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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 105

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  4. Capítulo 105 - 105 capítulo 104 Si esto es un sueño deseó poder quedarme aquí un poco más
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105: capítulo 104: Si esto es un sueño, deseó poder quedarme aquí un poco más 105: capítulo 104: Si esto es un sueño, deseó poder quedarme aquí un poco más El sonido del viento fue lo primero que percibió al despertar.

Una brisa cálida, perfumada con aroma a flores silvestres, rozaba su piel.

Escuchó una voz familiar llamarla, suave, risueña.

—¿Otra vez te quedaste dormida?

Abrió los ojos con lentitud, cegada por la luz del sol que se filtraba entre las ramas de un roble.

Estaba recostada sobre un prado verde, cubierto de tréboles y pequeñas margaritas.

Frente a ella, un niño la miraba con los brazos cruzados y una sonrisa traviesa.

Phineas se incorporó con un sobresalto.

Su corazón se detuvo al reconocer aquel rostro.

—¿Lars…?

El pequeño arqueó una ceja, divertido por su desconcierto.

—¿Qué pasa contigo?

Claro que soy yo.

Phineas lo sujetó por los hombros con desesperación.

—¿Dónde estamos?

—preguntó, la voz le temblaba.

Lars, confundido por su reacción, señaló con naturalidad hacia el horizonte.

—En la casa de campo de los Raydor.

¿No te acuerdas?

—frunció el ceño—.

¿Estás bien, hermana?

Phineas lo miró, sin poder responder.

Su alrededor se desplegaba con una perfección imposible: el cielo azul, las colinas ondulantes, el viejo molino que giraba al fondo, y el lago donde solían jugar cuando eran niños.

Todo era exactamente como lo recordaba… demasiado real para ser un sueño.

Bajó la vista y se miró las manos.

Eran más pequeñas, los dedos más cortos, la piel sin marcas.

Un escalofrío la recorrió.

Se levantó de golpe, tambaleante, solo para descubrir que su estatura apenas superaba la de Lars.

«¿A… acaso volví a ser una niña?

» pensó con incredulidad «¿Todo lo que viví hasta ahora fue un sueño?» Su mente se agitaba, incapaz de discernir la frontera entre lo real y lo ilusorio.

—¿Hermana?

—volvió a insistir Lars, al notar que ella no respondía.

Phineas pronto reaccionó.

—Sí… estoy bien.

—¿Segura?

—insistió Lars, ladeando la cabeza, con esa expresión curiosa que siempre ponía cuando no le creía del todo.

—Sí, no tienes que preocuparte —respondió, forzando una sonrisa que intentaba ocultar su malestar.

Lars la observó por un instante más, luego suspiró y sonrió de medio lado.

—Si tú lo dices… aunque parece que estuviste haciendo coronas de flores otra vez.

—¿Qué?

—murmuró ella, desconcertada.

Llevó una mano a su cabeza y, al rozar su cabello, sintió algo suave y fresco.

Sus dedos se deslizaron entre pétalos y tallos trenzados.

La retiró con cuidado, y allí estaba: una delicada corona de margaritas y tréboles blancos , igual a las que solía hacer cuando era niña.

Phineas la sostuvo entre sus manos, contemplándola con nostalgia.

Y entonces, algo la golpeó con la fuerza de una marea.

Recordó el aroma a tierra húmeda, y el canto de los ruiseñores que revoloteaban cerca del granero.

Recordó las risas que llenaban el aire, las manos pequeñas tejiendo flores, y el sol iluminando todo a su paso.

La finca de la familia de Nora.

Sí.

Ahora lo recordaba con exactitud.

Era la primavera de sus doce años, una de las pocas estaciones en que el tiempo pareció detenerse para ella y sus hermanos.

Habían pasado la tarde entera en aquel campo, corriendo entre las flores silvestres y montando a caballo, mientras Caesar y Nora practicaban esgrima.

Ese día, ella había hecho una corona para cada uno: para Lars, con tréboles blancos; para Caesar, con lirios morados; para Nora, con amapolas rojas; y una para sí misma, con margaritas.

Lo recordaba todo tan vívidamente que por un momento sintió un nudo en la garganta.

—Hermana… —la voz de Lars la sacó de su ensueño.

El niño la observaba con una sonrisa inocente—.

Dijiste que ibas a hacerme otra más grande esta vez.

Phineas bajó la mirada hacia él.

Su rostro, tan pequeño, tan lleno de vida, le provocó una punzada en el pecho.

—Sí… —respondió en un susurro—.

Lo recuerdo.

El viento agitó suavemente las hojas del roble, y el sonido le pareció idéntico al que guardaba en su memoria.

Todo era exactamente igual… y sin embargo, algo en el fondo de su pecho le decía que ese recuerdo no era un simple recuerdo.

«Si esto es un sueño, deseó poder quedarme aquí un poco más.

».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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