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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Prólogo La Nieve que cae en el desierto
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1: Prólogo: La Nieve que cae en el desierto 1: Prólogo: La Nieve que cae en el desierto El sol descendía sobre el desierto de Ankarà, tiñendo la arena de escarlata.

Aksha estaba sentado al borde de un acantilado, con la vista fija en el horizonte, donde las dunas parecían fundirse con el cielo.

A su costado, Nubia, su fiel compañera, descansaba con las orejas erguidas, atenta a su entorno.

El viento susurraba entre las rocas, arrastrando consigo la arena, pero Aksha no escuchaba el viento.

Había algo más.

Algo que sentía en lo más profundo de su ser.

Su mirada se endureció, y Nubia, al notarlo, lo observó con detenimiento.

—¿Qué llama tanto su atención?

—preguntó la Fenhari, ladeando la cabeza.

Aksha no apartó la vista.

—¿Acaso no lo sientes?

—respondió en voz baja, casi como un susurro.

Nubia frunció el ceño, cerró los ojos y comenzó a mover su pequeña nariz, afinando sus sentidos.

El aire seco del desierto le trajo el aroma familiar de la arena caliente y la piedra…

pero algo más se coló entre esos olores conocidos.

Un matiz dulce y metálico la invadió de repente, penetrante e inconfundible.

Su cuerpo se tensó.

Era el olor a sangre.

Sintió cómo el olor se intensificaba, impregnando el aire hasta volverse casi asfixiante.

No necesitaba palabras para comprender lo que eso significaba.

—Una nueva batalla ha comenzado —murmuró, sus orejas girando hacia el este, donde el viento traía el hedor más fuerte.

Aksha asintió, sin apartar la mirada del horizonte.

No era algo nuevo.

Desde hacía demasiado tiempo, el desierto de Ankarà había dejado de ser solo un mar de dunas y acantilados.

Se había convertido en un campo de batalla perpetuo, donde los ejércitos de los cinco grandes reinos luchaban por el dominio de los oasis.

Esos manantiales ocultos entre la arena eran más valiosos que cualquier tesoro, pues sostenían la vida en un territorio donde la muerte acechaba a cada paso.

Las caravanas de comerciantes, las patrullas de soldados y los espías de cada reino cruzaban ese desierto, arriesgando sus vidas en rutas que se teñían de rojo una y otra vez.

No importaba cuánto cambiara el mapa, ni qué bandera ondease sobre las dunas al amanecer; la sangre siempre encontraba la forma de empapar la arena.

Aksha se puso de pie lentamente, el viento agitando su bisht desgastado.

Nubia lo observó, sabiendo que no necesitaría preguntar cuál sería el siguiente paso.

Porque, en el corazón del desierto, ignorar el llamado de la sangre no era una opción.

—Da la señal, Nubia.

Llama a nuestros compañeros.

Hoy…

—sus ojos brillaban con intensidad— hoy se darán un festín.

Nubia asintió sin rechistar.

Sabía lo que debía hacer.

Se alejó unos pasos hasta una roca prominente, levantó su pequeño hocico al cielo y, con un aullido agudo y prolongado, rompió el silencio del desierto.

Era un sonido que resonó más allá de las dunas, viajando con el viento, llamando a las criaturas que acechaban en las sombras.

No eran simples animales; eran carroñeros, sí, pero también sus aliados en este paisaje cruel.

Ellos sabían cuándo era momento de acercarse.

Y hoy, el banquete sería abundante.

Cuando Nubia bajó la cabeza, sus ojos buscaron a Aksha, pero este se estaba marchando.

El cuerpo de su compañero comenzaba a desvanecerse, como si el viento lo reclamara.

Primero fueron sus pies, que se deshicieron en granos finos de arena, luego sus piernas, su torso, y finalmente sus brazos y rostro.

Era el dominio de Aksha sobre el desierto, su poder innato.

Cada partícula de su ser se mezclaba con la tierra, como si él mismo fuera parte del alma de Ankarà.

Ella observó en silencio cómo el último rastro de Aksha se desmoronaba, llevando su esencia hacia la fuente de aquella masacre.

Porque donde la sangre corría, él siempre estaría un paso adelante.

Aksha emergió entre las arenas como una sombra sin dueño, su forma materializándose lentamente mientras las partículas doradas caían de su cuerpo, arrastradas por el viento.

Se encontraba en las afueras de Ak’Tenas, uno de los tantos oasis que salpicaban el árido paisaje de Ankarà, y el más próximo al reino de Azahara.

Desde la cima de una duna, se acomodó en silencio, dejando que la brisa caliente acariciara su rostro mientras sus ojos escudriñaban el panorama que se desplegaba ante él.

El oasis, un espejismo de verdor en medio del desierto, se extendía como un paraíso sitiado.

