La música del corazón - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Confesionde madrugada 22
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17: Confesionde madrugada 2/2 17: Confesionde madrugada 2/2 La mañana siguiente en la universidad se sentía más pesada de lo normal, probablemente porque apenas había dormido por estar releyendo la conversación de anoche como un adolescente estúpido.
Estaba sentado en una de las bancas del patio, con un café aguado en la mano, mirando la pantalla de mi celular por enésima vez, aunque no había notificaciones nuevas.
De repente, una mochila cayó pesadamente sobre la mesa, haciendo saltar mi café.
Zuni — ¡Confiesa, pecador!
Levanté la vista.
Zuni estaba ahí, con una sonrisa de oreja a oreja y una torta de milanesa en la mano que se veía peligrosamente grasosa.
Rodrigo venía detrás, caminando con su calma habitual, como si no conociera al huracán que tenía por amigo.
Nitram — ¿Qué te pasa, boludo?
Casi me tirás el café encima.
Zuni se sentó frente a mí, ignorando mi queja y dándole una mordida gigante a su torta.
Zuni — Me vale madres el café.
Quiero detalles, güey.
Detalles jugosos.
¿Cómo chingados convenciste a Kosei de venir hoy?
Porque la última vez que chequeé, tú eres el vato tímido que se pone rojo cuando ella le dice “hola”.
Rodrigo se sentó al lado de Zuni y sacó unos apuntes, pero me miró con curiosidad.
Rodrigo — Tiene un punto.
Ayer en el audio sonabas muy seguro.
Suspiré, dejando el celular sobre la mesa boca abajo, como si el aparato tuviera la culpa.
Nitram — Le mandé mensaje.
Le expliqué que ustedes son unos inútiles que se distraen con perros y comida, y le dije que íbamos a ir por pizza.
Dijo que sí.
Fin de la historia.
Zuni dejó de masticar.
Me miró con los ojos abiertos como platos.
Zuni — Espera…
¿le mandaste mensaje?
Nitram — Sí.
Zuni — ¿Mensaje de texto?
¿Al celular?
Nitram — Sí, Zuni, al celular.
¿A dónde más?
¿Al microondas?
Zuni soltó la torta sobre el papel aluminio y se agarró la cabeza con las dos manos, haciendo un drama digno de telenovela mexicana.
Zuni — ¡No mames, güey!
¡Tienes su número!
¡Tienes el número sagrado y no nos dijiste!
¡Traición!
¡Deshonra sobre tu vaca!
Rodrigo soltó una risita.
Rodrigo — “Deshonra sobre tu familia”, animal.
Mulan.
Zuni — ¡Lo que sea!
El punto es que este cabrón tiene el contacto directo de Kosei y se lo tenía calladito.
¿Desde cuándo?
¿Cómo fue?
¿Te lo dio ella?
¿Se lo robaste de la base de datos de la tienda?
Porque eso sería ilegal y muy creepy, güey.
Rodé los ojos, sintiendo cómo el calor me subía al cuello.
Nitram — No soy un acosador, tarado.
Me lo dio la semana pasada.
Zuni — ¿Y por qué no presumiste?
Yo hubiera puesto un espectacular en la avenida.
Nitram — Porque no fue la gran cosa —mentí, aunque recordaba el momento con claridad cristalina—.
Fui a buscar un vinilo de edición especial de Spinetta que no tenían en stock.
Ella me dijo que podía pedirlo a un proveedor, pero que me avisaría cuando llegara.
Sacó una libretita, anotó mi pedido y me dijo: “Dame tu número para avisarte, o agendame tú y me escribes”.
Zuni — “Agendame tú”.
Ufff, eso es iniciativa, papá.
Nitram — Fue algo de negocios, Zuni.
Nada romántico.
Zuni me señaló con un dedo lleno de migajas.
Zuni — “Negocios”, dice.
Güey, si fuera solo negocios te hubiera pedido el mail o te hubiera dicho “date una vuelta el martes”.
Si te dio el WhatsApp es porque quería que le escribieras.
Y tú, lento como siempre, te tardaste una semana.
Me quedé callado.
En parte porque Zuni tenía razón, y en parte porque esa semana había sido una tortura autoinfligida.
Tener su número guardado en mi lista de contactos era como tener una granada de mano en el bolsillo.
Cada vez que abría la aplicación, veía su foto de perfil (una foto borrosa de un gato negro sobre un piano) y sentía un vuelco en el estómago.
Nitram — No es tan fácil —murmuré, pasando el dedo por el borde de la mesa—.
Una cosa es hablar con ella en la tienda, donde todo es música y discos y…
seguro.
Ahí tengo el control, ¿entendés?
Si me pongo nervioso, me pongo a ver discos.
Pero el celular…
el celular es diferente.
Zuni bajó un poco el tono, aunque seguía masticando.
Zuni — ¿Por qué diferente?
Es lo mismo, pero con emojis.
Nitram — No, no es lo mismo.
Mandar un mensaje es…
invasivo.
Es entrar en su vida fuera del mostrador.
Y luego está la espera.
Escribís algo, lo mandás y te quedás ahí, como un estúpido, mirando las dos palomitas azules.
Y si aparece el “Escribiendo…” te da un infarto, y si deja de escribir te da otro.
Es una montaña rusa de emociones que no sé si aguanto, boludo.
Rodrigo asintió, comprensivo.
Rodrigo — La ansiedad digital.
Es real.
Nitram — Exacto.
Anoche, antes de que me contestara, sentí que pasaron tres horas.
Y fueron dos minutos.
Zuni se limpió la boca con una servilleta de papel y me miró, por primera vez en la mañana, con algo de seriedad.
Zuni — Mira, Nitram.
Yo sé que soy un desmadre y que a veces digo pendejadas.
Pero la neta, güey, si ella te contestó rápido, se rio de mis audios y aceptó salir hoy con nosotros…
es porque le interesas.
Y no hablo de venderte el pinche disco de Spinetta.
Me quedé mirando a Zuni, sorprendido.
Nitram — ¿Vos decís?
Zuni — Te lo firmo donde quieras.
Kosei es tímida, sí, pero no es tonta.
Si no quisiera nada, te hubiera dejado en visto o te hubiera inventado que tenía que bañar a su pez dorado.
Pero va a ir.
Va a ir a vernos comer pizza y a escuchar mis estupideces.
Eso es amor, o masoquismo.
Una de dos.
Rodrigo cerró su cuaderno y se levantó.
Rodrigo — Probablemente masoquismo.
Pero igual cuenta.
Vamos, tenemos clase.
Y Nitram…
relájate.
Si te pones así de intenso por un mensaje, te va a dar un paro cardíaco hoy en la noche.
Zuni se levantó también, dándome una palmada en la espalda que casi me saca el aire.
Zuni — ¡Eso!
Hoy en la noche modo galán.
Nada de “che, mirá este vinilo triste”.
Hoy toca pizza, risas y…
bueno, tratar de que no me odie por ser yo.
Los vi alejarse por el pasillo.
Zuni iba gesticulando y Rodrigo asentía pacientemente.
Me quedé un momento más en la mesa.
Agarré el celular y desbloqueé la pantalla.
El chat con Kosei seguía ahí.
Kosei: Trato hecho.
Yo también finjo que no los conozco.
Una sonrisa involuntaria se me escapó.
Zuni tenía razón.
Era una montaña rusa, sí.
Me daba vértigo, sí.
Pero por primera vez, tenía ganas de levantar las manos y disfrutar la caída.
Me levanté, tiré el vaso de café vacío y caminé hacia mi clase, sintiendo que, a pesar de los nervios, hoy iba a ser un buen día.
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