La música del corazón - Capítulo 21
- Inicio
- Todas las novelas
- La música del corazón
- Capítulo 21 - 21 El falso Ego del valiente 24
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
21: El falso Ego del valiente 2/4 21: El falso Ego del valiente 2/4 El camino hacia la parada del colectivo, esta vez caminando despacio y sin correr, se sintió como una transición extraña.
Hace una hora, yo era un manojo de nervios en una pizzería.
Hace veinte minutos, era un tipo que corría desafiando a una chica popular y entregando su camisa como un héroe de película romántica de bajo presupuesto.
Ahora, caminando al lado de Kosei, sentía que la adrenalina empezaba a bajar, dejándome con una sensación de vacío y, peor aún, de duda.
Llegamos a la esquina de Santa Fe y Pueyrredón.
El 152, el mismo que habíamos dejado pasar antes, venía asomando sus luces a lo lejos.
Kosei se detuvo y se giró hacia mí.
Todavía llevaba mi camisa de franela puesta.
Le quedaba enorme, las mangas le cubrían hasta los nudillos y el ruedo le llegaba a los muslos, tapando casi por completo sus shorts de jean.
Se veía ridículamente pequeña y protegida ahí adentro.
Kosei — Bueno…
creo que este sí me lo tengo que tomar.
Mi papá me va a mandar a la policía si no llego en media hora.
Nitram — Sí.
Mejor no le demos motivos para odiarme antes de conocerme.
Kosei sonrió, y sus ojos se detuvieron en los míos.
Ya no había rastro de la inseguridad que Victoria le había provocado.
Había algo nuevo.
Una calidez distinta.
Kosei — Nitram.
Nitram — ¿Mmm?
Kosei — Tu camisa.
—Hizo el amago de empezar a desabotonarla.
Le detuve la mano suavemente.
Nitram — No, dejátela.
Hace frío y el aire acondicionado del bondi te va a congelar.
Me la devolvés después.
Ella me miró, sorprendida, y luego bajó la vista a mi mano sobre la suya.
Asintió despacio, volviendo a cerrar el botón.
Kosei — “Después”.
Me gusta que haya un “después”.
Nitram — Siempre va a haber un después, Kosei.
O al menos, eso espero.
El colectivo frenó con un soplido.
La gente empezó a bajar.
Kosei se puso en puntas de pie.
Por un segundo, pensé que iba a besarme.
Mi corazón se detuvo.
Pero en lugar de eso, se acercó y me dio un beso en la mejilla, cerca, muy cerca de la comisura de los labios.
Fue suave, lento, y duró un segundo más de lo socialmente aceptable para ser solo un “chau”.
Kosei — [Susurrando] — Gracias por rescatarme hoy.
No de la baldosa…
sino de todo lo demás.
Se separó, me dio una última mirada brillante y subió al colectivo.
Me quedé ahí, parado en la vereda, viendo cómo el 152 arrancaba y se perdía en el tráfico de la avenida.
La vi sentarse del lado de la ventanilla.
Me saludó con la mano, y vi que se llevaba el cuello de mi camisa a la nariz, aspirando el aroma, antes de recostar la cabeza contra el vidrio.
El colectivo desapareció.
Y ahí, solo en medio de la gente, el silencio me golpeó.
Caminé hacia el subte para volver a mi casa.
El vagón estaba casi vacío a esa hora.
Me senté y vi mi reflejo en el vidrio oscuro de enfrente.
Ahí estaba yo.
Nitram.
El pibe que se sienta al fondo en la facultad.
El que escucha Radiohead y sobrepiensa si saludó bien al kiosquero.
Pero el reflejo me devolvía una imagen distinta.
Tenía el pelo un poco revuelto por el viento, las mejillas coloradas y una remera gris que me hacía sentir desnudo sin mi camisa de seguridad.
“¿Quién carajo fuiste hoy?”, me preguntó mi propia mente.
Empecé a repasar la noche.
La forma en que le contesté a Victoria.
La forma en que corrí.
Las cosas que le dije a Kosei en la plaza.
“Vos sos la melodía que se te queda grabada”.
¿De dónde salió eso?
¿En qué momento me volví un poeta de vereda?
El vagón se sacudió.
Me empezó a entrar una ansiedad fría en el estómago.
¿Y si todo fue una actuación?
¿Y si solo reaccioné por el momento, por la presión, por querer quedar bien?
