y sintió que algo dentro del pecho se le apretaba de una forma extrañamente dulce.

Reika también lo miraba, más discreta, pero no menos atenta.

Ninguna de las dos había querido decírselo todavía.

Desde que salieron de la zona de juegos, ambas sabían perfectamente que Yuuto seguía caminando sin su escudo. Los lentes, el sombrero y la mascarilla seguían en manos de Ayaka, sostenidos casi por instinto, porque en medio de las máquinas, las luces y la emoción del momento, él se los había quitado sin pensar… y después simplemente no los había vuelto a pedir.

Pero ellas no dijeron nada.

No porque quisieran engañarlo.

Tampoco por crueldad.

Era algo mucho más simple y mucho más delicado.

Querían que se diera cuenta solo.

Querían ver qué pasaba si, por una vez, ese descubrimiento no llegaba acompañado de pánico inmediato, sino de un instante de verdad.

Y no tardó en ocurrir.

Mientras caminaban frente a una hilera de vitrinas iluminadas, Yuuto pasó junto a una tienda cuya fachada de vidrio reflejaba con bastante claridad a las personas que cruzaban delante.

Al principio no reaccionó.

Dio un paso más.

Luego otro.

Y de pronto se detuvo.

Ayaka y Reika frenaron con él.

Yuuto permaneció inmóvil frente al cristal.

Su reflejo estaba ahí.

Cabello plateado cayendo libre por la espalda.

Rostro completamente descubierto.

Ojos claros, todavía suaves por la emoción reciente.

La sonrisa, apenas debilitada ahora por la sorpresa.

Se quedó mirándose en silencio.

Durante unos segundos no hubo nada más alrededor. Ni el ruido lejano de las conversaciones, ni las pisadas, ni las luces del centro comercial parecieron tener importancia.

Solo estaba él.

Y ese rostro.

Había visto esa misma cara muchas veces antes, por supuesto.

La veía cada mañana en el espejo de su casa, en la intimidad de su habitación, en ese espacio pequeño donde el mundo no podía tocarlo.

Pero esa era la primera vez que la veía afuera.

La primera vez que se encontraba con su propia imagen reflejada en medio del mundo real, sin tela, sin sombras, sin algo que lo separara de lo que era.

Ayaka y Reika no dijeron nada.

No intentaron romper ese momento.

Se quedaron a su lado, observándolo con la misma quietud con la que se acompaña algo frágil.

Yuuto siguió mirando su reflejo.

Parecía estar analizándolo.

No con rechazo.

No del todo.

Más bien como si tratara de comprender qué sentía al verlo ahí, fuera de casa, expuesto al mundo y aun así… todavía de pie.

Ayaka fue la primera en acercarse.

Lo hizo despacio, con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo invisible. Posó una mano sobre uno de sus hombros.

Reika hizo lo mismo del otro lado.

No hizo falta que dijeran nada.

El gesto lo decía todo.

No tengas miedo. Estamos aquí.

Yuuto no se movió de inmediato.

Pero tampoco retrocedió.

Su cuerpo tembló apenas.

Luego bajó un poco la cabeza.

No quiso mirarlas.

Ayaka sintió el pequeño estremecimiento en sus hombros antes de entenderlo del todo.

Reika también.

Yuuto había escondido el rostro contra el peluche, apretándolo con ambas manos como si necesitara refugiarse en algo suave, en algo pequeño, en algo que le permitiera sostenerse un poco más.

Y estaba llorando.

No había sollozos fuertes.

No había ruido.

Solo ese temblor pequeño, contenido, casi silencioso, que se notaba en la forma en que sus hombros subían y bajaban levemente.

Ayaka sintió un nudo en la garganta.

Reika bajó un poco la mirada, comprendiendo en ese instante que aquello no era una recaída.

No estaba llorando por miedo.

No estaba llorando porque quisiera esconderse otra vez.

Estaba llorando porque, por primera vez, no sentía el mismo terror de siempre.

Porque ese rostro que durante tanto tiempo había visto como una condena ahora había existido unos segundos bajo la luz del mundo… y el mundo no se había derrumbado.

Seguía doliendo.

Seguía siendo difícil.

Pero ya no era exactamente igual.

Ayaka apretó apenas su hombro con un cuidado inmenso.

Reika hizo lo mismo del otro lado.

Y entre ambas lo sostuvieron en ese pequeño silencio, sin presionarlo, sin pedirle que se calmara, sin decirle que dejara de llorar.

Porque algunas lágrimas no nacen del dolor puro.

Algunas nacen cuando algo dentro de uno empieza, por fin, a sanar.

Yuuto permaneció así unos segundos más, escondiendo el rostro en el peluche, mientras la tarde seguía avanzando alrededor de los tres como si el mundo no supiera la importancia de lo que acababa de ocurrir.

Pero para él…

Ese momento lo cambiaba todo un poco.

Porque por primera vez había visto su propio rostro fuera de casa.

Y por primera vez no había querido desaparecer de inmediato.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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