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La música del corazón - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Una bala no se detiene solo continua
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19: Una bala no se detiene solo continua 19: Una bala no se detiene solo continua El ambiente en la mesa se había relajado un poco.

Zuni estaba a la mitad de una anécdota exagerada sobre la vez que intentó cocinar tacos al pastor en su departamento y casi activa los aspersores contra incendios del edificio.

Zuni — …y entonces el bombero me dice: “Pibe, ¿qué estabas tratando de hacer?

¿Señales de humo?”.

Y yo le dije: “No, oficial, es cocina fusión, respete el arte”.

¡No entendió nada, güey!

Kosei se estaba riendo con ganas, tapándose la boca con una servilleta (la única que no se le había volado a la cara).

Kosei — No te creo.

¿En serio le dijiste eso?

Zuni — ¡Te lo juro por mi madre!

Rodrigo estaba ahí, él puede confirmar.

Rodrigo, con la boca llena de pizza, levantó un pulgar solemnemente.

Rodrigo — Confirmado.

Tuvimos que pintar el techo de la cocina porque quedó negro.

Yo observaba la escena, sintiéndome extrañamente en paz.

Kosei encajaba.

A pesar de su mala suerte con la silla y la mancha, se reía.

Se veía linda riéndose así, sin la timidez del mostrador.

Entonces, una voz ronca y potente cortó el aire desde atrás de mi silla, rompiendo la burbuja.

— ¡No te lo puedo creer!

¿Zuni?

¿El mexicano loco?

Zuni se atragantó con su cerveza.

Se giró, y sus ojos se iluminaron como si hubiera visto a Santa Claus con una botella de tequila.

Zuni — ¡Viki!

¡La reina del desmadre!

¿Qué haces en este antro?

Me giré.

Kosei también levantó la vista.

Y ahí estaba el problema.

O la solución, dependiendo de a quién le preguntaras.

Era alta.

Imponente.

Llevaba una campera de cuero roja que parecía costar más que todo mi guardarropa junto, unos jeans negros rasgados y borceguíes con plataforma.

Tenía el pelo corto, oscuro, peinado con un estilo “despeinado” que seguramente le había tomado una hora conseguir.

Sus labios estaban pintados de un rojo furioso que combinaba con su chaqueta.

Victoria O “Viki”, como le decían en los pasillos de la universidad, donde tenía fama de aprobar materias sin abrir un libro y de dejar corazones rotos en cada fiesta.

Viki soltó una carcajada que hizo que varias mesas se giraran a mirar.

Viki — ¿Y vos?

Pensé que te habían deportado por feo.

Vine por unas birras con unos amigos, pero los vi desde la barra y dije “esos perdedores me suenan”.

Sus ojos, delineados de negro intenso, pasaron por Rodrigo (que le hizo un saludo militar con dos dedos), ignoraron olímpicamente a Kosei, y aterrizaron en mí.

Viki — ¡Che!

Y este…

—se acercó, invadiendo mi espacio personal sin pedir permiso.

Puso una mano sobre mi hombro, sus uñas largas y negras clavándose un poco en la tela de mi camisa—.

¿Este es Nitram?

¿El calladito del fondo?

Me tensé.

El contacto físico tan repentino y la invasión de mi burbuja me incomodaron, y más con Kosei sentada justo enfrente, observando todo.

Nitram — Hola, Victoria.

Ella chasqueó la lengua y se inclinó, acercando su cara a la mía.

Olía a cigarrillo mentolado y perfume caro, un contraste violento y agresivo con el aroma suave a vainilla de Kosei.

Viki — Viki, nene.

Victoria suena a mi abuela o a una reina muerta.

—Me miró a los ojos con una intensidad depredadora—.

Te ves diferente sin la cara de “odio mi existencia” que tenés en la facu.

Te queda bien el look leñador urbano.

Zuni, el muy traidor, le acercó una silla de la mesa de al lado con el pie.

Zuni — Siéntate un rato, Viki.

Estamos celebrando que Nitram consiguió vida social y que no ha muerto en el intento.

Viki no se hizo rogar.

Se sentó en la cabecera, quedando en medio de Nitram y Kosei, dominando la mesa al instante con su sola presencia.

Viki — ¿Ah sí?

¿Y quién hizo el milagro?

Fue entonces cuando pareció “notar” realmente a Kosei por primera vez.

La miró de arriba abajo con una evaluación rápida, crítica.

Kosei sostuvo la mirada, pero vi cómo se encogía un poco en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho, como protegiéndose.

Viki — ¿Y vos quién sos?

¿La novia?

—preguntó Viki, directa, sin filtro, agarrando una aceituna del plato de Zuni sin preguntar.

