La nieve que cae en el desierto - Capítulo 101
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101: Capítulo 100: Primer entrenamiento 101: Capítulo 100: Primer entrenamiento Tras un rato de recorrido, Phineas y Nubia llegaron a un claro donde un lago se extendía frente a ellas, con aguas tan quietas que parecían un espejo.
Nubia se detuvo y señaló el lugar.
—Aquí será.
—¿Qué haremos aquí?
—preguntó Phineas.
—Entrenarás tu mente —respondió Nubia, deteniéndose junto a la orilla del lago y observando su reflejo—.
El primer paso para dominar tu magia es ser consciente de ella.
Y para lograrlo, debes ser uno con tu cuerpo, tu alma y tu mente.
Solo así podrás invocar sin que el poder te arrastre.
Phineas frunció el ceño, confundida.
—No… no te entendí —confesó —.
¿Cómo se supone que hago eso?
Nubia dejó escapar una suave risa, bajando la mirada con un gesto algo torpe.
—Disculpe.
Nunca fui buena dando explicaciones —admitió—.
Pero prometo esforzarme para que me entienda.
Alzó la vista y dio un paso hacia ella, su presencia irradiaba paz .
—No se preocupe, mi señorita.
La guiaré paso a paso.
Solo necesito que confíe en mí.
—Lo haré —dijo Phineas con seguridad—.
Quedaré a tu cuidado.
Nubia asintió.
—Entonces comencemos.
Se acercó al centro del claro, donde la hierba era más corta, y con un gesto de la mano le indicó a Phineas que se descalzara.
—La energía fluye mejor cuando sientes la tierra bajo tus pies.
—Dicho esto, adoptó una postura erguida, sus brazos extendidos con gracia—.
Primero, aprende a escuchar tu propio cuerpo.
Sus movimientos eran lentos pero fluidos.
Parecía danzar con el viento.
Phineas la observó unos segundos, fascinada, antes de imitarla torpemente.
—No pienses en nada —le aconsejó Nubia—.
Respira.
Cada inhalación debe traer claridad; cada exhalación, liberar el miedo.
Phineas trató de seguir el ritmo: levantó los brazos, giró lentamente las muñecas, inclinó el torso.
Sus movimientos, aunque imprecisos, comenzaron a acoplarse con los de Nubia.
—Muy bien —dijo Nubia, guiándola—.
Ahora cierra los ojos.
Imagina que la energía fluye desde la planta de tus pies hasta tu cabeza.
No la fuerces, solo percíbela.
El aire a su alrededor pareció aquietarse.
Phineas empezó a sentir un leve cosquilleo recorriéndole los brazos, un calor que ascendía despacio.
—Eso es… —susurró Nubia—.
Deja tu magia fluir por tu cuerpo.
No le temas.
Por primera vez desde aquel incidente con Alem, Phineas no sintió miedo, sino una profunda paz.
El reflejo del lago tembló con una onda suave, y pequeñas partículas de luz comenzaron a brillar sobre la superficie del agua.
Nubia sonrió apenas.
—Perfecto… sigue así.
Al principio, logró mantener la calma.
El paso del viento entre los árboles y el sonido leve del agua la ayudaban a concentrarse.
Pero de pronto, una corriente helada recorrió su espalda.
El aire cambió; se volvió denso, como si el mundo mismo contuviera la respiración.
Su mente comenzó a llenarse de imágenes —fragmentos rotos de recuerdos—: fuego, gritos, una sombra que se acercaba, su propia voz llamando a alguien que no respondía.
Nubia notó el cambio al instante.
—¡Señorita Phineas, abra los ojos!
¡No se deje arrastrar!
—ordenó, moviéndose hacia ella.
Pero era tarde.
La energía que Phineas contenía estalló como un fuego vivo.
El lago se agitó violentamente, levantando olas que golpearon la orilla.
Los árboles más cercanos se inclinaron ante la presión del viento mágico, y un destello blanco cubrió todo el claro.
Cuando Nubia logró alcanzarla, Phineas estaba de rodillas, con el aliento entrecortado y las lágrimas escurriéndole por las mejillas.
—No… no puedo —susurró—.
Es demasiado fuerte.
Nubia se arrodilló frente a ella, tomándola del rostro con ambas manos.
—Sí puedes.
Solo te falta práctica.
—Nubia miró a su alrededor—.
Con el poder que hay en tu interior podías haber destruido todo el bosque, pero no lo hiciste.
