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La música del corazón - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 El Falso Ego del Valiente 34
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22: El Falso Ego del Valiente 3/4 22: El Falso Ego del Valiente 3/4 Me di la vuelta y caminé en dirección contraria a la salida que llevaba al local.

No podía ver a Kosei ahora.

Sentía que si la miraba a los ojos, ella iba a notar que, por un microsegundo, había considerado que Victoria tenía razón.

Y eso me hacía sentir como el peor traidor de la historia.

El viaje a casa fue una neblina de ruido urbano y culpa.

Buenos Aires estaba gris, con ese cielo encapotado que amenaza lluvia pero no concreta nada, aumentando la humedad y el mal humor general de la gente en el subte.

Llegué a mi departamento y tiré la mochila contra el sofá.

El silencio me recibió de golpe.

Generalmente, amaba este silencio; era mi momento para poner un vinilo, leer o simplemente descomprimir del ruido de Zuni.

Pero hoy, el silencio se sentía como una acusación.

Saqué el celular.

Chat con Kosei.

Última conexión: Ayer a las 23:45.

Escribí: Nitram: — Hola.

Perdón por no escribir antes, tuve una mañana complicada en la facu.

¿Cómo estás?

¿Estás en el local?

Pensaba pasar, pero se me hizo tarde.

Enviado.

Una sola palomita gris.

Esperé.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Nada.

Me preparé un café que me salió horrible, quemado.

Me senté en la computadora a intentar avanzar un trabajo práctico, pero el cursor parpadeando en la pantalla blanca me hipnotizaba.

A las 6:00 PM, la ansiedad me ganó.

Kosei nunca tardaba tanto en responder, y si lo hacía, al menos le llegaban los mensajes.

Ella vivía pegada al teléfono por los proveedores de discos o por si su papá necesitaba algo.

Agarré las llaves y salí.

Necesitaba saber que estaba bien.

Si tenía que verla desde la vereda de enfrente para no molestar, lo haría.

Solo quería borrar la sensación de suciedad que me había dejado Victoria.

El viaje hasta “Ecos del Pasado” se sintió eterno.

Cuando doblé la esquina, mi corazón se detuvo.

La persiana metálica estaba baja.

Eso nunca pasaba.

El local abría de lunes a sábado, religiosamente.

Kosei y su papá vivían para ese lugar.

Me acerqué despacio, como si la persiana fuera a morderme.

Había un papel de cuaderno arrancado, pegado con cinta adhesiva azul a la altura de los ojos.

Reconocí la letra de inmediato.

Era la letra de Kosei, redonda y prolija, la misma con la que escribía las letras de canciones en su libreta.

Pero los trazos se notaban apurados, temblorosos.

“Cerrado por emergencia familiar hasta nuevo aviso.

Sepan disculpar.” Emergencia familiar.

Sentí un frío helado en la nuca.

Su papá.

Era lo único que tenía.

Sabía que eran solo ellos dos contra el mundo.

Me imaginé a Kosei sola, corriendo, asustada, en una ambulancia o en una sala de espera fría, sin nadie a quien agarrarle la mano.

Y yo, como un imbécil, había estado toda la tarde preocupado por mi ego herido por Victoria, pensando si era “agua tibia” o “fuego”, mientras ella estaba viviendo una pesadilla real.

Saqué el celular y llamé.

“El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio o se encuentra apagado…” Maldición.

Me volví a casa caminando, porque sentía que no merecía ni sentarme en el colectivo.

La impotencia era un veneno lento.

Quería ayudarla, quería ser ese “héroe” que ella creía que yo fui la noche anterior cuando le di mi camisa, pero ni siquiera sabía dónde estaba.

No sabía a qué hospital habían ido.

No sabía la dirección exacta de su casa, solo una zona vaga que me había mencionado una vez.

Llegué a mi departamento de noche.

Me tiré en la cama sin prender la luz, mirando las sombras que proyectaban los autos en el techo.

A las 8:30 PM, el celular vibró.

Me lancé sobre él, casi tirando la lámpara de la mesa de luz.

Kosei: — Nitram.

Perdón.

Mi papá se descompensó esta mañana al abrir.

Tuvo un pico de presión muy feo y un principio de arritmia.

Estamos en la clínica desde temprano.

Recién ahora lo estabilizaron y lo pasaron a una habitación común.

