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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 104

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  4. Capítulo 104 - 104 Capítulo 103 La calma antes del pánico
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104: Capítulo 103: La calma antes del pánico 104: Capítulo 103: La calma antes del pánico El aire olía distinto, a encierro y alcohol.

Frente a ella se extendía una habitación lúgubre, bañada por la luz mortecina de una lámpara.

Phineas se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole con fuerza, comprendiendo que, una vez más, su magia la había transportado a otro plano.

«¿Dónde estoy?», se preguntó mientras observaba su alrededor.

Avanzó lentamente por la habitación, el silencio solo interrumpido por el leve goteo de algún líquido lejano.

La penumbra le daba un aire denso al lugar, y entre sombras distinguió un bulto encorvado sobre un diván.

Su respiración se detuvo un instante al reconocer aquella silueta.

—¿Caesar…?

—susurró, apenas moviendo los labios.

El joven estaba recostado en posición fetal, su cuerpo temblaba bajo una manta mal colocada.

El brillo que alguna vez acompañó su porte había desaparecido.

Lo que ahora veía no era el hermano altivo y seguro que recordaba, sino una sombra de lo que fue: un hombre roto, perdido en su propia miseria.

Phineas sintió que el pecho se le oprimía.

No había rencor en ella, solo una punzada de compasión.

Dio un paso más cerca, y entonces lo oyó murmurar entre dientes, con voz ronca y quebrada: —Hermanos…

los necesito…

Su corazón se estremeció.

«¿Se habrá arrepentido por lo que nos hizo a Lars y a mí?», pensó, y sin poder evitarlo, sus labios se movieron por cuenta propia.

—Caesar…

aquí estoy.

El cuerpo del joven se estremeció.

Se incorporó torpemente, cayendo al suelo mientras sus ojos buscaban con desesperación por toda la habitación.

—¿Phineas?…

¿estás aquí?

—preguntó con voz temblorosa, mirando en todas direcciones.

Ella se quedó inmóvil, helada.

«¿Acaso puede verme?», pensó mientras el miedo la invadía.

Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió de golpe.

Una figura alta, vestida con ropas oscuras, entró en la habitación.

—¿Otra vez ebrio, su majestad?

—dijo con tono cansado Hui Wei mientras cruzaba el umbral.

Pero algo en su andar se detuvo.

Sus ojos se fijaron directamente en Phineas, y el silencio se hizo más pesado.

La joven contuvo la respiración.

«No…

no puede ser…

¿Él me está viendo?» Observó cómo su hermano se arrastraba hacia Hui Wei y se aferraba a su túnica con desesperación.

—Oí su voz…

—murmuró Caesar, con la voz quebrada—, como si estuviera aquí…

El sujeto de ojos afilados se inclinó hasta ponerse a su altura, y con una calma inquietante le sujetó el rostro entre las manos.

—Ya se lo dije, su majestad —respondió con voz baja, mientras su mirada se desviaba, apenas por un instante, hacia Phineas.

Un escalofrío recorrió la espalda de la joven.

No estaba segura de si realmente podía verla.

—Todo está en su cabeza —añadió Hui Wei con frialdad.

—¡Tienes que traerlos de vuelta!

—gritó Caesar, alzando la voz con un dejo de desesperación que rompió el aire inmóvil del cuarto.

—Lo sé —respondió el otro con serenidad, ayudándolo a reincorporarse —.

Y pronto los traeré de regreso.

Por un momento, el silencio volvió a caer, solo roto por el sonido del jadeo de Caesar.

Hui Wei colocó una mano firme sobre su hombro.

—Pero mientras tanto —continuó—, debes cumplir con tu rol.

Pronto serás coronado emperador…

y no puedes mostrarte en este estado.

Phineas, al oír aquellas palabras, sintió cómo el pecho le ardía de rabia e impotencia.

—¡Todo por un maldito trono!

—gritó sin poder contenerse—.

¿Valió la pena matar a nuestro padre y perdernos a Lars y a mí?

Caesar volvió a perder el control y buscó desesperado por toda la habitación.

—Puedo oírla —dijo desquiciado—.

