La nieve que cae en el desierto - Capítulo 103
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103: Capítulo 102: obstinación 103: Capítulo 102: obstinación Phineas emprendió el camino hacia la oficina del sultán.
El eco de sus pasos resonaba por los pasillos, cada uno más silencioso que el anterior, como si el palacio contuviera la respiración ante su avance.
Al llegar a la gran puerta, hizo una reverencia a los guardias que la custodiaban.
—Deseo hablar con el sultán, por favor.
Uno de los guardias asintió y desapareció tras el umbral.
Los segundos que siguieron se estiraron como hilos tensos, hasta que el soldado regresó.
—Lamento informarle, señorita, que el sultán se encuentra ocupado y no puede recibirla por el momento.
Phineas bajó la mirada; la decepción se le dibujó en los labios, aunque su voz se mantuvo serena.
—Ya veo…
—susurró.
Apretó el tejido de su pantalon con las manos, respiró hondo y, para sorpresa de los guardias, se sentó en el suelo del pasillo, justo frente a la puerta.
—Entonces dígale que lo esperaré aquí hasta que esté desocupado —declaró con una calma obstinada, aunque en su voz vibró un leve temblor de orgullo herido.
Los hombres intercambiaron una mirada incómoda, incapaces de decidir si debían detenerla o respetar su resolución.
El más joven intentó persuadirla: —Señorita, por favor…
no puede permanecer aquí.
El sultán podría molestarse si la encuentra esperando de esa manera.
Phineas no levantó la vista.
—Le dije que esperaré.
No importa cuánto tarde.
El guardia suspiró, lanzó una mirada a su compañero y volvió resignado al despacho.
Pasaron apenas unos segundos antes de que regresara, con el rostro ligeramente pálido.
—El sultán…
dice que no le agrada lo que está haciendo.
Phineas alzó lentamente la mirada.
La determinación brillaba en sus ojos.
—Entonces dígale al sultán que no me moveré de aquí hasta que él mismo salga de su oficina y me lo pida.
Los dos guardias se miraron, desconcertados.
—Por favor, señorita, no nos ponga en un aprieto.
—No se preocupen —respondió ella con calma—.
Tomaré toda la responsabilidad.
Ustedes solo sigan cumpliendo con su deber.
El soldado volvió a desaparecer detrás de la puerta.
Esta vez tardó un poco más, y cuando regresó, su tono era inseguro.
—El sultán dice…
que haga lo que desee.
Phineas asintió.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios antes de acomodarse con tranquilidad.
Las horas pasaron despacio.
El silencio de los pasillos solo era interrumpido por el crujir de los ventanales y los pasos lejanos de los sirvientes.
Para distraerse del tedio, recordó las enseñanzas de Nubia.
Cerró los ojos, respiró hondo y dejó que la tensión se disolviera.
Su mente se vació primero… y luego, como guiada por un impulso, buscó un rostro.
El de Caesar apareció con nitidez entre la penumbra de su conciencia: su expresión era sombría, cargada de tristeza.
Por un instante, Phineas dudó si realmente se trataba de su hermano.
Entonces, el entorno se desvaneció.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en los pasillos del palacio de Ak’tenas.
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