La maldición del Alfa - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 Secretos oscuros
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16: Capítulo 16: Secretos oscuros 16: Capítulo 16: Secretos oscuros —Fuera.
—Sawyer, yo…
Los ojos de Sawyer se entrecerraron y su cuerpo se puso tenso.
—La libertad no significa que puedas entrar en cualquier habitación que te plazca.
—No quise…
—¡No me importa lo que hayas querido!
—gritó; su voz retumbó en las paredes—.
¿Crees que porque te dejé salir del sótano puedes ir a cualquier sitio?
Los ojos de Sawyer la miraban directamente, sus colores sobresalían más que nunca.
Su cuerpo estaba tenso, las venas salían de sus brazos.
El cuerpo de Waverly se encogió y perdió toda capacidad de movimiento.
—Yo…
Sus puños se soltaron y su rostro se relajó al ver el terror en los ojos de la chica.
Apoyó la cabeza en su mano e insistió: —Mira…
solo vete.
La mente de Waverly se puso en orden y sintió como si estuviera teniendo una experiencia extrasensorial.
Nunca había experimentado una ira como esa.
¿Qué estaba ocultando para que se pusiera así?
Se sintió tan cerca de la verdad real, que era casi tangible y como de costumbre estaba siendo arrastrada al olvido.
Si él era honesto en cuanto a querer intentarlo y si iban a trabajar juntos para romper su maldición, ella tenía derecho a estar allí y a saber qué demonios estaba pasando.
Waverly respiró profundamente y se centró.
—No.
Sawyer levantó la cabeza, sorprendido: —¿Qué has dicho?
—He dicho que no.
No voy a ir a ninguna parte hasta que me des respuestas.
—Esa no es una opción, Waverly —dijo con una exhalación.
Hacía un minuto, ella tenía miedo de ese hombre y de su creciente temperamento, pero en ese momento, estaba furiosa: —Me dijiste que querías intentarlo, pero eso no puede suceder si no sé lo que realmente está pasando y a qué nos enfrentamos.
—Estoy maldito —respondió Sawyer—.
Eso es todo lo que necesitas saber.
—Lo dudo.
Por estas fotos, hay muchas cosas que no sé.
Como, por ejemplo, ¿cómo has conseguido dos ojos de distinto color?
Porque el niño que veo aquí tiene dos ojos azules, igual que sus padres —afirmó, señalando las fotos de su mesita de noche.
Sawyer la empujó y se sentó en su cama, desatando sus zapatos.
—Fue un accidente durante una pelea.
Me golpearon el ojo y me dañaron la retina.
¿Algo más o ya ha terminado el interrogatorio?
Waverly se puso de pie con la mano en la cadera.
—¿Cuándo?
Sawyer hizo una pausa y la miró por debajo de las pestañas.
—Tenía dieciséis años.
Ella esperó, calculando los números en su cabeza.
—Pero eso fue…
—La época en la que me maldijeron, sí.
—Entonces, ¿te peleaste con el que lo hizo?
Sawyer asintió y se quitó los zapatos.
Estaba llegando a algo.
—Y tus padres…
Se levantó y se quitó la chaqueta, arrojándola sobre la silla del rincón.
—Se murieron.
Ella miró las fotos, centrándose en un Sawyer más joven.
—¿Cómo?
Sawyer se dirigió al baño que se unía a su habitación y abrió el grifo.
—Como consecuencia de ello.
Ella siguió examinando las fotos, sin aprovechar el tiempo y la atención que estaba recibiendo.
El grifo se detuvo y Sawyer salió, limpiándose la cara con un paño.
Al ver que Waverly lo observaba con ojos expectantes, suspiró.
—Mi padre hizo una promesa que no pudo cumplir.
Para salvarlos, Gailbrath, uno de los magos más conocidos de la Tierra, me dijo que rompiera una antigua ley, la Ley de Pausanias.
Solo que él no cumplió su palabra y una vez que la rompí y la maldición tuvo éxito, mató a mis padres.
Ella se quedó sin palabras.
Sabía que debía haber ocurrido algo horrible para que él rompiera la ley, pero el hecho de que lo hubieran engañado la enfurecía más de lo que le gustaría admitir.
—Entonces, si se supone que la maldición dura diez años…
¿por qué hiciste el plan solo para tres?
Él se sentó en su cama y respondió: —Era joven.
Creía que solo tardaría 3 años como máximo en encontrar a mi pareja.
Pero después del tercer año, empecé a perder la esperanza…
—Y trataste de cancelarlo…
—intervino Waverly, terminando la frase por él.
Su conversación en la cena, cuando le mostró los documentos originales…
todo empezaba a encajar.
Sawyer asintió con la cabeza.
—Las manadas…
sigo sin entender por qué no se detienen —respondió Waverly, sentándose junto a él en la cama.
—Yo tampoco.
—Por eso no viniste a verme entonces.
Es porque tenías la sensación de que no iba a funcionar.
Sawyer asintió, de nuevo.
—Y sigo sin tenerla, pero podemos intentarlo.
Waverly sonrió, sabiendo que aquella era su retorcida forma de decirle que tenía razón en algún sentido.
Aunque no quería presionarlo más, todavía tenía una pregunta ardiendo en su mente: —¿Es por eso que ya no vas al pueblo?
Sawyer no respondió y ella tomó su silencio como una confirmación.
—Sawyer…
no puedes ignorar a tu manada.
Eres todo lo que tienen.
El dinero de lejos no significa nada si no estás conectado con ellos.
—¿Crees que no lo sé?
—contestó él, un poco enfadado ante sus acusaciones—.
Es que no puedo…
no cuando soy la razón de nuestro destino.
Sawyer se miró las piernas y se quedó quieto.
Su respiración era entrecortada y Waverly sintió que el aplastante peso de la culpa caía sobre él.
En todo el estado, Sawyer y los Sombra Carmesí eran conocidos como una manada escurridiza, una que no se había visto desde la Gran Guerra Lobezna, cuando la propia existencia de los lobos estaba amenazada.
Cada año, las manadas sacrificaban a una mujer por él por miedo; sin embargo, no conocían al verdadero Sawyer.
Uno que fue maldito cuando era adolescente y que perdió a sus padres y su infancia al mismo tiempo.
Había gastado tanta energía tratando de encontrar una pareja que le ayudara a romper la maldición para no conseguir nada.
Y pensar que, un par de semanas atrás, ella sentía lo mismo.
—Yo, Sawyer, estoy…
—Para.
No quiero compasión, y menos la tuya.
Sucedió hace mucho tiempo.
Waverly guardó silencio.
Su expresión era estoica, pero ella podía ver el dolor detrás de sus ojos.
Se deslizó más cerca de él y le pasó un brazo por los hombros, ante lo cual sintió que su cuerpo se tensaba.
Era la segunda vez que ella iniciaba el contacto físico y cada vez, él retrocedía, como si no estuviera acostumbrado a ser consolado en momentos de angustia.
¿En qué estaba pensando?
Siempre era tan difícil de descifrar, pero quizás si tuviera un poco más de empuje…
Waverly inclinó la cabeza y la apoyó en su hombro.
Durante un minuto, permaneció tenso y oyó que su respiración se volvía superficial.
Intentó apartarse, pero ella solo lo estrechó más, y después de un momento, se relajó y se hundió en su abrazo.
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