El alivio fue tan grande que me mareé.

Nitram: — ¡Kosei!

No pidas perdón.

Me asusté mucho cuando vi el cartel.

¿Cómo está él?

¿Cómo estás vos?

¿Necesitás algo?

Voy para allá.

Decime dónde es.

La respuesta tardó, como si le costara escribir.

Kosei: — No vengas, por favor.

No te dejan pasar, solo un acompañante y ya estoy yo.

Además, estoy hecha un desastre, llevo la misma ropa de ayer y no quiero que me veas así.

Tengo 4% de batería y me olvidé el cargador en el caos.

Seguramente se me apague el celu en cualquier momento.

Solo quería avisarte para que no pensaras que desaparecí.

Nitram: — No me importa cómo te veas.

Pero entiendo.

Cuidalo.

Y cuidate vos.

Te prometo que no me muevo de acá hasta saber de vos mañana.

Kosei: — Gracias.

Sos lo mejor que me pasó en mucho tiempo.

Hablamos cuando pueda cargar esto.

Te quiero.

La pantalla se apagó antes de que pudiera responder a ese “Te quiero”.

Y entonces, el silencio volvió.

Pero ahora era un silencio distinto.

Era un vacío.

Kosei estaba inaccesible.

Estaba en una burbuja de preocupación y médicos, un lugar sagrado y doloroso donde yo no podía entrar.

Y yo me quedaba aquí, en mi habitación, con mi salud intacta, mi aburrimiento intacto y mi mente demasiado activa.

Intenté distraerme.

Entré a Instagram para matar el tiempo.

Subí una historia sin pensar mucho, casi como un reflejo automático de mi soledad: una foto de mi tocadiscos girando con el vinilo de The Queen Is Dead de The Smiths, y la canción “There Is A Light That Never Goes Out” sonando de fondo.

Escribí abajo, en letra chica: “Viernes de nada”.

Me quedé mirando las visualizaciones.

Zuni.

Rodrigo.

Un par de compañeros de la facu.

Y de repente, una notificación nueva.

Un nombre que no esperaba ver en mi pantalla, pero que, si soy honesto, una parte retorcida de mí estaba buscando desde la mañana.

@Vikivictoria ha respondido a tu historia.

El corazón me dio un salto.

No era el salto cálido y seguro que me daba Kosei.

Era un salto de adrenalina, de peligro, como cuando te asomás demasiado al borde de un precipicio y sentís el vértigo en el estómago.

Abrí el mensaje.

Victoria: — ¿Tan deprimente está tu noche o es pura pose intelectual para levantar minitas tristes?

Me quedé mirando el mensaje.

Era agresivo.

Era Victoria en estado puro.

Podía escuchar su voz ronca diciéndolo, podía ver esa sonrisa de medio lado.

Podría haberla ignorado.

Podría haber bloqueado el teléfono y dormirme pensando en Kosei y su papá.

Era lo correcto.

Era lo que el “Nitram leal” haría.

Pero estaba enojado.

Estaba frustrado por la situación de Kosei, por mi inutilidad, por las palabras de la mañana en el pasillo.

Y Victoria…

Victoria estaba ahí, disponible, ofreciendo una distracción.

Un ring de boxeo verbal donde podía descargar un poco de energía.

Escribí.

Nitram: — No es pose.

Es un clásico.

Y sí, mi noche es un 10 en la escala deprimente.

Victoria: — Es un clásico para cortarse las venas con una galletita de agua, lindo.

The Smiths es música para gente que le tiene miedo al sexo.

Si vas a escuchar britpop un viernes, al menos poné algo que te dé ganas de romper algo, no de llorar en un rincón.

Eso dejáselo a tu amiga la bibliotecaria.

Sentí un pinchazo de defensa por Kosei, pero también una curiosidad morbosa.

Victoria era rápida.

Agresiva, pero rápida.

Nitram: — Kosei tiene buen gusto.

Y que sea tranquilo no significa que esté muerto, Victoria.

Victoria: — Ah, mirá.

El chico tranquilo muerde.

Me gusta.

Hubo una pausa.

Aparecieron los tres puntos suspensivos bailando, indicando que estaba escribiendo.

Se tomaba su tiempo, calculando el golpe.

Victoria: — ¿Qué hacés?

¿Tu “amiga” te dejó plantado o ya se fue a dormir a las 9 PM como buena nena?