Yo no soy ese tipo valiente.
Yo soy el que duda.
Yo soy el que le tiene miedo a los cambios.
Kosei me miró como si fuera alguien importante.
Como si fuera…
especial.
“Ella cree que sos ese tipo seguro que la eligió a ella sobre la chica popular”, pensé, mordiéndome una uña.
“Pero mañana vas a volver a ser vos.
El aburrido.
El que no tiene anécdotas locas como Zuni.
El que no tiene la facha de los tipos que le deben gustar a ella”.
Saqué el celular.
Tenía un mensaje nuevo.
No era de Zuni.
Kosei: — Ya llegué a casa.
Mi papá preguntó de quién era la camisa.
Le dije que de alguien que tiene muy buen gusto musical y muy buenos reflejos.
Gracias por esta noche, Nitram.
En serio.
Hacía mucho que no me sentía…
vista.
Leí el mensaje tres veces.
“Vista”.
Ella se sentía vista por mí.
Pero la pregunta que me taladraba la cabeza mientras el subte llegaba a mi estación era: ¿Ella me vio a mí realmente?
¿O vio al personaje que interpreté hoy por un rato de suerte?
Guardé el celular sin responder todavía.
Sentía que si escribía algo ahora, iba a arruinar la magia.
Sentía que era un fraude.
Un fraude con suerte que acababa de tener la mejor noche de su vida, y que ahora tenía terror de que amaneciera y se rompiera el hechizo.
Salí a la calle, caminando hacia mi departamento, sintiendo el frío en los brazos desnudos, extrañando mi camisa, pero extrañándola más a ella.
Y por primera vez, el miedo no era a que ella me rechazara.
El miedo era a que ella se enamorara de alguien que yo no estaba seguro de poder ser todos los días.
-Gallo Cantando, siguiente dia ….
La mañana siguiente en la universidad fue un suplicio.
Apenas había dormido tres horas, dando vueltas en la cama, mirando el techo y releyendo el mensaje de Kosei sin atreverme a contestar nada más profundo que un “Descansa”.
Me sentía expuesto.
Como si al haberme quitado la camisa de franela anoche, me hubiera quitado también la capa de “tipo seguro” que había actuado.
Ahora volvía a ser yo: Nitram, el que se sienta al fondo, el que prefiere no llamar la atención.
Zuni y Rodrigo me interceptaron antes de que pudiera entrar a la cafetería.
Zuni — ¡Ahí está!
¡El fugitivo!
—gritó Zuni, haciendo que media facultad se girara.
Me agarró del cuello con el brazo, en una llave amistosa pero asfixiante.
Zuni — Güey, no mames.
Ayer te fuiste como si debieras dinero a la mafia.
Nos dejaste ahí con la cuenta y con el dragón de Viki echando fuego por la boca.
Me solté, acomodándome la remera.
Nitram — Les transferí mi parte apenas llegué a casa.
Y perdón.
Fue…
una emergencia.
Rodrigo me miró por encima de sus lentes, con esa calma analítica que a veces me ponía nervioso.
Rodrigo — “Emergencia”.
Claro.
¿La emergencia se llama Kosei y tiene ojos de venado asustado?
Nitram — No empecés, Rodri.
Zuni — Oye, pero neta…
¿qué pasó?
¿La alcanzaste?
¿Hubo beso?
¿Hubo declaración bajo la lluvia?
Cuente, perro.
Nitram — No llovía, Zuni.
Y no, no hubo nada de película.
Caminamos, hablamos y se fue a su casa.
Punto.
Zuni me miró, decepcionado.
Zuni — Qué aburrido eres.
Yo me imaginaba algo más…
— ¿Más qué?
¿Más patético?
La voz cortó la conversación como una navaja.
Se me heló la sangre.
Victoria estaba parada a unos metros de nosotros, recostada contra la máquina expendedora de café.
Llevaba unos lentes de sol oscuros (aunque estábamos adentro) y una chaqueta de jean con parches que parecía decir “no te metas conmigo”.
Se quitó los lentes despacio, clavando sus ojos delineados en mí.
No parecía enojada.
Parecía…
divertida.
Y eso era peor.
Zuni dio un paso atrás, levantando las manos.
Zuni — Bueno…
miren la hora.
Rodrigo y yo tenemos que ir a…
eh…
salvar ballenas.
Con permiso.
