Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

LA MALDICION DE SER VISTO - Capítulo 23

  1. Inicio
  2. LA MALDICION DE SER VISTO
  3. Capítulo 23 - Capítulo 23: Capítulo 23: Lo que una madre ve
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 23: Capítulo 23: Lo que una madre ve

La casa estaba en silencio, pero no era un silencio vacío ni incómodo, sino ese tipo de calma que se llena de pensamientos cuando alguien está esperando. La luz tenue de una lámpara iluminaba la sala mientras ella permanecía sentada en el sofá, con la mirada fija en una fotografía que sostenía con ambas manos.

Era una imagen antigua, ligeramente gastada en los bordes, pero lo suficientemente clara como para no haber perdido su significado. En ella estaba Yuuto, mucho más pequeño, sentado sobre una cama, con una expresión tranquila que ahora parecía lejana. A su lado estaba su abuelo, el padre de su esposo, con esa sonrisa serena que siempre transmitía seguridad sin necesidad de palabras.

Sus dedos recorrieron la fotografía con suavidad, deteniéndose un momento en el cabello del niño, donde ya comenzaba a notarse el cambio de color. Recordaba bien ese momento. Recordaba lo poco que entendían entonces y lo mucho que él, su suegro, parecía comprender sin esfuerzo.

Esa mañana volvió a su mente con claridad.

Yuuto frente al espejo, dudando. La ropa extendida sobre la cama, cada prenda evaluada como si fuera una decisión demasiado importante. Él no decía nada, pero ella podía ver la inseguridad en cada pequeño gesto. Siempre había sido así desde que el mundo empezó a mirarlo diferente.

Fue ella quien eligió la ropa al final. No para ocultarlo, sino para que se viera bien. No porque quisiera que llamara la atención, sino porque desde siempre había deseado que, al menos una vez, el mundo pudiera ver lo mismo que ella veía.

No solo su apariencia.

Sino lo que había dentro.

Un niño amable. Un corazón tranquilo. Alguien que nunca quiso hacer daño a nadie.

Pero el mundo no había querido ver eso.

Había sido más fácil señalarlo, apartarlo, hacerlo sentir fuera de lugar hasta que él mismo aprendió a esconderse. Poco a poco, casi sin darse cuenta, Yuuto dejó de mostrarse y comenzó a reducir su presencia, como si ocupar espacio fuera un error.

Sus manos se tensaron ligeramente sobre la fotografía.

Porque hoy había sido distinto.

Hoy había salido.

No porque tuviera que hacerlo, ni porque alguien lo obligara, sino porque había aceptado ir. Y ese pequeño cambio, que para cualquiera podría parecer insignificante, para ella lo era todo.

Y al mismo tiempo, era lo que más la inquietaba.

Porque no sabía qué iba a traer de vuelta ese día.

Su mirada volvió al rostro del abuelo en la fotografía.

Después de la muerte de su esposo, cuando Yuuto apenas era un bebé, él había sido quien los sostuvo. Nunca intentó reemplazar a nadie, nunca impuso su presencia. Simplemente estuvo ahí, con paciencia, con una calma que parecía inquebrantable.

Y cuando los cambios comenzaron en Yuuto, cuando incluso ella no supo cómo reaccionar al principio, él fue quien le dijo algo que nunca olvidó.

Que no intentara corregirlo.

Que intentara entenderlo.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, aunque no logró borrar del todo la preocupación en sus ojos.

—Siempre supiste verlo… —murmuró en voz baja.

Bajó la mirada nuevamente hacia el niño en la foto, hacia ese Yuuto que aún no conocía el peso de las miradas ni el silencio que vendría después.

Y entonces pensó en el de ahora.

En el que había salido esa mañana.

En el que había dudado frente al espejo, pero aun así decidió ir.

Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de la fotografía.

Porque la pregunta seguía ahí, constante.

No sabía si regresaría un poco más fuerte… o si el mundo lo empujaría otra vez hacia el mismo lugar del que tanto le había costado salir.

