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La música del corazón - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 ¿El buen dia para una salida
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18: ¿El “buen dia para una salida”?

18: ¿El “buen dia para una salida”?

El “buen día” que había pronosticado duró exactamente hasta que entré al aula de Teoría de la Comunicación.

El profesor, un tipo con voz monótona que parecía odiar su propia materia, empezó a hablar sobre la “espiral del silencio”, y mi cerebro decidió que era el momento perfecto para empezar a sobrepensar todo lo que podía salir mal en la noche.

Me senté en el fondo, como siempre.

Rodrigo se sentó un par de filas adelante, prestando atención real, y Zuni se tiró en la silla de mi lado, desparramándose como si estuviera en la playa.

Zuni — [Susurrando] — Güey, ¿qué te vas a poner hoy?

Lo ignoré y fingí tomar apuntes.

Escribí “espiral del silencio” en el cuaderno y lo subrayé tres veces sin sentido.

Zuni — [Más fuerte] — Nitram.

No me ignores.

Es una pregunta seria.

Si vas con esa camisa de cuadros que parece mantel de fonda económica, Kosei va a pensar que la invitaste a un picnic, no a una cena.

El profesor dejó de hablar y miró hacia nuestra dirección por encima de sus lentes.

Profesor — Señor Zuniga, ¿tiene algo que aportar sobre la teoría de Noelle-Neumann?

Zuni se enderezó, sin una pizca de vergüenza.

Zuni — No, profe.

Estaba debatiendo la semiótica de la vestimenta para una cita romántica.

Comunicación no verbal, ya sabe.

El aula soltó unas risitas.

Yo me hundí en mi silla, deseando desintegrarme.

El profesor suspiró, claramente acostumbrado a Zuni, y siguió con la clase.

Nitram — [Entre dientes] — Cerrá la boca, animal.

No es una cita romántica.

Es una salida de amigos.

Zuni — [Susurrando] — “Salida de amigos”.

Ajá.

Sí, claro.

Y yo soy rubio natural.

Escucha, güey, tienes que ir casual pero arreglado.

“Effortless cool”, le dicen.

No te vayas a peinar de librito, pero tampoco vayas con pelos de “acabo de levantarme de la siesta”.

El resto de la clase fue una tortura.

Mi pierna no dejaba de moverse bajo el pupitre.

Miraba el reloj cada cinco minutos.

Las 11:00.

Las 11:05.

Las 11:07.

El tiempo se había convertido en chicle.

Cuando por fin salimos, me despedí de ellos rápido.

Nitram — Me voy a casa.

Nos vemos a las 8 en la pizzería del parque.

No lleguen tarde.

Rodrigo — Tranquilo.

Yo manejo el GPS hoy.

Zuni — ¡Ponte perfume, cabrón!

¡Pero no te bañes en él!

Llegué a mi departamento cerca de las tres de la tarde.

Tenía horas de sobra, lo cual era peligroso, porque el aburrimiento es el mejor amigo de la ansiedad.

Me tiré en la cama y puse Amor Amarillo de Cerati, el disco que ella me había recomendado.

Cerré los ojos.

“Cuerpos de luz, corriendo en pleno cielo…” La música ayudaba, pero mi mente seguía trabajando.

¿De qué íbamos a hablar fuera de la tienda?

En el local, el tema siempre era la música.

“Escuchá esto”, “¿Qué te parece esta letra?”.

Pero hoy iba a haber ruido, gente, distracciones.

Y Zuni.

Zuni era la variable más impredecible de la ecuación.

A las seis de la tarde, entré en crisis con el armario.

Zuni tenía razón (odiaba admitirlo).

No podía ir con lo mismo de siempre.

Saqué una camisa negra que me gustaba, pero me pareció muy fúnebre.

Saqué una remera blanca de una banda, pero tenía un agujero pequeño en el costado.

—Maldita sea —murmuré, tirando la ropa a la cama.