Kosei parpadeó, claramente sorprendida por la agresividad casual de la pregunta.

Kosei — Soy Kosei.

Amiga.

Viki masticó la aceituna despacio, mirándonos a los dos.

Viki — “Amiga”.

Mmm.

Esa palabra tiene muchas letras chicas, nena.

—Se giró hacia mí de nuevo, dándole la espalda ligeramente a Kosei—.

Che, Nitram, ¿te acordás de esa fiesta en lo de Marcos el mes pasado?

Te vi ahí, estabas en un rincón abrazado a una botella de fernet con cara de susto.

Quise ir a saludarte, pero te fuiste temprano.

Nitram — Eh…

sí.

No soy muy de fiestas grandes.

Me agobian.

Viki se rió y me dio un golpe amistoso en el brazo, pero su mano se quedó ahí un segundo más de lo necesario, apretando mi bíceps.

Viki — Eso es porque no vas a las fiestas correctas, lindo.

Tenés que venirte con nosotros un día.

Te aseguro que te saco lo tímido en dos horas.

O menos.

Sentí la mirada de Kosei clavada en la mano de Viki sobre mi brazo.

Me moví incómodo, fingiendo acomodarme en la silla para que Viki soltara el agarre.

Ella lo notó y sonrió de lado, como si le divirtiera mi incomodidad.

Zuni — ¡Eso le digo yo!

¡Le falta calle al pibe!

¡Le falta barrio!

Viki le guiñó un ojo a Nitram.

Viki — No le falta calle, le falta…

motivación.

—Se inclinó hacia mí de nuevo, bajando un poco la voz, aunque todos podían escucharla perfectamente—.

Me gustan los calladitos.

Siempre son los peores…

en el buen sentido.

Son un desafío.

El aire en la mesa cambió drásticamente.

Lo que antes era una cena divertida entre amigos, ahora se sentía como un campo minado.

Miré a Kosei.

Ella estaba mirando su vaso vacío con una expresión indescifrable, pero su postura se había cerrado completamente.

Sus hombros estaban tensos.

La conexión fluida que habíamos tenido hace diez minutos parecía estar bloqueada por una pared de cuero rojo.

Viki, ajena (o tal vez muy consciente y disfrutándolo), levantó la botella de cerveza de Zuni.

Viki — Bueno, brindemos.

Por los calladitos peligrosos…

y por las “amigas” nuevas que dicen ser solo amigas.

Kosei levantó la vista de golpe.

Sus ojos oscuros se encontraron con los de Viki.

Y por un segundo, vi algo en Kosei que no había visto nunca en la tienda.

No era timidez.

No era miedo.

Era un destello de desafío.

Kosei levantó su vaso de cerveza negra.

Kosei — Salud —dijo, con voz firme, aunque sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el vidrio—.

Y por las sorpresas de la noche.

Zuni y Rodrigo chocaron sus vasos, celebrando el caos.

Yo bebí un trago largo, sintiendo que la cerveza me bajaba cuadrada por la garganta.

Victoria había llegado.

Y por la forma en que me miraba, y la forma en que miraba a Kosei, supe que esta noche acaba de dejar de ser tranquila.

El brindis de Viki fue como el disparo de salida de una carrera que nadie quería correr, excepto ella.

Zuni, que al principio parecía divertido con la situación, empezó a notar que el aire se estaba poniendo denso.

Viki no soltaba la atención sobre mí.

Se había girado en su silla, dándole la espalda casi por completo a Kosei, creando una barrera física entre nosotros.

Viki — Entonces, Nitram…

—dijo, arrastrando las vocales mientras jugaba con el borde de mi camisa—.

Me dijeron que te va bien en la facu, pero que sos un fantasma.

Nunca vas a las previas, nunca vas al bar de enfrente.

¿Qué hacés con tu tiempo?

¿Te encerrás a leer poesía?

Nitram — Escucho música Y estudio.

Lo normal.

Viki soltó una risita y se inclinó más.

Su rodilla chocó contra la mía bajo la mesa.

Me corrí hacia atrás, pero la pata de la mesa me frenó.

Viki — “Lo normal” es aburrido, nene.

Necesitás adrenalina.

Necesitás que alguien te sacuda un poco.

Desde el otro lado de la mesa, escuché el sonido seco de un vaso golpeando el plástico.

Kosei había dejado su cerveza con un poco más de fuerza de la necesaria.

Kosei — A veces la gente no necesita que la sacudan —dijo.

Su voz era tranquila, pero tenía un filo que cortó la conversación de Viki—.

A veces solo necesitan que los escuchen.

Viki se giró lentamente, como una leona que acaba de escuchar un ruido en la maleza.