Levantó la mirada hacia la puerta de la casa, como si esperara que en cualquier momento se abriera.

—Solo vuelve bien… —susurró.

La sala volvió a quedar en silencio, pero esta vez no era solo calma.

Era espera.

Y en esa espera se encontraba algo más profundo que el miedo.

Era el deseo de que, por una vez, el mundo no hubiera sido más fuerte que su hijo.

El sonido de la puerta al abrirse rompió el silencio de la casa.

No fue fuerte.

Ni repentino.

Pero para ella fue suficiente.

Se levantó de inmediato.

No por impulso de ir a recibirlo, sino por algo más difícil de explicar. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, pero sus pasos no avanzaron. Se quedó de pie en medio de la sala, mirando hacia la entrada sin acercarse.

Tenía miedo.

No del exterior.

No del mundo.

Sino de lo que iba a ver.

Había pasado todo el día pensando en ello. En la posibilidad de que Yuuto regresara un poco más fuerte… o completamente quebrado. En si esa salida había sido un paso hacia adelante o una caída más profunda.

No quería enfrentarse a esa respuesta todavía.

Por eso no se movió.

Se quedó allí, con las manos tensas a los costados, esperando.

Y entonces lo escuchó.

Pasos.

Rápidos.

Desordenados.

Demasiado ligeros para ser pesados.

Demasiado apresurados para ser derrotados.

Antes de que pudiera procesarlo del todo, la figura de Yuuto apareció en la entrada… y cruzó el espacio que los separaba sin detenerse.

Directo hacia ella.

Se lanzó a sus brazos.

Ella apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de recibirlo.

Su primer pensamiento fue automático.

Está llorando.

Algo pasó.

Pero cuando bajó la mirada para verlo…

Se quedó en silencio.

Porque no era eso.

Yuuto estaba sonriendo.

No era una sonrisa contenida ni tímida.

Era abierta.

Limpia.

Llena.

La misma sonrisa que había visto en la fotografía hacía unos minutos.

La misma de cuando aún no tenía miedo del mundo.

Por un instante, su mente no logró conectar lo que veía con lo que había esperado durante todo el día.

Yuuto no dijo nada, como siempre.

Pero no hacía falta.

Su energía lo decía todo.

Se separó apenas de ella, todavía sosteniendo el peluche contra el pecho, y comenzó a mostrarle lo que traía con una emoción que no intentaba esconder. Sus movimientos eran rápidos, torpes, llenos de vida. Levantaba la libreta, escribía, giraba las páginas con prisa, señalaba el peluche, volvía a escribir.

“Lo gané yo.”

Pasó la página.

“Había muchas máquinas.”

Otra más.

“Jugué con ellas.”

Otra.

“Fue divertido.”

No levantaba la mirada para comprobar su reacción.

No la buscaba.

Estaba demasiado ocupado contando.

Demasiado concentrado en sacar todo lo que había vivido, como si temiera que se le escapara si no lo ponía en palabras de inmediato.

Para ella… aquello era irreal.

Sus ojos no se apartaban de él.

Del brillo en su mirada.

De la forma en que se movía.

De cómo, por primera vez en tanto tiempo, no parecía estar midiendo cada gesto.

No parecía esconderse.

Y entonces algo dentro de ella se quebró.

No de forma violenta.

No como cuando el dolor golpea de repente.

Fue más suave.

Más profundo.

Como si una tensión que había llevado durante años finalmente cediera.

Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Que la garganta se le cerraba.

Que la voz no iba a salir si intentaba hablar.

Porque lo que estaba viendo…

Era a su hijo.

No al que aprendió a esconderse.

No al que bajaba la mirada.

No al que caminaba en silencio intentando no molestar.

Sino al que había sido antes.

Al que todavía estaba ahí.

Y eso era demasiado.

Pero no podía dejar que la viera así.

No ahora.