Eso quiere decir que pudiste mantener el control.
Phineas, aún con la respiración entrecortada, apartó suavemente las manos de Nubia.
Su mirada, cargada de miedo e incertidumbre, buscó la de ella.
—¿Tú también… tienes magia?
—preguntó, con vo, baja.
Nubia sonrió con cierta melancolía.
—Actualmente no —respondió—.
Pero hace cientos de años, mi gente y yo sí éramos portadores de magia.
Phineas la observó boquiabierta.
No por la confesión sobre la magia, sino por lo que implicaba.
—¿Cientos de años…?
—repitió, intentando procesarlo—.
¿Cuántos tienes exactamente?
La fenhari desvió la mirada, y por primera vez pareció titubear.
—Trescientos sesenta y cinco años —admitió finalmente, con un leve nerviosismo en su voz.
Phineas abrió los ojos con incredulidad.
—Eso es… imposible —susurró, recorriendo con la mirada su rostro impecable, su piel tersa, sus facciones jóvenes que parecían no haber sentido el paso del tiempo—.
No pareces tener más de treinta.
Nubia soltó una risa suave, casi musical.
—Soy un caso especial —explicó—.
El promedio de vida real de mi especie no es tan distinto al de los humanos; la mayoría vive poco más de un siglo, ciento diez años como mucho.
Pero mi linaje es especial, porque soy híbrida.
—Ya veo… —respondió Phineas, sin querer seguir indagando sobre la situación de Nubia, al menos no de momento.
—Pero que ya no pueda usar magia no significa que no pueda enseñarla… Mi enseñanza funcionó con el sultán.
—Ya que lo mencionas, ¿él tiene la misma magia que yo?
Nubia negó con la cabeza.
—Ambas magias son similares, pero en términos de poder, la magia del sultán es débil en comparación con la suya.
—¿Y a qué se debe eso?
—No lo sé… Creo que no soy la indicada para responder esa pregunta.
Phineas bajó la cabeza con desesperación.
—Perdón.
Tienes razón.
Nubia, al notar el abatimiento en el rostro de Phineas, suavizó su expresión y se acercó con paso sereno.
—No te disculpes —dijo en tono tranquilizador—.
Lo que importa ahora es que avances, aunque sea un poco.
Phineas la miró con duda.
—¿Seguiremos con el entrenamiento?
—Sí.
Pero esta vez haremos algo más simple, nada que pueda ponerte en riesgo.
Nubia la llevó hacia la orilla del lago.
—Recuéstate boca arriba —le indicó con suavidad—.
Deja que tus brazos queden separados del cuerpo y cierra los ojos.
Phineas obedeció con cierta inseguridad.
Sintió la hierba fresca bajo su espalda y la brisa acariciando su rostro.
—Ahora respira —continuó Nubia, su voz baja y rítmica—.
Inhala por la nariz… despacio… siente el aire llenar tus pulmones.
Exhala por la boca y deja que cada pensamiento se disuelva.
La cadencia de su voz la envolvía, como si cada palabra tuviera el poder de aquietar su mente.
—Siente tu cuerpo —susurró Nubia—.
Siente el peso de tus manos, la calma de tu respiración… Deja que tu alma escuche a tu cuerpo, y tu cuerpo escuche a tu alma.
Poco a poco, Phineas fue soltando la tensión.
Su respiración se hizo más profunda y constante, sus párpados pesaron más, y la frontera entre la conciencia y el sueño se desdibujó.
—Muy bien… —murmuró Nubia, con una sonrisa tranquila—.
Ya estás lista.
El viento cesó.
El lago quedó inmóvil.
Y Phineas, en un trance sereno, comenzó a sentir la energía fluir de nuevo dentro de sí.
—Ahora, señorita Phineas… quiero que piense en una persona —le indicó Nubia con voz suave, mientras la guiaba en su respiración—.
No lo fuerce, deje que su mente elija a quién desea ver.
Phineas obedeció.
Inhaló profundamente, y sin proponérselo, una imagen emergió entre las sombras de su mente: el rostro de Hakeem.
Su mirada serena, su voz, la forma en que la observaba en silencio.
Al igual que la noche anterior.
Aquella presencia se hizo tan nítida, tan real, que por un momento olvidó que solo estaba imaginando.
El aire a su alrededor pareció vibrar, y un cosquilleo recorrió su cuerpo.
Cuando abrió los ojos, el jardín había desaparecido.
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