La nieve que cae en el desierto - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capítulo 9 Antes de la condena
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10: Capítulo 9: Antes de la condena 10: Capítulo 9: Antes de la condena Los días pasaron.
Phineas no sabía cuántos exactamente.
La luz entraba y salía por la ventana, marcando el paso del tiempo, pero dentro de esas paredes, todo se sentía estancado.
Los guardias que la custodiaban eran sombras mudas.
Solo abrían la puerta para dejar la comida y volvían a cerrarla sin dirigirle la palabra.
Al principio, intentó hablar con ellos, pedir noticias, rogar por una respuesta…
pero su silencio era una respuesta en sí misma.
Se sentía atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.
El tiempo perdió significado dentro de aquellas cuatro paredes.
Al principio, intentó resistir, mantener la cabeza en alto y aferrarse a la esperanza de que todo se resolvería.
Pero el hambre, el agotamiento y el peso de la traición fueron quebrando su espíritu poco a poco.
Dejó de comer.
No por decisión propia, simplemente su cuerpo rechazaba cualquier alimento.
El estrés le revolvía el estómago hasta el punto de hacerla vomitar cada bocado que intentaba tragar.
Los platos permanecían intactos, acumulándose hasta que los guardias los retiraban en silencio.
Luego vinieron los intentos de escape.
Primero, trató de escalar por la ventana, pero esta había sido reforzada con barrotes de hierro.
Luego intentó prender fuego a las cortinas, esperando causar suficiente caos para huir en la confusión.
Pero los guardias estaban preparados; la descubrieron antes de que las llamas se extendieran y, como castigo, le colocaron grilletes en las muñecas, pesados y fríos, impidiéndole cualquier otra artimaña.
Fue en ese momento cuando su voluntad se quebró.
Esa tarde, se dejó caer sobre el suelo de mármol.
Se arrastró hasta la puerta de vidrio clausurada del balcón y apoyó la cabeza contra ella, mirando el atardecer a través de la única ventana a un mundo que ya no le pertenecía.
El cielo ardía en tonos dorados y escarlatas, tiñendo el horizonte con una belleza cruel.
Era la misma imagen que había visto tantas veces desde aquel balcón, soñando con un futuro lleno de posibilidades.
Pero ahora, lo único que deseaba era que su pesadilla terminara.
El sonido fue sutil al principio, un murmullo lejano que bien podría haber sido el viento.
Pero luego, un estruendo seco hizo vibrar la puerta de su habitación.
Phineas se incorporó con esfuerzo, su mente nublada por la debilidad, y antes de poder reaccionar, una explosión sacudió el cuarto.
El cristal de la puerta se hizo añicos, esparciendo fragmentos brillantes por toda la habitación.
Se cubrió el rostro con los brazos encadenados, su corazón golpeando con tal violencia, que parecía salirse de su pecho.
Cuando el polvo comenzó a asentarse, una silueta emergió entre los escombros.
—¿Lars…?
Sus ojos, incrédulos, captaron la figura de su hermano menor.
Iba vestido con el uniforme de caballero, el emblema de la familia aún visible en su pecho a pesar del polvo y las pequeñas heridas en su rostro y brazos.
Su cabello cobrizo estaba revuelto, y su expresión oscilaba entre el alivio y desesperación.
Phineas sintió cómo su cuerpo se sacudía.
Las lágrimas que creyó extinguidas resurgieron con fuerza, desbordándose por sus mejillas.
Era él.
Su hermano, aquel niño que solía buscarla cuando los rayos resonaban en el cielo.
Aquel que la llamaba “hermana mayor” con devoción.
Estaba allí.
Lars no dudó ni un segundo en acortar la distancia y rodearla con sus brazos.
Phineas, débil y agotada, se hundió en su abrazo con desesperación, apretando los puños contra su pecho.
—¿Hermano…
qué haces aquí?
—preguntó entre lágrimas.
Lars la sujetó con más fuerza, como si temiera que se desvaneciera en sus brazos.
—Vine a sacarte de aquí, Phineas…
antes de que…
Se detuvo.
Su semblante se ensombreció de repente, como si las palabras se negaran a salir.
—¿Antes de qué?
—insistió ella, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
Bajó la mirada, su mandíbula apretada con furia contenida.
Cuando alzó la vista nuevamente, su voz salió como un susurro quebrado: —Antes de que te sentencien culpable y te den la pena de muerte.
Phineas parpadeó, sintiendo que el mundo se cerraba sobre ella.
—¿Qué…?
Su voz apenas fue un susurro, quebrada por la incredulidad.
Lars, sin embargo, no se detuvo.
—No hay tiempo para explicaciones.
Sacó una llave y, con movimientos rápidos, liberó las esposas que mantenían sus muñecas atrapadas.
El metal cayó al suelo con un sonido hueco, pero antes de que ella pudiera reaccionar a su recién recuperada libertad, Lars la sujetó con firmeza.
—¡Lars, espera!
—exclamó, sintiendo su cuerpo perder el equilibrio.
Pero él no le prestó atención.
Con la facilidad de quien ha cargado peso muchas veces antes, la subió a su hombro como si no fuera más que un saco de harina.
—¡Bájame ahora mismo!
—No podemos perder tiempo.
Phineas golpeó débilmente su espalda en protesta, pero él ya se movía con determinación hacia el balcón.
Una soga gruesa colgaba del borde, anclada con seguridad.
Sin titubeos, comenzó a descender con ella a cuestas.
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