Al final, opté por un punto medio: unos jeans oscuros que me quedaban bien, una remera gris básica y una camisa de franela abierta encima, arremangada hasta los codos.

Me miré al espejo.

—Decente —me dije a mí mismo—.

No parecés un vagabundo, pero tampoco parecés que te esforzaste demasiado.

Me lavé la cara, me peiné un poco (desarmando el peinado inmediatamente después para que se viera natural, tal como dijo Zuni) y me puse un poco de perfume.

El celular vibró en la cama.

Kosei: — Acabo de cerrar el local.

Mi papá puso a Gardel a todo volumen, así que salí huyendo antes de ponerme a llorar por tangos de 1930.

¿Sigue en pie el plan o Zuni ya se perdió en el Triángulo de las Bermudas?

Sonreí.

Esa facilidad que tenía para escribirme me calmaba los nervios de golpe.

Nitram: — Sigue en pie.

Rodrigo lo tiene atado con correa corta.

Yo estoy saliendo para allá.

Nos vemos en un rato.

Kosei: — Dale.

Nos vemos.

Guardé el celular, agarré las llaves y salí.

El aire de la tarde-noche en Buenos Aires estaba fresco, de esos que te obligan a caminar con las manos en los bolsillos.

Tomé el colectivo 60.

Iba lleno, como siempre a esa hora.

Me tocó ir parado, apretado contra la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad.

Generalmente, odiaba viajar así, pero hoy todo me parecía tener otro color.

La cumbia que sonaba en el parlante del chofer, los gritos de la gente, el ruido del motor…

todo parecía parte de la banda sonora de “voy a verla”.

Llegué al parque diez minutos antes de las ocho.

La pizzería “El Imperio” (le decíamos así, aunque el cartel oficial se le había caído la “I” y ahora era “El mperio”) estaba en una esquina estratégica.

Mesas de plástico en la vereda, olor a masa horneada y muzzarella barata inundando la cuadra.

Zuni y Rodrigo ya estaban ahí.

Zuni estaba sentado con los pies estirados, jugando con un servilletero, y Rodrigo estaba leyendo algo en su celular con cara de concentración absoluta.

Me acerqué, tratando de caminar con onda.

Zuni me vio primero.

Soltó el servilletero y aplaudió lentamente.

Zuni — ¡Bravo!

¡Miren quién llegó!

El galán de telenovela argentina.

Me senté en la silla vacía, dándole una patada suave en la espinilla.

Nitram — Cállate, Zuni.

¿Llegaron bien o tuvieron que pedir rescate?

Rodrigo levantó la vista y sonrió.

Rodrigo — Llegamos directo.

Tuve que confiscarle el celular a Zuni para que no se distrajera con pokémones en el camino.

Zuni — ¡Había un Snorlax a dos cuadras, güey!

¡Un Snorlax!

Pero bueno, el sacrificio valió la pena.

—Me miró de arriba abajo, evaluándome—.

Bien, bien.

La camisa abierta es un buen toque.

Te ves relajado.

Aprobado por el comité de estilo mexicano.

Nitram — ¿Pediste algo o solo estás criticando mi ropa?

Zuni — Pedí una cerveza de litro.

La necesito para calmar mis nervios.

Nitram — ¿Tus nervios?

¿Por qué estás nervioso vos?

Zuni se inclinó sobre la mesa, bajando la voz.

Zuni — Porque si esto sale mal, vas a estar deprimido tres meses y vamos a tener que aguantar tus listas de reproducción deprimentes de Radiohead en bucle.

Así que, por el bien de nuestra salud mental, esto tiene que salir bien.

Rodé los ojos, pero en el fondo sabía que tenía razón.

Nitram — Va a salir bien.

Es solo pizza.

Es Kosei.

Ella es…

tranquila.

Zuni — Sí, sí.

La chica de los discos.

Pero ahora es la chica fuera de los discos.

Y ahí viene la prueba de fuego.

Miré el reloj.

Las 8:00 en punto.

Nitram — Ya debería estar por llegar.