Las palmeras altas se mecían al ritmo del viento, y las aguas cristalinas reflejaban el cielo anaranjado.

Pero la belleza del lugar estaba empañada por el caos.

En el borde del oasis, un grupo de soldados, adornados con la insignia de Azhara, luchaban con desesperación.

Sus sables brillaban al sol, pero sus movimientos eran torpes y desordenados, fruto del miedo y la fatiga.

Pues frente a ellos se alzaba la verdadera amenaza: gólems.

Gigantes de piedra y arena, con cuerpos toscos y ojos que brillaban como faroles.

Eran los protectores de los oasis, guardianes silenciosos del oasis que despertaban solo cuando el equilibrio del lugar se veía amenazado.

Cada golpe que los soldados asestaban rebotaba contra las duras superficies de los gólems sin causar más que chispas inútiles.

Las criaturas, por el contrario, movían sus enormes extremidades con precisión letal, aplastando escudos y lanzando cuerpos al aire como si fueran muñecos de trapo.

No se necesitó más que una mirada para comprender la situación.

Aquellos soldados estaban condenados.

No importaba cuán bien entrenados estuvieran o cuánta determinación ardiera en sus corazones; para enfrentar a los gólems, se necesitaba algo más que fuerza bruta y coraje.

Con los brazos cruzados sobre el pecho, Aksha oía el eco de los gritos humanos mezclándose con el retumbar de la piedra.

No sentía prisa.

Sabía que, tarde o temprano, el desierto reclamaba lo que era suyo.

Y él estaba allí para asegurarse de que así fuera.

Cuando el ocaso terminó de teñir el cielo con un resplandor carmesí ante el velo de la noche.

La temperatura descendió con rapidez, arrastrando consigo la lucha que ya casi había desaparecido.

Sobre la arena, los guerreros Azharos yacían en la quietud de la muerte, sus cuerpos rígidos, empapados en sangre y polvo.

Algunos aún respiraban, pero sus fuerzas se desvanecían con cada aliento.

No hacía falta una espada para acabar con ellos; el frío del desierto se encargaría de sellar su destino.

Los gólems, victoriosos, comenzaron a hundirse de nuevo en el paisaje.

Sus cuerpos de piedra se fragmentaron en rocas y arena, fundiéndose con el suelo hasta desaparecer por completo.

Ya no había rastro de su presencia, salvo por la destrucción que habían dejado a su paso.

Permanecerían dormidos hasta que nuevas manos codiciosas osaran perturbar la paz de Ak’Tenas.

Desde su posición, Aksha observó la escena con la indiferencia de un ser divino que había visto lo mismo incontables veces.

La muerte en el desierto no le inspiraba piedad ni pesar.

Él no podía abandonar esas tierras, y los humanos no dejaban de invadirlas, desangrándose entre sí por recursos que nunca les habían pertenecido.

Hacía mucho tiempo que dejó de sentir empatía por ellos.

Había sido testigo de demasiadas batallas, demasiadas muertes inútiles, demasiadas promesas rotas en la arena.

El desierto no tenía dueño.

Pero ellos seguían intentando conquistarlo, como si el agua y la vida en Ankarà pudieran pertenecer a alguien.

El viento sopló, alzando polvo y cenizas en el aire.

Aksha permaneció inmóvil, su silueta oscura contrastaba contra el paisaje.

Nada cambiaría.

Cuando la noche cayó por completo, el desierto se tiñó de una oscuridad espesa, interrumpida solo por el débil resplandor de las estrellas.

Aksha aprovechó la sombra para descender.

Sus pasos eran silenciosos sobre la arena fría, y a medida que se acercaba a los cuerpos esparcidos, sus ojos, de un verde esmeralda profundo, comenzaron a tornarse dorados.

Brillaban como el oro fundido, reflejando una luz que no provenía de ninguna fuente terrenal.

Se detuvo en medio del campo de batalla, entre cadáveres mutilados y escudos destrozados.

Llevó dos dedos a los labios y soltó un silbido agudo que rompió el silencio sepulcral del oasis.

El sonido viajó por el aire, resonando entre las palmeras y las dunas, hasta perderse en la inmensidad del desierto.

No pasó mucho tiempo antes de que, desde la penumbra, Nubia reapareciera.

Sus ojos brillaban con la misma intensidad que los de su amo, pero no venía sola.

A su lado, una manada de fénecs y lobos del desierto emergió de las sombras, sus siluetas ágiles y famélicas moviéndose con precisión depredadora.

Habían respondido al llamado.

Era hora del festín.

Mientras los carroñeros se lanzaban sobre los cuerpos, desgarrando carne y quebrando huesos, Aksha comenzó su tarea.

Alzó las manos y murmuró palabras en un idioma antiguo, un susurro que el viento parecía entender.