Rodrigo — Sí.
Ballenas.
En el aula 302.
Suerte, Nitram.
Los traidores se fueron, dejándome solo en el pasillo con ella.
Victoria se acercó.
Sus botas hacían un ruido seco y autoritario contra el piso de baldosas.
Viki — Así que…
el corredor olímpico apareció.
Nitram — Victoria.
Hola.
Ella se paró frente a mí, invadiendo mi espacio personal como siempre.
Olía a café fuerte y a ese perfume caro que se te pega en la ropa.
Viki — “Hola”.
Eso es todo lo que tenés para decir después de dejarme plantada con dos inútiles y una pizza fría?
Nitram — No te dejé plantada.
Te dije que no iba a ir.
Vos no escuchaste.
Viki soltó una risa corta, seca.
Viki — Escuché.
Pero pensé que te estabas haciendo el difícil.
Me gusta cuando se hacen los difíciles.
Pero salir corriendo atrás de la bibliotecaria…
eso fue un golpe bajo, nene.
Sentí la bronca subirme por el cuello.
Nitram — No le digas así.
Se llama Kosei.
Viki — Ay, perdón.
Kosei.
La chica de los susurros.
—Se inclinó hacia mí, bajando la voz, convirtiéndola en un ronroneo peligroso—.
¿En serio, Nitram?
¿Esa es tu apuesta?
Es linda, sí, si te gustan las cosas frágiles que se rompen si las mirás fuerte.
Pero vos…
Me tocó el pecho con un dedo, justo sobre el corazón.
Viki — …vos no sos tan tranquilo como parecés.
Te vi anoche.
Te vi cómo me miraste cuando te desafié.
Te vi cómo te pusiste cuando defendiste a tu “amiga”.
Tenés fuego, Nitram.
Y la gente con fuego se aburre rápido de la gente que solo es agua tibia.
Sus palabras se clavaron justo en mi inseguridad de anoche.
El síndrome del impostor.
Nitram — No tenés idea de quién soy.
Viki — ¿Ah no?
—Sonrió de lado—.
Sos el pibe que está cansado de ser invisible, pero le da miedo brillar demasiado.
Por eso te vas con ella.
Porque es segura.
Porque con ella sos el héroe, el fuerte.
Conmigo…
conmigo tendrías que esforzarte para mantenerme el ritmo.
Y eso te asusta.
Me quedé mudo.
Era como si hubiera leído mi diario íntimo y lo estuviera usando para golpearme en la cara.
Viki se alejó un paso, satisfecha con mi silencio.
Viki — No te preocupes.
No te guardo rencor.
De hecho…
me hiciste la noche más interesante.
Nadie me dice que no.
Y ahora…
ahora tengo curiosidad de ver cuánto durás jugando a la casita feliz con la chica de los discos antes de que te aburras.
Se puso los lentes de sol de nuevo.
Viki — Nos vemos en la vuelta, Nitram.
Y avisame cuando quieras dejar de jugar a lo seguro y quieras vivir de verdad.
Se dio media vuelta y se fue caminando por el pasillo, dejando una estela de miradas y murmullos a su paso.
Me quedé ahí parado, con el corazón latiendo a mil, pero no por amor, sino por una mezcla de furia y miedo.
¿Y si tenía razón?
¿Y si busqué a Kosei porque es “segura”?
¿Y si en el fondo soy un desastre que va a terminar aburriéndose o, peor, lastimándola porque no sé lo que quiero?
Mi celular vibró en el bolsillo.
Lo saqué rápido, casi esperando que fuera Kosei para borrarme esta sensación horrible.
Pero no era un mensaje.
Era una notificación de Instagram.
@Vikivictoria ha comenzado a seguirte.
@Vikivictoria le ha dado me gusta a tu foto antigua.
Guardé el teléfono con las manos temblorosas.
Victoria no se había rendido.
Solo había cambiado de estrategia.
Y lo peor de todo era que sus palabras seguían resonando en mi cabeza como una canción maldita que no podía apagar.
“La gente con fuego se aburre rápido de la gente que solo es agua tibia”.
Miré hacia la salida, pensando en ir a “Ecos del Pasado” a buscar refugio, pero por primera vez, sentí que no merecía entrar ahí.
No con estas dudas en la cabeza.
No cuando una parte de mí, una parte oscura y estúpida, se había quedado pensando en lo que Victoria había dicho.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com