Nitram: — Tuvo una emergencia familiar.

Está en la clínica con su papá.

Victoria: — Uf.

Qué bajón.

Lo siento.

(Lo digo en serio, no soy un monstruo).

Me sorprendió ese paréntesis.

Una grieta en su armadura.

Victoria: — Pero eso te deja a vos solo, ¿no?

Solito, aburrido y escuchando a Morrissey lamentarse.

Es peligroso dejar a alguien como vos aburrido, Nitram.

Empezás a pensar demasiado.

Empezás a darte cuenta de lo que te falta.

Nitram: — ¿Y vos qué hacés?

¿No deberías estar rompiendo corazones en algún boliche de moda?

Victoria: — Estoy en una previa en Palermo.

Hay vodka barato, gente que grita demasiado y un DJ que cree que poner reggaetón del 2005 es “vintage”.

Te odiaría, pero te amaría secretamente.

Victoria: — [Foto adjunta] Abrí la foto.

Era una selfie.

Salía ella, en primer plano, con esa campera de cuero roja y los labios pintados de un bordó oscuro.

La luz era violeta y azul, de neón.

Detrás de ella se veía el caos: gente bailando, vasos rojos.

Ella miraba a la cámara con una ceja levantada y una media sonrisa desafiante que parecía decir “Vení si te animás”.

Se veía…

magnética.

Era innegable.

Contrastaba violentamente con mi habitación vacía.

Victoria: — Te mandaría videos de Zuni haciendo el ridículo, pero creo que tu moralidad superior no te permitiría reírte de tu amigo.

Nitram: — ¿Zuni está ahí?

Victoria: — Obvio.

Es la mascota de la fiesta.

Está intentando ligarse a una amiga mía explicándole la trama de Evangelion.

Es trágico.

¿Querés ver?

Nitram: — Mandalo.

Mi moralidad puede tomarse un descanso.

Victoria envió un video.

Era Zuni, efectivamente, con una copa en la mano, gritándole a una chica rubia sobre robots gigantes mientras la chica miraba el techo pidiendo auxilio divino.

Se escuchaba la risa de Victoria detrás de la cámara, una risa sucia, contagiosa.

Solté una carcajada en mi habitación oscura.

Y así, sin darme cuenta, caí en la trampa.

Empezamos a hablar.

Y no fueron dos mensajes.

Pasó una hora.

Pasaron dos.

Hablamos de música, y descubrí que, para mi sorpresa, Victoria sabía de lo que hablaba.

No era solo pose.

Odiaba a Cerati (“muy blando”), amaba a los Rolling Stones (“eso es actitud, eso es mugre”), y defendía que Lana Del Rey era la poeta de nuestra generación (“porque todas tenemos una chica triste y mala adentro, Nitram, solo que yo la saco a pasear”).

La conversación fluía con una rapidez que me asustaba.

Con Kosei, las charlas eran pausas, reflexiones, sentimientos.

Con Victoria, era un ping-pong vertiginoso.

Ella me provocaba, yo me defendía, ella contraatacaba.

Me hacía sentir inteligente, rápido, despierto.

A la 1:00 AM, la conversación giró peligrosamente.

Victoria: — Entonces, señor misterio.

¿Por qué te hacés el difícil?

¿Te da miedo que te guste el desorden?

Nitram: — No me hago el difícil.

Soy así.

Victoria: — Mentira.

Sos un “people pleaser”.

Querés quedar bien con Dios y con el Diablo.

Querés a la chica buena para que te dé paz, pero te morís de ganas de probar si te bancás a la chica mala.

Nitram: — Sos muy arrogante al asumir que me “muero de ganas”.

Victoria: — No es arrogancia si es verdad.

Te vi la cara hoy en la facu.

Te dolió lo que te dije porque sabés que tengo razón.

Sos agua tibia, Nitram.

Y el agua tibia sirve para lavar los platos, no para incendiar nada.

Me quedé mirando la pantalla, con los dedos flotando sobre el teclado.

Me estaba insultando y coqueteando al mismo tiempo.

Y lo peor era que estaba funcionando.

Me sentía desafiado.

Me sentía visto, pero de una forma sucia, como si ella viera mis peores defectos y le gustaran.

Nitram: — Tal vez el agua tibia se convierte en vapor si le subís la temperatura.