Desde los cuerpos inertes, pequeñas esferas de luz comenzaron a desprenderse, flotando en el aire como luciérnagas.

Las almas de los caídos ascendían lentamente, atrapadas en la atracción de su poder.

Fue entonces cuando el primer copo de nieve cayó del cielo.

Pequeño, delicado, se posó sobre la piel ensangrentada de un soldado muerto.

Y luego otro.

Y otro más.

Pronto, el aire se llenó de diminutos cristales helados que descendían con calma.

Nevaba en el desierto.

Un fenómeno tan extraño como hermoso, pero habitual para quienes conocían los misterios de Ankarà.

En los distintos reinos, se contaba una leyenda.

Decían que cuando un alma perecía en el desierto, el dios de Ankara descendía para recoger su esencia.

Y como los dioses no podían llorar, la nieve era el reflejo de su tristeza.

Un manto blanco que cubría la sangre derramada, ocultando la violencia bajo una apariencia de paz efímera.

Aksha era ese “dios”.

Pero él no sentía tristeza.

No desde hacía mucho tiempo.

Solo recogía lo que el desierto reclamaba, atrapado en un ciclo que nunca terminaba.

Mientras la nieve seguía cayendo, cubriendo los cuerpos y las huellas de los carroñeros, observó las almas flotando a su alrededor.

Un espectáculo que había visto incontables veces.

Y que seguiría viendo hasta el fin de los tiempos.

Él continuó su recorrido entre los cuerpos, sus ojos dorados reflejaban las luces titilantes de las almas que flotaban a su alrededor.

La nieve seguía cayendo en silencio, cubriendo poco a poco el rastro de la masacre, hasta que algo captó su atención.

Uno de los soldados aún respiraba.

Y no solo eso, sino que seguía consciente.

El joven guerrero, tendido sobre la arena, reunió lo poco que le quedaba de fuerzas para extender el brazo hacia el cielo.

Sus dedos temblorosos intentaban alcanzar los copos de nieve que caían lentamente.

—Este cielo…

—susurró con voz quebrada—.

Es tan…

hermoso.

Aksha se quedó en silencio, observándolo con inexpresividad.

No era común que alguien llegara a ese estado sin que su alma ya estuviera desprendiéndose de su cuerpo.

Sin embargo, en lugar de alejarse y dejar que la naturaleza siguiera su curso, dio un paso hacia él.

El soldado, al notar su presencia, giró el rostro con dificultad.

Sus ojos febriles se abrieron con asombro al ver la silueta de Aksha entre la nieve y las almas flotantes.

—¿Qué hace un niño aquí…?

Para alguien en su estado, encontrarse con la imagen de un niño en medio del campo de batalla debía parecer una alucinación.

Aksha rió suavemente.

No era la primera vez que alguien le decía eso.

—Yo debería preguntarte lo mismo.

El moribundo parpadeó con confusión, y por primera vez, Aksha se tomó un momento para observarlo realmente.

Aunque su cuerpo estaba cubierto de heridas y su expresión marcada por el sufrimiento, sus rasgos aún conservaban una juventud innegable.

No era más que un muchacho, alguien que aún no había cruzado el umbral de la adultez, pero que había sido enviado a morir en una guerra que nunca le perteneció.

El viento sopló con suavidad, arrastrando la nieve y la arena en una danza momentánea.

Aksha se quedó allí, mirando al joven soldado que intentaba aferrarse a lo poco que le quedaba de vida.

Sin embargo, sabía que no había salvación para él.

En lugar de marcharse, se sentó a un costado del joven soldado, apoyando un brazo sobre su rodilla mientras lo observaba con calma.

No tenía ninguna obligación de quedarse, pero algo en la mirada del muchacho le hizo optar por acompañarlo en sus últimos momentos.

El soldado giró la cabeza con esfuerzo para mirarlo mejor, sus ojos oscuros reflejaban agotamiento.

—¿Por qué estás aquí, niño…?

Aksha sonrió levemente.

—Solo vine a hacer mi trabajo.

El joven frunció el ceño, como si tratara de entender.

—¿Eres un saqueador?

Aksha chasqueó la lengua y, sin responder de inmediato, tomó entre sus dedos una de las tantas almas que flotaban a su alrededor.

La pequeña esfera luminosa palpitaba con un fulgor suave, como si aún se resistiera a aceptar su destino.

Él giró la esfera entre sus dedos, jugando con ella como si no fuera más que una simple piedrita.

—Podría decirse —dijo al fin—.

Aunque yo no llevo las pertenencias de los muertos.

El soldado intentó reír, pero solo consiguió ahogarse en su propia sangre.

—¿Entonces qué te llevas…?

Aksha estiró el cuello, llevó la pequeña alma a su boca y, sin titubear, se la tragó.

