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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 100

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  4. Capítulo 100 - 100 Capítulo 99 Es la hora de aprender a controlar la magia
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100: Capítulo 99: Es la hora de aprender a controlar la magia.

100: Capítulo 99: Es la hora de aprender a controlar la magia.

La luz del amanecer se filtraba suavemente por los ventanales altos, bañando las cortinas de la estancia.

Phineas abrió los ojos lentamente, aún con el recuerdo confuso de sus sueños recientes.

Al incorporarse en la cama, lo primero que notó fue una silueta abriendo la ventana.

Nubia, en su forma humanoide, la observaba en silencio.

Su figura exótica, con orejas puntiagudas y cola mullida, destacaba bajo los rayos del sol naciente.

Sus ojos profundos transmitían serenidad.

—Buenos días, señorita —saludó Nubia con voz tranquila, dejando que la calidez de la mañana se mezclara con la suavidad de sus palabras.

Phineas, sorprendida de verla allí, tardó un instante en reaccionar.

Comúnmente eran Priya y Prima quienes la despertaban cada amanecer, pero aun así respondió al saludo con cortesía, aunque no pudo disimular del todo su desconcierto.

Nubia, sin añadir nada más, se acercó y comenzó a asistirla con la naturalidad de una doncella: preparó un cuenco de agua tibia, acomodó la toalla para secar su rostro y, más tarde, se ocupó de ordenar las prendas que llevaría puestas ese día.

Phineas permaneció quieta, dejándose asistir con docilidad, aunque en su interior la extrañeza iba en aumento.

De reojo miraba la puerta, esperando que en cualquier momento sus doncellas habituales aparecieran para relevar a Nubia.

Pero la espera fue en vano: nadie entró.

Finalmente, incapaz de seguir conteniendo la curiosidad, giró hacia ella.

—Nubia… ¿qué está pasando?

¿Por qué no están Priya y Prima aquí?

La fenhari esbozó una leve sonrisa y se inclinó con elegancia.

—Hoy no vendrán.

Ya hablé con el personal del palacio y les pedí que me permitieran asistirla yo misma.

Nubia tomó un conjunto de prendas que reposaban cuidadosamente dobladas sobre una silla cercana y las colocó frente a Phineas.

Era una camisa ligera y unos pantalones sencillos, nada parecido a los vestidos que solía usar en el palacio.

—Póntelos —dijo con suavidad.

Phineas tomó las ropas entre sus manos y, al reconocerlas, frunció el ceño.

—Esto… es ropa de entrenamiento.

Pero mi sesión con Kou es mañana.

La fenhari asintió con calma, cruzando los brazos.

—Lo sé.

Pero hoy entrenarás conmigo.

La sorpresa se reflejó en los ojos de Phineas, quien no pudo contener la pregunta.

—¿Y qué clase de entrenamiento haremos?

Un silencio breve se interpuso antes de que Nubia respondiera.

Sus labios se curvaron apenas, formando una sonrisa enigmática.

—Hoy será distinto, mi señorita.

Ya es momento de que empieces a entrenar tu magia.

Phineas apretó la prenda entre sus manos, sus dedos se crisparon sobre la tela al comprender lo que implicaba.

El corazón le dio un vuelco y, por un instante, su respiración se agitó.

—¿Magia…?

—murmuró.

Su mente retrocedió de inmediato hacia aquel recuerdo que aún la atormentaba.

La última vez que usó su magia había acabado sumergida, sin quererlo, en un recuerdo que se asemejaba a una pesadilla.

La sensación de estar atrapada, de no poder escapar de su propia mente, la hizo estremecerse.

—Nubia… —dijo con un hilo de voz, apartando la mirada como si con ello pudiera apartar también los recuerdos—.

No sé si estoy lista.

La última vez… terminé en un lugar del que necesité la ayuda de alguien más para salir.

—La imagen de Alem se dibujó en su mente.

El miedo le asomaba en los ojos, mezclado con una duda profunda.

Sus manos aún sostenían el conjunto de ropa, pero lo hacía como si pesara demasiado.

Nubia avanzó un paso y, con un gesto sereno, apoyó su mano sobre el hombro de la joven.

—Lo sé, Phineas.

Pero entiéndelo: si no aprendes a controlar tus poderes, eso podría volver a suceder en cualquier momento… y la próxima vez puede que nadie esté allí para ayudarte.

—Su voz, suave pero firme, no dejaba lugar a réplica—.

Si no tomas valor ahora, nunca lo harás.

Las palabras, como un golpe directo a su corazón, le devolvieron algo de ánimo.

Phineas tragó saliva, cerró los ojos un instante y, al abrirlos, asintió.

—De acuerdo… entrenaré.

Sin perder más tiempo, se cambió de ropa y, una vez lista, fue escoltada por Nubia hasta el jardín personal del sultán.

Apenas pusieron un pie en aquel lugar, Phineas sintió que había entrado en otro mundo.

No parecía un jardín, sino un bosque encantado: la vegetación era espesa y diversa, el aire húmedo estaba cargado del perfume de flores y el murmullo de pequeñas cascadas acompañaba el canto sinfonico de las aves.

—¿Estas segura de que podemos estar aquí?

—preguntó Phineas, con los ojos abiertos de par en par, incapaz de disimular su asombro.

—Sí —respondió Nubia con calma—.

El sultán me dio permiso.

Caminaron entre senderos ocultos por la maleza, mientras el sol se filtraba en haces dorados que jugaban con las sombras.

Phineas, cautivada, alzó la vista para seguir el vuelo de un pájaro de plumaje extravagante, escuchando su canto con una sonrisa genuina.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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