Victoria: — Ahhh…

me gustó esa.

Esa tuvo actitud.

¿Ves?

Ahí está.

Ahí está el pibe que vi en la pizzería, el que se le plantó a todos.

Sentí una oleada de satisfacción estúpida.

Estaba buscando su aprobación.

Estaba buscando que ella, la chica inalcanzable y peligrosa, me dijera que yo valía la pena.

Victoria: — Mañana tocan unos amigos en un bar de San Telmo.

Rock sucio, cerveza artesanal (de la buena, no la de la pizzería esa), y gente que no pide perdón por ser intensa.

Vení.

Victoria: — Sin compromisos.

No tenés que casarte conmigo.

Solo vení a tomar algo y demostrame que no sos un aburrido.

Me quedé helado.

Una invitación directa.

Pensé en Kosei.

Pensé en ella durmiendo incómoda en una silla de hospital, con el celular apagado, confiando en que yo estaba en casa “esperando saber de ella”.

Ir a ese bar era una traición.

No una traición de pareja oficial, porque no éramos novios, pero sí una traición a esa intimidad que habíamos construido.

Pero el silencio de mi departamento era aplastante.

Y la luz de la pantalla con el nombre de Victoria vibraba con una promesa de adrenalina.

Nitram: — No sé si pueda.

Victoria: — Eso es un “sí” cagado de miedo.

Te guardo un lugar en la barra.

Y te prometo que no muerdo…

a menos que me lo pidas.

Victoria: — Descansá, agua tibia.

Soñá con los angelitos…

o conmigo.

Victoria se desconectó, dejándome con la última palabra y el corazón acelerado.

Me tiré hacia atrás en la cama, cubriéndome la cara con las manos.

Me sentía sucio.

Me sentía culpable.

Pero, sobre todo, me sentía confundido.

Porque la tristeza que tenía por Kosei seguía ahí, intacta, pero ahora estaba mezclada con una electricidad nueva, oscura y tentadora.

Kosei era mi hogar.

Pero Victoria…

Victoria estaba abriendo una ventana en medio de la tormenta y me estaba invitando a mojarme.

Y yo, Nitram, el chico que siempre pensaba demasiado las cosas, me di cuenta con terror de que estaba empezando a dejar de pensar y empezando a querer sentir.

Aunque eso significara quemarme.

-En otro lugar del mismo planeta (Transicion)  Perspectiva desde Kosei Lugar: Clínica Los Arcos – Habitación 402 Hora: 06:30 AM Despertar en una silla de hospital debería ser considerado un deporte de riesgo.

Tenía el cuello trabado en un ángulo imposible, la espalda hecha un nudo marinero y la boca con ese sabor metálico del café de máquina que había tomado a las tres de la mañana para vigilar que el suero goteara al ritmo correcto.

Abrí los ojos despacio.

Lo primero que vi fue el monitor cardíaco al lado de la cama.

El bip-bip-bip rítmico y verde era la única música en la habitación.

Mi papá dormía.

Se veía pálido bajo la luz grisácea del amanecer que entraba por la ventana, más viejo y más frágil de lo que jamás lo había visto detrás del mostrador de la tienda.

Me estiré, tratando de que no me crujieran los huesos para no despertarlo, y sentí una tela suave y ajena rozándome la mejilla.

Bajé la vista.

Todavía tenía puesta la camisa de franela de Nitram.

Me la había dejado puesta toda la noche.

Al principio fue por frío, porque el aire acondicionado de la clínica estaba en modo “polo norte”, pero después…

después fue por pura necesidad emocional.

Acerqué la manga a mi nariz y aspiré profundo, cerrando los ojos.

El olor estaba perdiendo la batalla.

El aroma a desinfectante, yodo y a encierro clínico estaba empezando a tapar el olor a suavizante y madera vieja que tenía la camisa anoche.

Sentí una puntada de angustia ridícula en el pecho.

Como si perder su olor fuera perder la única conexión que me quedaba con el mundo exterior, con la seguridad que sentí en ese banco de plaza.

—Nitram…

—susurré, probando cómo sonaba su nombre en el silencio aséptico de la habitación.

Hace dos días, Nitram era “el cliente habitual”.

El chico lindo, sí, un poco torpe, que compraba los discos que yo le recomendaba y que tenía amigos ruidosos que se perdían buscando hamburguesas.