No en este momento.

No cuando él estaba sonriendo de esa manera.

Así que respiró.

Hondo.

Una vez.

Y otra.

Forzó suavemente la emoción hacia dentro, como si pudiera contenerla el tiempo suficiente para no romper el momento.

Extendió la mano y acomodó con cuidado un mechón de su cabello, un gesto que había repetido tantas veces antes.

Y sonrió.

—Me alegra… —dijo, con la voz más estable de lo que realmente sentía— que la hayas pasado bien.

Yuuto levantó la mirada apenas un segundo.

Y volvió a sonreír.

No hizo falta más.

Porque para ella, en ese instante…

Eso era suficiente.

Ella sostuvo la sonrisa un poco más de lo que le resultaba natural.

No porque quisiera fingir.

Sino porque sabía que, si la soltaba demasiado pronto, todo lo que estaba conteniendo iba a desbordarse sin control.

Yuuto seguía frente a ella, aún con esa energía viva que no intentaba esconder, con el peluche apretado contra el pecho y la libreta entre las manos, como si todavía tuviera mil cosas más que contar.

Y eso… eso la ayudó a mantenerse firme un poco más.

Respiró hondo, ordenando sus pensamientos lo suficiente como para hablar sin que la voz le temblara.

—Debiste correr mucho —dijo con suavidad—. Ve a darte un baño, ¿sí? Así cenamos tranquilos después.

El motivo real no estaba en sus palabras.

No era el cansancio.

No era la cena.

Era otra cosa.

Necesitaba un momento.

Un instante a solas.

Un lugar donde no tuviera que contenerse más.

Yuuto la miró un segundo, como si procesara la idea, y luego asintió rápidamente. No hubo resistencia, ni duda, ni ese pequeño gesto de inseguridad que solía aparecer antes.

Aceptó.

Así de simple.

Y eso también era nuevo.

Se giró con rapidez, sujetando mejor el peluche, y comenzó a avanzar hacia las escaleras con esa misma ligereza que había traído consigo desde que entró a la casa.

Pero antes de subir el primer escalón, se detuvo.

Se giró apenas.

Sacó la libreta.

Escribió algo rápido, con esa caligrafía firme que ya no temblaba tanto como antes.

Y levantó la página.

“Te quiero, mamá.”

No dijo nada.

Nunca lo hacía.

Pero esta vez tampoco hizo falta.

Sus ojos se encontraron apenas un instante.

Luego bajó la libreta, sonrió una vez más… y subió corriendo las escaleras, desapareciendo hacia el segundo piso con la misma energía con la que había llegado.

El sonido de sus pasos se fue apagando poco a poco.

Hasta que la casa volvió a quedar en silencio.

Y fue ahí…

cuando sus piernas dejaron de sostenerla.

Se dejó caer lentamente en el sofá, como si el cuerpo hubiera esperado exactamente ese momento para rendirse. Sus manos temblaron apenas al apoyarse en el borde del asiento, y por un segundo intentó mantenerse firme.

Pero ya no hacía falta.

Ya no había nadie mirándola.

El aire salió de sus pulmones en un suspiro que llevaba demasiado tiempo contenido.

Y entonces las lágrimas llegaron.

No de golpe.

No con violencia.

Sino como algo que simplemente… ya no podía seguir guardándose.

Se llevó una mano al rostro, intentando cubrirse por reflejo, pero no lo logró del todo. Los ojos se le cerraron con fuerza mientras las lágrimas comenzaban a caer una tras otra, silenciosas, constantes, liberando todo lo que había estado sosteniendo durante el día.

No era dolor.

No del todo.

Era alivio.

Era miedo que se disolvía.

Era la confirmación de algo que había deseado durante tanto tiempo que ya casi no se atrevía a esperarlo.

Su hijo había vuelto.

No completamente.

No de golpe.

Pero había vuelto.

La imagen de él, sonriendo, mostrando el peluche, escribiendo con entusiasmo, volvió a su mente una y otra vez.