Miró a Kosei con una sonrisa condescendiente.

Viki — Ay, ternura.

¿Vos sos la terapeuta o la amiga?

Porque me confundo.

Kosei sostuvo la mirada.

Vi cómo sus manos se cerraban en puños sobre su regazo, apretando la tela de sus jeans.

Kosei — Soy la persona que sabe qué música le gusta.

Y que no necesita invadir su espacio para hablarle.

Hubo un silencio sepulcral en la mesa.

Zuni abrió los ojos como platos y dejó la porción de pizza a medio camino de su boca.

Rodrigo se acomodó los lentes, visiblemente incómodo.

Viki, lejos de ofenderse, soltó una carcajada fuerte.

Viki — ¡Mira vos!

¡La mosquita muerta tiene aguijón!

Me gusta.

—Volvió a mirarme, ignorando el comentario de Kosei—.

Pero en serio, Nitram.

Esta noche está muy tranquila.

Demasiado “zen” para mi gusto.

Mis amigos están en un bar a tres cuadras.

Hay DJ en vivo, tragos de verdad, no esta cerveza tibia.

Se puso de pie de un salto, agarrando su campera de cuero.

Viki — Vamos.

Zuni, Rodrigo, ustedes vienen, obvio.

Y vos, Nitram…

venís conmigo.

Te prometo que va a ser más divertido que hablar de discos viejos y comer pizza grasosa.

Extendió la mano hacia mí, esperando que la tomara.

Era una invitación, sí, pero también era un ultimátum.

Era una prueba.

Viki — Dale.

No seas aburrido.

La noche es joven y vos tenés cara de que necesitás pecar un poco.

Miré su mano.

Miré a Zuni, que parecía dividido entre la fiesta y la lealtad.

Miré a Rodrigo, que negaba imperceptiblemente con la cabeza.

Y luego miré a Kosei.

Ella no me estaba mirando.

Estaba mirando la mesa, con la vista fija en una mancha de salsa.

Se veía pequeña de repente, fuera de lugar, aplastada por la personalidad arrolladora de Viki.

Su “mala suerte” de hoy parecía haber culminado en esto: ser la tercera en discordia en su propia salida.

El silencio se estiró demasiado.

Mi indecisión estaba gritando más fuerte que cualquier negativa.

Kosei se levantó de golpe.

La silla chilló contra el cemento de la vereda.

Kosei — Vayan —dijo.

Su voz tembló apenas un poco, pero se aclaró la garganta de inmediato—.

Vayan ustedes.

Yo…

yo me tengo que ir.

Nitram — Kosei, no…

esperá.

Kosei — No, en serio.

Se me hizo tarde.

Mi papá…

ya saben.

El local.

Era una mentira horrible.

El local estaba cerrado.

Su papá estaba bien.

Viki sonrió victoriosa, bajando la mano pero manteniéndose cerca de mí.

Viki — Bueno, si la cenicienta se tiene que ir…

no la vamos a detener, ¿no?

Chau, linda.

Un gusto.

Kosei no le respondió.

Agarró su bolso con movimientos torpes.

Kosei — Nos vemos, chicos.

Gracias por la pizza.

Me miró por un último segundo.

Sus ojos estaban brillantes, y no era por el reflejo de las luces.

Era decepción.

Pura y dura decepción.

No conmigo, tal vez, sino con la situación.

Con el hecho de que su mundo tranquilo acababa de ser atropellado y yo no había sabido cómo frenarlo.

Se dio la vuelta y empezó a caminar rápido hacia la avenida, perdiéndose entre la gente.

Nitram — ¡Kosei!

Me levanté para seguirla, pero Viki se interpuso en mi camino, poniéndome una mano en el pecho.

Viki — Ei, ei.

Dejala.

Si se quiere ir a dormir temprano, es su problema.

Nosotros recién empezamos.

No me vas a dejar plantada ahora, ¿o sí?

Sentí la sangre hervirme.

Por primera vez, la “suerte” de tener a dos chicas interesadas no se sentía como suerte.

Se sentía como un desastre inminente.

Aparté la mano de Viki con brusquedad.

Nitram — No, Victoria.

No voy a ir.

Viki borró la sonrisa de su cara.

Nitram — Zuni, pagá la cuenta.

Después te transfiero.

Zuni — ¡Güey, espera!

¡No te vayas así!

No esperé.

Salí corriendo en la dirección por donde se había ido Kosei, dejando atrás la música, la cerveza y a una Victoria que me miraba con una mezcla de sorpresa y furia.

La noche acababa de romperse, y tenía que arreglarlo antes de que Kosei desapareciera en la oscuridad de Buenos Aires.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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