Un personaje secundario agradable en mi rutina solitaria.

Pero hoy…

hoy se sentía como algo gigante.

Mi mente rebobinó a la noche en la parada del colectivo.

La imagen de él corriendo, agitado, con el pelo revuelto.

La forma en que me miró cuando dijo que prefería estar conmigo en el frío que en una fiesta llena de gente “cool”.

No fue una frase de película barata; le vi temblar las manos.

Le vi el miedo real en los ojos de que yo me subiera a ese bondi y desapareciera.

Y por primera vez en mi vida, alguien me eligió a mí sobre el ruido.

Alguien prefirió mi silencio y mi torpeza a la adrenalina de una chica como Victoria.

Saqué mi celular del bolsillo con un gramo de esperanza.

Apreté el botón de encendido.

Pantalla negra.

El icono de batería vacía parpadeó una vez y murió.

Suspiré, frustrada, golpeando el teléfono suavemente contra mi pierna.

Quería escribirle.

Quería decirle que mi papá estaba mejor.

Quería decirle: “Che, anoche soñé que estábamos escuchando a Spinetta en el banco de la plaza y no quería despertarme nunca.

Gracias por prestarme tu escudo de franela”.

Pero no podía.

Estaba incomunicada, aislada en esta burbuja de enfermedad.

Me abracé a mí misma, metiendo las manos dentro de las mangas largas de su camisa otra vez, buscando el calor residual.

—Es importante —dije en voz baja, admitiéndolo por primera vez frente al aire viciado de la habitación.

Nitram se había convertido, sin que me diera cuenta, en mi cable a tierra.

En medio de este terror absoluto de perder a mi papá, pensar en ver a Nitram, en devolverle su camisa y ver esa sonrisa tímida que pone cuando se pone nervioso, era lo único que me permitía respirar sin que me doliera el pecho.

Él era real.

Él era seguro.

Y eso me aterraba más que cualquier diagnóstico médico, porque significaba que ahora tenía algo más que perder.

Perspectiva desde Nitram Lugar: Departamento de Nitram Hora: 10:15 AM El sol me pegó en la cara como una cachetada a través de la persiana que había dejado mal cerrada.

Me desperté con esa sensación de pesadez en la cabeza, como si hubiera tomado tres botellas de vino barato la noche anterior.

Me dolían los ojos y sentía el cuerpo lento.

Pero no había tomado una gota de alcohol.

Era resaca moral.

Pura y dura.

Me quedé mirando el techo un buen rato, rogando volver a dormirme para no tener que enfrentar mi propia conciencia.

Pero mi cerebro, traicionero como siempre, le dio play a las imágenes de anoche como una película de terror en cámara rápida.

El chat con Victoria.

Las risas cómplices que solté en la oscuridad.

El video de Zuni borracho.

La invitación al bar de San Telmo.

Y ese último mensaje: “Te prometo que no muerdo…

a menos que me lo pidas.” Me senté de golpe en la cama, pasándome las manos por la cara, sintiendo la piel grasa y el pelo revuelto.

—Qué carajo hiciste, Nitram —murmuré al aire viciado de mi cuarto.

Agarré el celular de la mesa de luz con miedo, como si fuera una granada sin seguro.

Tenía la esperanza estúpida de haber soñado todo, de que la conversación con Victoria fuera producto de mi imaginación febril por la soledad y la preocupación por Kosei.

Desbloqueé la pantalla.

WhatsApp.

Victoria (03:12 AM): Descansá, agua tibia.

Soñá con los angelitos…

o conmigo.

No fue un sueño.

Fue real.

Estuve coqueteando hasta las tres de la mañana con la chica que humilló a Kosei, mientras Kosei estaba cuidando a su papá enfermo en una silla incómoda, confiando en mí.

Soy una basura.

Me levanté y fui al baño arrastrando los pies.

Me miré en el espejo mientras me lavaba los dientes.

Mis ojos tenían ojeras marcadas.

Me veía igual que siempre: el mismo pelo castaño, la misma cara de pibe que no rompe un plato.

Pero me sentía…

falso.

Como una copia barata de mí mismo.

¿Quién soy realmente?

Durante semanas me convencí de que era el chico bueno, el romántico, el que valoraba los silencios y las conexiones profundas con Kosei.

