La nieve que cae en el desierto - Capítulo 106
- Inicio
- Todas las novelas
- La nieve que cae en el desierto
- Capítulo 106 - 106 Capítulo 105 La promesa que nunca se hizo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
106: Capítulo 105: La promesa que nunca se hizo 106: Capítulo 105: La promesa que nunca se hizo El aire era cálido, el cielo claro y el tiempo parecía fluir con normalidad.
El pecho de Phineas ya no dolía y podía respirar libremente.
Todo lo que la atormentaba —la muerte, el miedo, las culpas— se disolvía como polvo en el viento.
—Solo un poco más… —susurró para sí misma, dejándose caer sobre el pasto.
A su lado, el pequeño Lars corría por el campo persiguiendo a un perro de la pradera que, divertido, se escabullía entre los pastizales.
Su risa resonaba en el aire, ligera, inocente, arrancándole a Phineas una sonrisa sincera.
Decidió entonces continuar con lo que solía hacer en aquellos días: tomar un puñado de flores y entrelazarlas con tallos verdes.
Sus dedos se movían con la misma destreza de su infancia, torciendo, anudando, formando coronas de distintos colores.
Cada una llevaba un pedazo de su cariño.
El tiempo pasó sin que lo notara.
Cuando levantó la vista, el sol ya comenzaba a descender detrás de las colinas, tiñendo el cielo de un naranja suave.
Las sombras se alargaban sobre el prado, y el canto de los grillos reemplazaba lentamente el bullicio del día.
Phineas miró a su alrededor hasta encontrar a Lars, recostado en el césped, dormido boca arriba, con los brazos abiertos y una sonrisa aún dibujada en su rostro.
Se acercó despacio, cuidando de no despertarlo.
—Lars… —murmuró, inclinándose sobre él—.
Vamos, dormilón, ya es hora de volver.
El niño frunció el ceño y se removió un poco, murmurando algo ininteligible.
Phineas rió suavemente y, con ternura, colocó la corona de tréboles blancos sobre su cabeza.
—Ahora sí pareces un príncipe —dijo en tono juguetón.
Lars abrió un ojo y la miró, medio adormecido.
—No te burles… —protestó, haciendo un puchero adorable.
Phineas soltó una carcajada ligera, sincera, la clase de risa que hacía años no recordaba emitir.
—Está bien, alteza —respondió, fingiendo una reverencia—.
Pero ven, aún nos queda entregar las coronas restantes.
Lars se incorporó lentamente, frotándose los ojos, y asintió con una sonrisa somnolienta.
—Vamos entonces.
Pero esta vez yo llevo la de mi hermano, ¿sí?
—dijo con entusiasmo.
Phineas asintió, observándolo con ternura.
Y mientras lo tomaba de la mano, pensó en lo real que se sentía todo.
Ambos siguieron el camino hasta llegar al campo de entrenamiento, donde el sonido metálico de las espadas había cesado por completo.
Allí, sobre la tierra, Caesar y Nora descansaban sentados en el suelo, jadeando, con el sudor perlándoles la frente.
—Mira, ahí están —dijo Lars, señalándolos con una sonrisa.
Phineas asintió y se acercó con paso lento, sosteniendo entre sus manos la corona terminada.
Al verla, Nora se puso de pie de inmediato, intentando recomponerse de su agotamiento.
—Princesa Phineas —saludó con torpeza, llevándose una mano al pecho—.
No debería estar aquí, el campo no es lugar para una dama.
Phineas soltó una risa breve y negó con la cabeza.
—Tranquilo, no vengo a entrometerme —respondió, acercándose a él—.
Solo quería darte esto.
Antes de que el muchacho pudiera reaccionar, ella le colocó la corona de amapolas rojas sobre el cabello despeinado.
Las flores resaltaron con fuerza sobre sus mechones oscuros y su expresión sorprendida.
—Ahora tú también pareces un príncipe, Nora —dijo con una sonrisa cálida.
El joven se quedó inmóvil, sin saber si debía agradecer o disculparse por su aspecto desaliñado.
Phineas lo observó con ternura.
Le resultaba imposible asociar a ese muchacho de rostro aniñado y gesto inseguro con el futuro caballero que recordaba: aquel hombre alto, de porte firme y mirada valiente, que en algún punto de su vida se convertiría en su escudo y en su herida.