Y junto a ella, otra más.

Esa última frase.

“Te quiero, mamá.”

Se llevó ambas manos al rostro esta vez, sin intentar detenerse más.

Las lágrimas siguieron cayendo.

Porque esta vez no eran un signo de pérdida.

Eran todo lo contrario.

Eran la prueba de que, después de tanto tiempo…

todavía quedaba algo que recuperar.

Y que, tal vez…

esta vez, el mundo no había sido más fuerte que él.

La casa estaba en calma otra vez.

Después de la cena, después de las pocas palabras compartidas y los gestos tranquilos que no necesitaban explicación, todo volvió a ese ritmo suave que siempre tenía por las noches.

Arriba, en su habitación, Yuuto ya estaba en la cama.

Llevaba un pijama simple, ligero, cómodo, muy distinto a la ropa que usaba fuera. Sin telas que ocultaran, sin capas innecesarias, sin nada que lo separara de sí mismo. Su cuerpo descansaba sobre las sábanas con naturalidad, como si en ese espacio no hiciera falta esconder nada.

Su cabello plateado estaba suelto, extendido sobre la cama como un reflejo tenue bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. La claridad nocturna se deslizaba suavemente sobre los mechones largos, dándoles ese brillo casi irreal que siempre llamaba la atención durante el día… pero que, ahí, en la tranquilidad de su habitación, solo parecía parte de él.

Sostenía el celular con ambas manos.

Y sonreía.

No era una sonrisa amplia como la de la tarde.

Era más pequeña.

Más tranquila.

Pero igual de sincera.

En la pantalla, los mensajes seguían llegando.

Un grupo nuevo.

Creado ese mismo día.

Ayaka había sido la primera en escribir.

“Hoy oficialmente confirmamos que eres un gamer peligroso.”

Reika respondió después.

“Confirmo. No pienso volver a jugar contra él.”

Yuuto bajó apenas la mirada, la sonrisa creciendo un poco más mientras leía.

Otro mensaje apareció.

“Pero igual el lunes comemos juntos otra vez.”

Una pausa.

Y luego otro.

“Sin excusas.”

Reika añadió:

“Es un acuerdo.”

Yuuto se quedó mirando la pantalla unos segundos.

No había presión en esos mensajes.

No había obligación.

Solo… continuidad.

Algo que seguiría ahí.

Algo que no se terminaba cuando el día acababa.

Sus dedos se movieron con suavidad sobre el celular.

Dudó un segundo.

Luego escribió.

“Está bien.”

El mensaje apareció en el grupo.

Simple.

Corto.

Pero para él, suficiente.

Apoyó el celular sobre su pecho por un momento, dejando que la mirada se perdiera en el techo mientras la luz de la luna dibujaba sombras suaves en la habitación.

El peluche estaba a su lado, cuidadosamente acomodado, como si tuviera su propio lugar en la cama.

Yuuto giró ligeramente la cabeza hacia él.

Y lo tomó.

Lo acercó un poco más, abrazándolo con esa misma suavidad que había mostrado en el arcade, pero ahora sin prisa, sin nervios, sin necesidad de esconder el gesto.

Cerró los ojos por un instante.

Y respiró.

El día había sido largo.

Distinto.

Demasiado lleno de cosas nuevas.

Pero no se sentía pesado.

No se sentía abrumador.

Se sentía… bien.

Abrió los ojos una vez más y miró el celular.

El grupo seguía ahí.

Las conversaciones seguían vivas.

Y, por primera vez en mucho tiempo, la noche no se sentía vacía.

Apagó la pantalla.

La habitación quedó en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna.

Yuuto se acomodó entre las sábanas, con el peluche aún entre sus brazos, mientras su respiración se iba volviendo más lenta.

Y antes de quedarse dormido…

una última idea cruzó su mente.

Simple.

Pero importante.

Mañana… no iba a estar solo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo