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La música del corazón - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 El falso Ego del Valiente 14
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20: El falso Ego del Valiente 1/4 20: El falso Ego del Valiente 1/4 Salí de la pizzería como si me estuvieran persiguiendo.

Atrás quedaron la música fuerte, el olor a muzzarella, la mirada atónita de Zuni con la tarjeta de crédito en la mano y la expresión de furia contenida de Victoria.

El aire frío de la noche de Buenos Aires me tocó la cara, pero ni siquiera lo sentí.

Solo sentí el ruido de mi propia respiración y el pánico creciente en mi pecho.

Miré hacia la izquierda, hacia la derecha.

La Avenida Santa Fe era un río de luces rojas y blancas, autos, taxis y colectivos que pasaban zumbando.

La gente caminaba rápido, ensimismada en sus propios mundos.

—Mierda —murmuré, girando sobre mis talones.

Corrí hacia la esquina.

Mis zapatillas golpeaban el asfalto con fuerza.

Escaneé la multitud desesperadamente.

Buscaba una campera de jean, un pelo suelto, esa figura que parecía querer pasar desapercibida.

A media cuadra, en la parada del 152, la vi.

Estaba apartada del resto de la fila, abrazada a sí misma como si intentara contener el frío o evitar desmoronarse.

Se veía pequeña bajo la luz amarillenta del alumbrado público, una figura estática en una ciudad que no paraba de moverse.

El colectivo ya estaba llegando, frenando con ese chirrido agudo de los frenos que siempre me ponía los pelos de punta.

El miedo me inyectó una dosis extra de adrenalina.

Si se subía a ese colectivo, si se iba ahora con esa imagen de mí coqueteando con el desastre que era Victoria, no sabía si podría arreglarlo mañana con un mensaje de texto.

—¡Kosei!

—grité, pero mi voz se perdió entre el ruido del motor del colectivo.

Apuré el paso, esquivando a una señora con bolsas y casi chocando con un poste.

El colectivo abrió las puertas con un sistema neumático.

La gente empezó a subir.

Kosei se acercó al estribo.

—¡Kosei, espera!

Grité con todas mis fuerzas esta vez.

Ella ya tenía un pie en el escalón cuando se detuvo.

Se giró lentamente, como si no quisiera confirmar que era yo.

El chofer la miró con impaciencia desde arriba.

—Subís o no subís, flaca?

Dale que tengo horario.

Kosei me miró a mí, que llegaba jadeando, con el pecho subiendo y bajando violentamente, y luego miró el interior iluminado del colectivo, su vía de escape segura.

Dudó.

Esos dos segundos fueron los más largos de mi vida.

—No…

—dijo ella en voz baja, bajando el pie del estribo—.

Perdón.

Sin viajo.

El chofer soltó un bufido, cerró las puertas de golpe y arrancó, dejándonos envueltos en una nube de humo gris y un silencio incómodo que pesaba más que el ruido del tráfico.

Me detuve frente a ella, apoyando las manos en mis rodillas para recuperar el aire.

Nitram — ¿Por qué…

—tomé una bocanada de aire— por qué te fuiste así?

Casi me da un infarto.

Kosei no me miró a los ojos.

Tenía la vista clavada en la punta de sus borceguíes, pateando una piedrita imaginaria.

Kosei: Porque sobraba, Nitram.

No soy estúpida.

Su voz temblaba.

No de frío, sino de esa bronca que da cuando te sentís desplazado.

Nitram — ¿Qué decís?

Nada de sobrabas.

Kosei levantó la vista de golpe.

Sus ojos estaban brillantes, húmedos, reflejando las luces de neón de un cartel farmacéutico cercano.

Kosei — Claro que sí.

Esa chica…

Victoria.

Ella es tu tipo de gente, ¿no?

Es intensa, divertida, conoce las fiestas, te desafía, te pone la mano en el brazo con una confianza que yo no tendría ni en diez años.

Yo…

—se le quebró la voz y se mordió el labio inferior para no llorar— yo solo soy la que te vende discos viejos, se tropieza con las sillas y se mancha con pizza.

Me enderé, olvidándome de la falta de aire.

La honestidad brutal de sus palabras me dolió más que cualquier golpe.

Kosei — Ella llegó y se comió la noche, Nitram.

Vos parecías fascinado.

Y está bien.

Ella es un huracán.

Es emocionante.

Yo a su lado soy…

ruido blanco.

Música de fondo que nadie escucha de verdad.

Di un paso hacia ella, rompiendo esa distancia ridícula que Victoria había intentado crear toda la noche.

Nitram — Estás equivocada.

Estás tan equivocada que me enoja.

Kosei — No me mientas para hacerme sentir bien.

No necesito lástima.

Nitram — No es lástima —dije con firmeza, obligándola a mirarme a los ojos—.

Escúchame bien.

Victoria es ruido, sí.

Es un parlante saturado que aturde y no te deja pensar.

Es divertido para un rato, para una anécdota de Zuni.

Pero yo no quiero ruido, Kosei.

Ella me sostuvo la mirada, sus ojos buscaban alguna señal de duda en los míos.

Nitram — Yo soporté las estúpidas de Zuni, me puse esta camisa que me pica y salí de mi cueva solo por vos.

No vine a buscar “adrenalina” ni fiestas.

Vine a buscar la calma que solo tengo cuando hablo con vos.

Kosei parpadeó, y una lágrima solitaria se le escapó, rodando por su mejilla hasta perderse en la comisura de sus labios.

Nitram — Vos no sos música de fondo.

Nunca escuches música de fondo.

Vos sos…

—me detuve, buscando las palabras en el único idioma que ambos entendíamos a la perfección— vos sos ese disco que ponés cuando querés sentir algo real.

Sos la melodía que se te queda grabada en la cabeza todo el día y no querrás que termine nunca.

Y prefiero mil veces mancharme con pizza y reírme de tu mala suerte que ir a cualquier fiesta con alguien que ni siquiera sabe mi nombre real.

Kosei soltó una risa, pero fue una risa acuosa, una mezcla de llanto liberador y alivio.

Kosei — Eso sonó increíblemente cursi.

Parecés una canción de Arjona.

Nitram—Lo sé.

Si Zuni me escuchara, me haría bullying hasta la graduación.

Pero es la verdad.

El viento sopló fuerte de repente, una ráfaga helada que se coló por la avenida.

Kosei se estremeció visiblemente, abrazándose más fuerte.

Llevaba solo esa remera de banda y la campera de jean fina, totalmente insuficiente para el clima.

Sin pensarlo dos veces, me desabotoné la camisa de franela que llevaba sobre mi remera gris.

Kosei — ¿Qué haces?

Te vas a congelar ahora.

Nitram — Tengo sangre caliente ahora mismo por la corrida.

Y por el enojo.

Toma.

Le pasé la camisa por los hombros.

Al hacerlo, mis manos rozaron su cuello y sentí su piel erizada.

Me quedé ahí un segundo, ajustando la tela sobre sus hombros, abotonando el primer botón para que no se le cayera.

Estábamos cerca.

Muy cerca.

Ella levantó la mirada.

Nuestros rostros quedaron a centímetros.

Podía ver las pequeñas manchas doradas en sus ojos oscuros, podía oler esa mezcla de vainilla que había sobrevivido al olor a cigarrillo de Victoria.

Kosei sujetó las solapas de mi camisa con sus manos, aferrándose a la tela como si fuera un salvavidas, pero no se alejó.

Kosei — Nitram…

Nitram — ¿Sí?

Kosei — Me dio miedo.

Nitram — ¿Qué cosa?

Kosei — Que te fueras con ella.

Que te dieras cuenta de que el mundo real, el mundo de la gente “cool”, es más divertido que mi tienda silenciosa llena de polvo.

Llevé mi mano a su mejilla, limpiando con el pulgar el rastro húmedo de la lágrima.

Su piel estaba fría, pero mi tacto pareció devolverle el color.

Ella cerró los ojos ante el contacto, inclinando levemente la cabeza hacia mi palma, aceptando el gesto.

Fue un movimiento tan íntimo, tan confiado, que sentí que el corazón me daba un vuelco.

Nitram — Mi mundo real empieza cuando entra a tu tienda, Kosei.

Lo de afuera…

esto, el ruido, la gente como Victoria…

es solo el trámite que tengo que hacer para volver a verte.

Kosei abrió los ojos.

Había una vulnerabilidad en ella que me desarmaba, pero también una luz nueva.

Una certeza.

Kosei — ¿Entonces no te vas a ir a la fiesta de Viki a que te saque lo tímido?

Nitram — No existe ninguna fiesta de Viki para mí.

Solo existes vos, yo, y esta parada de colectivo helada.

Y prefiero mi timidez si eso significa que puedo estar acá con vos.

Kosei está sonriendo.

Esta vez, fue esa sonrisa completa, genuina, la que me había mostrado en la pizzería antes de que llegara el huracán.

Kosei — Bueno…

la parada de colectivo no es el escenario más romántico de Buenos Aires, pero supongo que tiene su encanto urbano decadente.

Nitram — Podemos mejorarlo.

Kosei — ¿Cómo?

Nitram—Caminemos.

No volvamos a la pizzería.

No quiero ver a Zuni ni a nadie.

Acompañame…

o te acompaña yo a vos.

Caminemos un rato.

Sin rumbo.

Solo nosotros.

Kosei ascendió, metiendo las manos en las mangas largas de mi camisa.

Le quedaba enorme, y verla usando mi ropa me provocó una sensación de ternura y pertenencias que casi me deja sin hablar.

Kosei — Está bien.

Pero te advierto que sigo teniendo mala suerte hoy.

Si me tropiezo con otra baldosa floja, es tu responsabilidad atraparme de nuevo.

Nitram — Tengo los reflejos listos.

No te voy a dejar caer.

Empezamos a caminar por la avenida, alejándonos de la zona de bares, dejando atrás el caos.

El silencio entre nosotros ya no era tenso, ni triste, ni incómodo.

Era cómodo.

Era nuestro.

Mientras caminábamos, mi mano rozó la suya un par de veces.

Al principio fue accidental, el equilibrio natural al caminar.

Pero a la tercera vez, sentí que ella no apartaba la mano.

Al contrario, sus dedos rozaron mi palma.

Me arriésgué.

Deslicé mis dedos entre los suyos.

Su mano era pequeña y estaba fría, pero encajó con la mía como si hubieran sido diseñadas con el mismo molde.

Kosei presionó mi mano con fuerza, entrelazando nuestros dedos.

No dijimos nada.

No hacía falta.

Las palabras sobraban.

Caminamos así, de la mano, bajo las luces de la ciudad, mientras mi celular vibraba en el bolsillo con mensajes desesperados de Zuni que decidió ignorar por completo.

Por primera vez en la noche, sentí que no necesitaba suerte, ni amuletos, ni evitar espejos rotos.

Ya tenía todo lo que quería caminar a mi lado, usando mi camisa de franela.

Caminamos sin rumbo fijo durante lo que parecieron cinco minutos o cinco horas.

El tiempo se había vuelto algo relativo, medido solo por el ritmo de nuestros pasos sobre las baldosas flojas de Buenos Aires y la presión constante de su mano entrelazada con la mía.

La Avenida Santa Fe quedó atrás.

Nos desviamos hacia una calle lateral, más oscura, más tranquila, donde los árboles antiguos formaban un túnel con sus ramas sobre nosotros.

El ruido de los motores se convirtió en un murmullo lejano.

Kosei rompió el silencio primero.

Kosei — ¿Sabés qué es lo peor?

Nitram — ¿Qué?

Kosei — Que me quedé con hambre.

Esa porción de fugazzetta se veía gloriosa y la abandoné por mi drama de telenovela.

Solté una carcajada, y el sonido rebotó en las fachadas de los edificios antiguos.

Nitram — Yo ni siquiera llegué a probar la mía.

Zuni seguramente se comió las dos pizzas enteras en cuanto nos fuimos.

O Victoria se las tiró por la cabeza.

Kosei apretó mi mano un poco más fuerte.

Kosei — ¿Crees que esté muy enojada?

Victoria, digo.

Nitram — Probablemente.

No es alguien a quien le digan que no muy seguido.

Pero sinceramente…

me importa poco.

Llegamos a una pequeña plaza, de esas plazas de barrio escondidas que solo tienen un par de hamacas oxidadas y bancos de madera despintados.

Estaba vacía, salvo por un gato que cruzó corriendo entre los arbustos.

Nos sentamos en uno de los bancos, bajo la luz tenue de un farol que parpadeaba.

Kosei se encogió dentro de mi camisa de franela, subiéndose el cuello hasta la nariz.

Se veía adorable y ridícula al mismo tiempo.

Nitram — ¿Seguís con frío?

Kosei — Un poco.

Pero huele a vos, así que es un frío agradable.

Sentí que la cara me ardía.

Agradecí la oscuridad de la plaza.

Nitram — ¿A qué huelo?

¿A desesperación y pizzería barata?

Kosei se rio por lo bajo, bajándose el cuello de la camisa.

Kosei — No.

Hueles a…

suavizante de ropa.

Y a algo maderoso.

Como el local.

Es un olor seguro.

Se hizo un silencio, pero esta vez no había tensión.

Era un silencio lleno de cosas que ya no necesitábamos decir.

Saqué mi celular del bolsillo.

Tenía 15 mensajes no leídos de Zuni y 3 llamadas perdidas.

Zuni: — Güey, no mames.

¿Dónde estás?

Zuni: — Victoria se fue hecha una furia.

Dijo que sos gay o ciego.

Zuni: — Me comí tu pizza.

Estaba fría.

Zuni: — [Audio 0:04] —(Susurro) Rodrigo dice que sos su héroe.

Yo digo que estás loco.

Avisame si seguís vivo.

Le mostré la pantalla a Kosei.

Ella leyó los mensajes y soltó una risita.

Kosei — “Ciego o gay”.

Vaya ego.

Nitram — Zuni siendo Zuni.

—Bloqueé el teléfono y lo guardé.

No quería que nada interrumpiera esto—.

Che, Kosei…

Kosei — ¿Mmm?

Nitram — En serio, gracias por venir hoy.

Sé que terminó siendo un desastre con la mancha, el viento y…

bueno, el huracán Viki.

Pero me alegra que hayas venido.

Ella se giró en el banco, subiendo las rodillas y abrazándolas, mirándome de frente.

Kosei — No fue un desastre, Nitram.

Fue…

revelador.

Nitram — ¿Revelador?

Kosei — Sí.

En el local siempre es fácil.

Estamos en mi terreno, con mi música, mis reglas.

Pero verte afuera…

ver cómo me defendiste, o bueno, cómo me elegiste…

eso fue mejor que cualquier canción que te haya recomendado.

Me quedé mirándola.

La luz del farol le daba en el perfil, iluminando ese pequeño lunar que tenía cerca de la oreja y que nunca había notado antes.

Sin pensarlo mucho, saqué mis audífonos del bolsillo.

Eran los de cable, los viejos, porque siempre decía que el sonido era mejor que los inalámbricos (y porque siempre me olvidaba de cargar los otros).

Conecté el jack al teléfono.

Nitram — ¿Querés escuchar algo?

Para tapar el ruido mental.

Kosei sonrió y extendió la mano.

Kosei — Solo si vos elegís.

Hoy confío en tu criterio.

Busqué en mi lista.

Mis dedos pasaron por Radiohead, por Spinetta, por Caifanes.

Quería algo que encajara con este momento preciso.

Algo que fuera nuestro.

Seleccioné una canción y le pasé el auricular izquierdo.

Ella se lo colocó con cuidado, acomodándose el pelo detrás de la oreja.

Yo me puse el derecho.

La obra di .

Los primeros acordes de guitarra acústica de “Soñé” de Zoé empezaron a sonar.

Era una elección arriesgada, una banda mexicana que sabía que a ella le gustaba por su mamá, pero con una letra que hablaba de sueños y entregas.

“Todo el tiempo estoy pensando en ti…

En el brillo del sol, en un rincón del cielo…” Kosei cerró los ojos apenas reconoció la canción.

Una sonrisa suave se dibujó en sus labios.

Kosei — Zoé.

Buena elección.

Muy…

nostálgico.

Nitram — Es una de mis favoritas.

Y pensé que te gustaría la mezcla.

Nos quedamos ahí, sentados en el banco de una plaza cualquiera de Buenos Aires, unidos por un cable blanco y una camisa de franela.

En el estribillo, Kosei hizo algo que me dejó sin aire.

Apoyó su cabeza en mi hombro.

Fue un movimiento lento, tímido, como pidiendo permiso.

Me quedé rígido un segundo, sorprendido, pero enseguida me relajé, inclinando mi cabeza ligeramente hasta que se apoyó sobre la suya.

Su pelo me hacía cosquillas en la mejilla.

Podía sentir su respiración tranquila, acompasada con la música.

Nitram — [Susurrando] — ¿Estás cómoda?

Kosei — [Murmurando contra mi hombro] — Mmm.

Mucho.

No te muevas.

No pensaba moverme.

Podía venir un terremoto, podía aparecer Victoria con un lanzallamas, podía venir la policía a sacarnos…

yo no me iba a mover de ahí.

La canción terminó y empezó la siguiente (Crimen de Cerati), pero ninguno de los dos hizo el amago de separarse.

Kosei — Nitram…

Nitram — ¿Sí?

Kosei — Creo que ya no tengo mala suerte.

Sonreí, mirando la punta de mis zapatillas.

Nitram — ¿Ah, no?

Kosei — No.

Creo que toda la mala suerte del día valió la pena para llegar a este banco.

Levanté la mano que tenía libre y, con un valor que no sabía de dónde sacaba, busqué su mano de nuevo.

Ella entrelazó sus dedos con los míos inmediatamente, apretando suavemente.

Ahí, en medio del frío y con la música sonando en un solo oído, supe que Zuni y Rodrigo tenían razón.

Estaba perdido.

Completamente perdido por ella.

Y por primera vez, no tenía ninguna intención de encontrar la salida

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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