El destello dorado desapareció entre sus labios, consumido sin dejar rastro.

Solo entonces, con su voz serena, respondió: —Yo me llevo sus almas.

—Ya veo… Apenas susurró esas palabras, pues su voz estaba debilitada por la cercanía de la muerte.

Aceptaba lo que veía como una simple alucinación, un producto de su mente tambaleante mientras su cuerpo agonizaba sobre la arena.

—¿No te sorprendió lo que te dije?

El joven soldado hizo un esfuerzo por esbozar una sonrisa, pero el dolor la convirtió en una mueca extraña.

—En mi estado… solo estoy sorprendido de seguir vivo.

Aksha suspiró, incapaz de comprender por qué se aferraba a la vida cuando el destino ya estaba escrito para él.

En un gesto trivial, sin mayor interés, le preguntó su nombre.

—Hakeem —respondió el soldado tras un breve silencio.

Aksha no dijo nada.

No era una información que le importara.

Solo le había preguntado por cortesía, no porque deseara seguir entablando una conversación con él.

Pero Hakeem, en su inocente necesidad de reciprocidad, hizo la misma pregunta.

—¿Y tú?

¿Cómo te llamas?

Aksha lo miró fijamente.

—No tengo nombre.

No era una mentira, pero tampoco la verdad completa.

Había una razón por la que no podía revelarlo.

Los nombres de las deidades eran dados por los mortales, y Aksha nunca había sido nombrado por uno.

Su nombre le había sido otorgado por otra deidad, y por ello, únicamente podía ser dicho a otro ser divino.

Entre los humanos, su identidad permanecía oculta, como un secreto jamás pronunciado.

—Entonces yo te daré uno.

Aksha alzó una ceja, curioso.

—¿Un qué?

Hakeem sonrió débilmente.

—Un nombre.

Aksha entrecerró los ojos.

No esperaba eso.

—Te llamarás Alem —susurró el soldado.

En ese preciso instante, todo cambió.

Aksha sintió un poder desconocido recorrer su cuerpo, una fuerza que nunca antes había experimentado.

Era como si algo dentro de él, algo que siempre había estado vacío, finalmente se llenó.

Era el poder del nombre.

Una sensación vertiginosa, avasallante.

Por primera vez en su existencia, tenía un nombre dado por un mortal.

Y con ello, una conexión con el mundo humano que jamás había considerado posible.

Un nuevo panorama se dibujó en su mente.

Podía salvarlo.

El pensamiento lo sorprendió.

Él, que nunca había sentido compasión por los humanos, ahora tenía la capacidad de cambiar el destino de uno.

Se inclinó ligeramente hacia Hakeem, su mirada centelleando con una intensidad que no había tenido antes.

—Dime —murmuró—, si te dijera que puedo salvarte, pero tendrás que darme algo a cambio… ¿aceptarías?

Hakeem ni siquiera dudó.

—Sí.

Aksha quedó sorprendido por la rapidez de la respuesta.

—¿No vas a preguntarme qué tendrás que darme a cambio?

Hakeem dejó escapar una risa entrecortada, llena de cansancio.

—En este preciso momento, solo quiero vivir —susurró—.

No me importa el costo.

Aksha inclinó la cabeza, intrigado.

—¿Por qué te aferras tanto a la vida?

El joven soldado cerró los ojos con fuerza, y cuando los volvió a abrir, lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—Porque si vivo, recordaré a todos estos soldados que murieron… —su voz tembló—.

Así sentiré que no se sacrificaron en vano.

Hakeem respiró hondo, reuniendo fuerzas para continuar.

—Después de todo, yo era su capitán… Y la única razón por la que aún estoy aquí, hablando con una alucinación, es porque ellos me protegieron hasta el último momento.

Aksha no pudo evitar reírse.

No por el motivo detrás de sus palabras, sino porque el muchacho creía que él era una simple alucinación.

—Soy tan real como tú —le aclaró con una sonrisa divertida.

Aksha se inclinó aún más y, con cuidado, tomó el rostro de Hakeem entre sus manos.

Sus dedos estaban fríos, pero el contacto era innegable.

El joven soldado quedó estupefacto.

La sensación era demasiado real para ser una alucinación.

Podía sentir la presión de esas pequeñas manos.

El roce áspero de la arena impregnada en su piel.

—¿Quién… quién eres?

—preguntó, esta vez con auténtica seriedad.

Aksha lo miró a los ojos y, por primera vez, pronunció el nombre que le había sido otorgado.

—¡Soy Alem!

—Gritó eufórico—.

¡El dios de este desierto!

La nieve siguió cayendo alrededor de ellos, silenciosa y eterna, mientras la mente de Hakeem se quedó en blanco ante la revelación.

Sin saber que, aquel encuentro, selló su destino para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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