Rodrigo señaló con la cabeza hacia la esquina del parque.

Rodrigo — Creo que ya llegó.

Me giré.

Y sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.

Venía caminando por la vereda, esquivando a un par de niños que corrían.

No llevaba la ropa de siempre.

Nada de camisas holgadas ni el delantal del local.

Llevaba una remera negra de una banda que no distinguí a la distancia, una campera de jean gastada sobre los hombros y el pelo suelto, moviéndose con el viento.

Caminaba con una seguridad que no le había visto dentro de la tienda.

Zuni soltó un silbido bajo, que corté de inmediato con un codazo.

Zuni — Ah, no mames.

Con razón andas todo pendejo, Nitram.

Me levanté de la silla, casi tropezándome con la pata de la mesa.

El corazón me martillaba contra las costillas con tanta fuerza que temí que se escuchara por encima del ruido del tráfico.

Ya no había vuelta atrás.

La “cita de amigos” estaba por empezar.

Kosei llegó a la mesa con esa sonrisa que me desarmaba, pero el universo parecía tener otros planes para ella.

Apenas intentó sentarse en la silla de plástico junto a mí, una baldosa floja de la vereda le jugó una mala pasada.

La pata de la silla se trabó, Kosei trastabilló y, por un segundo, vi su vida pasar ante mis ojos.

O al menos, vi la posibilidad de que terminara en el suelo antes de decir “hola”.

Pero, casi por instinto, estiré el brazo.

Mi mano atrapó su codo y, con un movimiento que ni yo sabía que podía hacer, la estabilicé.

La silla, milagrosamente, se acomodó sola.

Kosei — [Con los ojos muy abiertos] — ¡Uf!

Qué entrada triunfal iba a hacer.

Gracias, Nitram.

Tengo dos pies izquierdos hoy.

Nitram — [Soltándola despacio] — Tranqui.

Es la vereda, está destruida.

Sentate despacio.

Zuni nos miraba con los ojos entrecerrados, con la cerveza a medio camino de la boca.

Zuni — Eso fue…

ninja.

Nitram, no sabía que tenías reflejos de gato.

Normalmente te tropiezas con el aire.

Me encogí de hombros, sorprendido yo mismo.

Nitram — Suerte, supongo.

El mozo, un señor mayor con cara de pocos amigos, se acercó a la mesa con la libreta en la mano.

Mozo — ¿Qué van a pedir?

Kosei miró el menú rápido.

Kosei — Una cerveza negra, por favor.

Me muero de sed.

El mozo negó con la cabeza sin mirarla.

Mozo — No queda negra, piba.

Se acabó el barril recién.

Solo rubia.

Kosei hizo una mueca, un poco decepcionada.

Kosei — Bueno…

una rubia entonces.

Y una porción de fugazzetta.

Mozo — La fugazzetta sale con demora.

Veinte minutos mínimo.

Kosei suspiró.

Kosei — [Murmurando] — Chale.

Bueno, que sea de muzzarella.

El mozo anotó y me miró a mí.

Yo ni siquiera había abierto el menú.

Nitram — Lo mismo.

Una rubia y una de fugazzetta, si se puede esperar.

El mozo se detuvo, miró hacia la barra y luego volvió a mirarme.

Mozo — Ah, esperá.

Creo que el pizzero se equivocó y sacó una fugazzetta de más que nadie pidió.

Está saliendo ahora.

Te la traigo ya.

Y…

mirá vos, quedó una botella de negra escondida en la heladera del fondo.

Te la traigo a vos, pibe.

Kosei me miró con la boca abierta.

Zuni soltó una carcajada incrédula.

Zuni — ¡No mames!

¿Es en serio?

A ella le niegan todo y a ti te tratan como al dueño del lugar.

Nitram — [Incrédulo] — Eh…

bueno, gracias.

Kosei se rio, aunque con un toque de resignación.

Kosei — Qué mufa tengo hoy.

Definitivamente el universo me está haciendo bullying.