Phineas está aquí.

Hui Wei suspiró y miró a Phineas con ojos desafiantes, despejando toda duda «No…

no es mi imaginación», pensó asustada.

«Él puede verme».

—Mire a su alrededor, majestad.

Solo estamos usted y yo —su mirada seguía sin apartarse de la joven.

—Necesito más alcohol para dejar de oírla.

—No —lo interrumpió Hui Wei, acercándose a él—.

Lo que necesitas es a mí.

El joven príncipe y futuro emperador le colocó la mano en la mejilla y con el pulgar le acarició las pecas perfectamente dibujada en su pómulo.

—Y dime, Hui, ¿tú eres mío?

Hui Wei le apartó bruscamente la mano y lo miró directo a los ojos.

—Aún no —le respondió, mientras ahora era él quien le acariciaba el rostro—.

Pero tú sabes lo que tienes que hacer para que lo sea.

Caesar agarró la mano sobre su rostro y la besó, mirándolo con intensidad.

—Eres despreciable —dijo, rompiendo la distancia entre ambos.

—Lo sé.

Caesar lo abrazó.

—Pero no puedo dejarte ir.

—Entonces no me deje ir.

Phineas no podía apartar la vista de aquella escena que desafiaba toda lógica.

Su mente se debatía entre el desconcierto y el rechazo.

Caesar, su hermano, el hombre que todos creían de hierro… estaba allí, abrazando a Hui Wei con una devoción que nunca había visto antes.

«¿Qué es esto…?» pensó, llevándose una mano al pecho.

Sentía su corazón golpear con fuerza, como si quisiera escapar.

El abrazo se deshizo lentamente.

Hui Wei lo sostuvo por los hombros.

—Será mejor que vaya a darse un baño, majestad.

Huele mucho a alcohol.

Caesar bajó la mirada, como un niño regañado.

—Está bien… Phineas observó a su hermano retirarse de la habitación, quedándose con un presentimiento horrible, pues ahora estaba sola con Hui Wei, quien poco a poco se acercaba a ella.

Sus ojos, antes negros como el ónix , ahora se tornaban rojos.

—Por si te lo preguntas, sí.

Puedo verte.

Phineas se alarmó; ya no había distancia entre ambos.

—¿Quién eres exactamente?

—le preguntó.

Hui Wei la agarró del cuello y comenzó a apretarle la garganta, haciendo que se arrodillara en el suelo.

—Soy alguien que detesta que interfieran en sus planes.

Phineas le apretó el brazo, tratando de quitárselo, pues poco a poco se estaba quedando sin aire.

Pero su esfuerzo fue en vano; la intensidad del agarre aumentaba cada segundo.

—Escúchame bien, princesa —dijo frívolamente—.

Si por mí fuera, te mataría aquí mismo.

Pero aún necesito hacer uso de tu patético hermano… La fuerza de su agarre fue disminuyendo gradualmente.

—Disfruta el poco tiempo que te queda en Ak’tenas —le advirtió—, puesto que te traeré de regreso aquí.

Hui Wei le soltó el cuello y fue entonces cuando Phineas pudo volver a respirar.

El rostro de aquel joven se transformó en el de Hakeem.

Era tanto el desespero de Phineas por respirar que no se percató de que había vuelto al pasillo del palacio y de que se encontraba en los brazos del sultán.

—Phineas, tienes que calmarte —le indicó este—.

Te estás hiperventilando.

Phineas no podía manejar la situación.

Aún podía sentir la opresión en su garganta y la sensación de muerte en su pecho.

Con temor se aferró al brazo de Hakeem y lo miró con desesperación, transmitiéndole el pánico que sentía.

Fue entonces cuando vio cómo este se quitaba su parche característico y dejaba al descubierto aquel ojo cuyo color era como el oro líquido.

—Mírame bien —le ordenó, mientras le sostenía el rostro.

Ella acató la orden, y su respiración fue desacelerando a medida que se perdía en aquel brillo dorado que poco a poco la adormecía.

En cuestión de segundos, todo se volvió difuso, como si el mundo se disolviera a su alrededor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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