Me sentía orgulloso de haberla “rescatado” de la pizzería, de haberle dado mi camisa, de haberle dicho esas cosas lindas en la plaza bajo el farol.

Me sentí un héroe.

Un protagonista digno.

Pero anoche…

anoche disfruté el juego sucio de Victoria.

Me gustó que me desafiara.

Me gustó sentir esa electricidad barata de la provocación.

Me sentí poderoso contestándole, entrando en su terreno, demostrándole que no era “aburrido”.

Escupí la pasta de dientes y me enjuagué con fuerza, como si pudiera limpiarme los pensamientos sucios.

¿Y si todo lo que hago con Kosei es una actuación?

La duda empezó a crecer como moho en mi cabeza.

¿Y si soy “agua tibia” porque tengo miedo de ser otra cosa?

¿Y si busco a Kosei porque es fácil, porque es segura, porque me mira con adoración y no me exige nada peligroso?

Victoria me exige.

Victoria me dice que soy aburrido en la cara y eso me enciende una mecha de orgullo estúpido que no sabía que tenía.

—No, no sos así —me dije a mi reflejo, señalándome con el dedo mojado, tratando de sonar convincente—.

Querés a Kosei.

Te gusta Kosei.

Ella es real.

Lo de anoche fue…

fue un desliz.

Fue aburrimiento.

Pero la duda ya estaba instalada.

Volví al cuarto y miré el chat de Kosei.

Siguía sin conexión.

Su último mensaje: “Te quiero”.

Ese “Te quiero” ahora pesaba toneladas sobre mi pecho.

Se sentía como una acusación.

Ella me quería.

Ella confiaba en mí.

Ella creía que yo estaba en casa preocupado, siendo el chico noble que le presta su camisa.

No tenía ni idea de que su “héroe” se había quedado hasta las tres de la mañana intercambiando mensajes de doble sentido con su enemiga.

El celular vibró en mi mano.

Salté del susto, casi tirándolo al suelo.

Zuni: — ¡Buen día, bello durmiente!

Che, Victoria me contó que anoche estuvieron de charla intensa.

(carita graciosa) Me mandó captura de que le dijiste que “el agua tibia se convierte en vapor”.

¡No mames, güey!

¿Te pasaste al lado oscuro de la fuerza o qué?

Maldito Zuni.

Maldita Victoria que cuenta todo.

Me sentí expuesto.

Nitram: — Solo hablábamos.

Estaba aburrido.

No te hagas películas.

Zuni: — Ajá.

“Solo hablábamos”.

Güey, Victoria no “solo habla”.

Si le contestaste más de tres mensajes, ya estás en su red.

Ten cuidado.

Esa morra juega en ligas mayores y tú apenas estás aprendiendo a atarte los zapatos emocionales.

Zuni: — Por cierto…

¿sabes algo de Kosei?

La pregunta me dolió físicamente.

Zuni, el escandaloso, el imprudente, tenía la decencia de preguntar por ella.

Y yo la estaba traicionando mentalmente.

Nitram: — Sigue sin batería en la clínica.

Su papá está estable.

Zuni: — Chale.

Qué situación tan jodida.

O sea…

tienes a la chica buena sufriendo incomunicada en un hospital y a la chica mala invitándote al infierno esta noche.

Tu vida se volvió un anime genérico de repente, pero sin los robots gigantes ni animales fantasticos como un mundo de rencarnados en su mundo algo asi …

Tiré el celular a la cama con bronca.

Zuni tenía razón.

Era un cliché.

Y yo era el protagonista indeciso y cobarde que estaba a punto de arruinarlo todo por ego.

Me vestí rápido.

Necesitaba salir.

Necesitaba aire.

Necesitaba dejar de pensar.

Miré mi armario.

Ahí estaba colgada mi campera de cuero, la que Victoria había elogiado una vez, la que me hacía sentir un poco más “rockero”.

Y al lado, mis camisas de franela, las que le gustaban a Kosei, las que olían a seguridad.

Hoy…

hoy no sabía cuál ponerme.

Me quedé mirando la ropa como si fuera un disfraz.

Y ese era el verdadero problema.

No sabía cuál de los dos Nitram era el verdadero.

Si el que quería cuidar a Kosei, o el que quería quemarse con Victoria.

Y el simple hecho de dudar me hacía sentir que no merecía a ninguna de las dos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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