Nitram — Tomá la negra vos, yo tomo la rubia.

No tengo problema.

Kosei sonrió, y fue una sonrisa genuina de agradecimiento.

Kosei — Sos un sol.

Gracias.

Mientras esperábamos la comida, la dinámica extraña continuó.

Una ráfaga de viento repentina voló las servilletas de la mesa.

Todas, absolutamente todas, fueron a pegarle a Kosei en la cara, enredándose en su pelo.

Yo, simplemente levanté la mano para acomodarme el flequillo y, casualmente, atrapé un billete de 500 pesos que el mismo viento traía volando de quién sabe dónde.

Nitram — [Mirando el billete] — Che…

creo que gané plata por sentarme acá.

Kosei, luchando para quitarse una servilleta de la oreja, se echó a reír.

Kosei — Esto es ridículo.

Yo parezco una momia atacada por papel y vos te hacés rico.

Zuni se inclinó hacia Rodrigo, bajando la voz pero no lo suficiente.

Zuni — [Susurrando] — Güey, ¿estás viendo esto?

Es como si él le estuviera robando el karma o algo así.

Rodrigo, que observaba todo con su calma analítica, asintió lentamente mientras le daba un trago a su cerveza.

Rodrigo — Es estadística, Zuni.

O equilibrio cósmico.

Nitram siempre tiene mala suerte.

Kosei parece tener una nube negra hoy.

Juntos se anulan…

o algo así.

Es fascinante.

Zuni — Es brujería, eso es lo que es.

Mira, mira eso.

La pizza llegó.

Kosei fue a agarrar su porción.

El queso, caliente y traicionero, se deslizó por el costado.

Kosei intentó maniobrar, pero una gota de aceite aterrizó justo en su remera negra de banda.

Kosei — ¡No!

¡Mi remera de The Cure!

Yo, que estaba distraído mirando a Zuni, agarré mi porción sin mirar.

Era perfecta.

El queso estaba en su punto justo, no chorreaba, y la base estaba crocante.

Y no solo eso: al apoyar mi brazo en la mesa, empujé sin querer el servilletero hacia Kosei justo a tiempo para que ella agarrara papel y limpiara la mancha antes de que se secara.

Kosei — [Limpiándose frenéticamente] — Menos mal que me pasaste el papel.

Soy un desastre hoy, perdón.

No me podés sacar a lugares públicos.

Nitram — No pasa nada.

El negro disimula todo.

Además…

—la miré y, sin pensar, solté lo que pensaba— te queda bien el look “caos”.

Kosei se detuvo, con la servilleta en la mano, y me miró.

Sus mejillas se pusieron un poco rojas, y no fue por el calor de la pizza.

Kosei — Y a vos te queda bien la suerte de principiante.

Zuni le dio un codazo a Rodrigo.

Zuni — [Murmurando] — Ya, güey.

¿Viste eso?

Se están tirando la onda en medio de la tragedia de la mancha.

Rodrigo — Es química, Zuni.

Ella es el caos, él es la calma que lo arregla.

Es…

poético.

Zuni — Es cursi.

Pero funciona.

Aunque si Kosei se cae en una alcantarilla y Nitram encuentra oro ahí abajo, voy a empezar a sospechar que este vato hizo un pacto con el diablo.

Kosei terminó de limpiarse y suspiró, tomando un trago largo de la cerveza (mi cerveza negra, que le había cedido).

Kosei — Bueno, ya.

Si me cae un meteorito, por favor que alguien se asegure de que mis discos queden ordenados alfabéticamente.

Nitram — Yo me encargo.

Pero creo que si cae un meteorito, va a rebotar en mi cabeza y va a caer en tu pizza.

Ambos nos reímos, y en ese momento, entre su mala suerte y mi racha inexplicable, sentí que encajábamos.

Zuni y Rodrigo nos miraban como si fuéramos un experimento científico, pero a mí no me importaba.

Mientras yo tuviera suerte, pensaba usarla toda para que ella no se cayera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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