Una lágrima se deslizó silenciosa por su mejilla antes de que pudiera contenerla.
—¿Se encuentra bien, princesa?
—exclamó Nora, alarmado, acercándose con evidente preocupación.
Phineas parpadeó, sobresaltada por su reacción, y llevó una mano al rostro para ocultar la lágrima.
—Sí, sí… —balbuceó—.
Solo… un poco de tierra en el ojo, eso es todo.
Nora suspiró, aliviado.
—Ah… qué alivio.
Por un momento pensé que se había hecho daño.
Phineas lo miró con cariño y tristeza.
Antes de pensarlo, lo abrazó.
El muchacho se quedó petrificado, sus brazos tensos a los costados y las mejillas completamente encendidas.
—¡P-princesa!
—tartamudeó, con los ojos muy abiertos—.
P-por favor, suélteme… estoy sucio por el entrenamiento.
Ella rió suavemente, negando con la cabeza sin apartarse todavía.
—No importa —murmuró, aferrándose un segundo más, como si temiera que al soltarlo él se desvaneciera.
Finalmente lo soltó, y Nora se apartó un paso, aún ruborizado, evitando mirarla directamente.
Phineas sonrió, pero su momento de calma se vio interrumpido por una voz conocida a pocos pasos.
—Vaya… —dijo Caesar con una sonrisa burlona, los brazos cruzados—.
Me estoy empezando a sentir celoso.
¿Por qué lo abrazas a él y no a mí, hermana?
Phineas se volvió de inmediato.
Su corazón dio un vuelco al verlo.
El joven que tenía frente a ella no era el emperador marcado por la tragedia ni el rostro endurecido que el tiempo y la culpa habían esculpido, sino un muchacho de apenas dieciséis años, con la mirada vivaz y una sonrisa inocente.
Y, sin embargo, el recuerdo de su traición seguía allí, palpitando bajo su piel como una herida que nunca cerró.
Por un instante no supo cómo responderle.
El tono juguetón de Caesar contrastaba con la opresión que le recorría el pecho.
Aquella imagen suya, limpia de oscuridad, era demasiado dolorosa.
Su expresión cambió sin que pudiera evitarlo.
La sombra del pasado se reflejó en sus ojos, y Caesar, al notarlo, frunció el ceño.
—¿Phineas?
—preguntó, dando un paso hacia ella—.
¿Pasa algo?
Phineas parpadeó, tratando de disimular la agitación.
Pero antes de que él pudiera decir algo más, se lanzó a abrazarlo con fuerza, enterrando el rostro en su pecho.
—Caesar… —susurró con voz temblorosa—, prométeme que nunca vas a hacerme daño.
Él se tensó por un instante, sorprendido por la súplica.
—¿Qué?
¿Por qué dices eso?
Estás actuando raro, Phineas… ¿te sucede algo?
Ella negó contra su pecho, aferrándose con más fuerza, como si su vida dependiera de ello.
—Solo prométemelo —repitió, con un nudo en la garganta.
Caesar guardó silencio unos segundos, luego soltó un suspiro y le devolvió el abrazo, apoyando una mano sobre su cabeza.
—Claro que te lo prometo —dijo suavemente—.
¿Cómo podría hacerle daño a la persona que más quiero en este mundo?
Phineas levantó el rostro, los ojos brillantes por las lágrimas que no pudo contener.
Caesar la miró con ternura y, sonriendo, le secó una lágrima con el pulgar.
—Creí que Lars era el más llorón de los dos —bromeó, con ese tono travieso que solía usar cuando quería aliviar cualquier tensión.
Phineas soltó una risa entrecortada, mientras Lars, desde atrás, protestaba con un puchero visible.
—¡Oye!
¡Eso no es justo!
—exclamó el pequeño, dándole un débil golpe.
Caesar y Phineas se miraron, y ambos rieron al unísono.
Por un momento, el mundo pareció volver a ser lo que alguna vez fue: luminoso, simple y lleno de vida.
Pero ese instante era solo una ilusión… una burbuja de un pasado que ya no existía.
Y aunque su hermano la abrazara, aunque sonriera, ella sabía que en algún lugar del tiempo, ese mismo abrazo acabaría rompiéndola.
Aun así, se permitió el engaño un poco más.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com