La nieve que cae en el desierto - Capítulo 108
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- Capítulo 108 - 108 Capítulo 107 Mujer obstinada
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108: Capítulo 107: Mujer obstinada 108: Capítulo 107: Mujer obstinada El silencio en su despacho era absoluto.
Solo el sonido del plumín raspando el papel y el ocasional tictac del reloj rompían la quietud.
La luz que se filtraba por las cortinas proyectaba sombras sobre los documentos apilados frente a él: informes, peticiones y cartas sin respuesta que aguardaban su firma.
Hakeem sostenía la pluma entre los dedos, pero su mirada no seguía las líneas del texto.
La tinta se acumulaba en el borde del papel, formando una mancha oscura que se extendía lentamente.
Suspiró, apoyando el codo sobre el escritorio, y se llevó una mano a la frente.
Llevaba horas intentando concentrarse, pero era inútil.
Cada palabra escrita terminaba diluyéndose bajo la misma imagen que lo perseguía desde aquella noche: la mirada avergonzada de Phineas, su respiración suave, el temblor de su cuerpo ante la brisa nocturna, y sobre todo, su sonrisa.
«Que disfrutes tu…
compromiso.» Incluso recordaba con claridad el tono de su voz, algo inusual, mientras desaparecía por el pasillo.
Pero ahora, algo en su pecho seguía inquieto.
No entendía por qué.
Dejó la pluma a un lado y apoyó los codos sobre el escritorio.
—¿Por qué, Phineas…?
—murmuró con voz baja, casi como un pensamiento que se le escapaba sin permiso.
Había conocido a muchas personas: hombres, mujeres, nobles, soldados y plebeyos.
Pero ella… Ella era distinta.
Cerró los ojos un instante, dejando que su mente vagara entre recuerdos: la primera vez que la vio traída por Aksha al palacio, sus gestos nerviosos al hablar, la forma en la que reía confiada, y el modo en que pronunciaba su nombre, «Hakeem», con una calidez que no podía reconocer en otros.
«¿Me estoy volviendo loco?», se preguntó.
Apretó el puño, intentando sofocar aquellos pensamientos antes de que lo consumieran por completo.
No debía pensar en ella de esa forma… aunque, si era sincero consigo mismo, ni siquiera sabía de qué forma lo hacía.
¿Era simple preocupación?
¿Un apego egoísta?
¿O algo más… íntimo?
Soltó un suspiro y volvió a tomar la pluma, forzándose a concentrarse en los documentos apilados frente a él.
Las líneas del texto parecían burlarse de su falta de atención, repitiéndose una y otra vez sin sentido.
Pasaron varios minutos así, hasta que el chirrido de la puerta lo sacó de su trance.
Un guardia apareció en el umbral, inclinando la cabeza con respeto.
—Mil disculpas por la intromisión, mi señor —dijo con tono nervioso—, pero la señorita del reino extranjero… la joven de cabello naranja, solicita verlo.
Hakeem levantó la mirada, sorprendido por un instante, aunque la expresión le duró poco.
Su semblante volvió a endurecerse, volviéndose el sultán serio que sus súbditos conocían.
«Phineas.» El solo hecho de oír su nombre —aunque no hubiera sido pronunciado— bastó para desestabilizarlo.
Parte de él deseaba verla; después de todo, siempre disfrutaba de su presencia.
Pero la otra, más racional y dominante, sabía que no debía hacerlo.
Acomodó los documentos frente a sí, evitando mirar al guardia directamente.
—Dile… que estoy ocupado —respondió intentando parecer serio—.
Que no puedo recibirla ahora.
El soldado dudó un momento.
—¿Desea que le comunique cuándo podrá atenderla, señor?
—No —interrumpió Hakeem con firmeza—.
Solo dile que tengo demasiado trabajo.
El guardia asintió y se retiró sin agregar palabra, cerrando la puerta tras de sí.
Hakeem permaneció mirando el espacio vacío frente a él.
Sabía que la había rechazado no por indiferencia, sino por miedo.
Miedo a lo que podría leer en su rostro, miedo a que su control —esa frágil máscara que lo mantenía entero— se quebrara con solo verla entrar.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Por un momento creyó que todo había terminado ahí.
Sin embargo, apenas unos minutos después, la puerta volvió a abrirse.
El mismo guardia asomó la cabeza, con evidente incomodidad.
—Mis disculpas, mi señor… —dijo, titubeante—.
No es mi intención importunarlo otra vez, pero… la señorita se ha sentado en medio del pasillo.
Hakeem levantó una ceja, desconcertado.
—¿En medio del pasillo?
—Sí, mi señor.
Dijo que esperará ahí hasta que usted esté desocupado.
Hakeem no reaccionó al instante.
Pero luego de unos segundos, apretó el plumín que sostenía con tanta fuerza que el metal se partió en dos entre sus dedos, dejando una mancha de tinta sobre el papel.
—Por los dioses… —murmuró entre dientes, pasándose una mano por el rostro—.
Creo que tendré que huir por la ventana.
El guardia, que no estaba seguro de si debía reír o alarmarse, lo miró con una expresión incómoda.
—¿P-perdón, señor?
Hakeem cerró los ojos y exhaló despacio, recuperando su compostura.
—Olvídelo —dijo al fin, con voz más tranquila—.
Dile que… haga lo que desee.
—¿Desea que repita eso textualmente, señor?
—preguntó el guardia con cautela.
—Exactamente eso —confirmó, girando ligeramente la silla para darle la espalda.
El soldado asintió, realizó una reverencia rápida y se retiró sin añadir una palabra más.
Cuando la puerta se cerró, Hakeem dejó escapar un suspiro cansado.
Apoyó el codo sobre el escritorio y se llevó la mano a la frente, dejando que la sombra de una sonrisa, casi imperceptible, cruzara su rostro.
—Qué mujer más obstinada… —murmuró en voz baja, con un dejo de resignación.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Y el tiempo pasó sin que lo notara, hasta que un ruido seco, seguido de gritos en el pasillo, lo arrancó de golpe de sus pensamientos.
Al principio creyó que se trataba de una discusión, pero el tono de las voces lo hizo levantarse de inmediato.
La silla cayó al suelo con estrépito cuando se puso de pie tan rápido que ni siquiera reparó en ello.
—¿Qué demonios…?
—susurró, y salió corriendo de la oficina.
Al abrir la puerta, la escena lo detuvo en seco.
Phineas yacía en el suelo del pasillo, su cuerpo arqueándose en espasmos violentos, los dedos crispados contra las losas frías.
Gritaba, con una voz quebrada que parecía venir de lo más profundo de su pecho.
Uno de los guardias intentaba sujetarle la cabeza para evitar que se golpeara, sin saber realmente qué hacer.
—¡Mi señor!
—exclamó el soldado, desesperado—.
No lo sé… estaba sentada tranquilamente y, de un momento a otro, empezó a convulsionar así.
¡No sé qué le pasa!
Hakeem sintió un frío recorrerle la espalda.
No perdió tiempo en responder.
Apartó al guardia y se arrodilló junto a ella, tomándola entre sus brazos.
—Phineas, tienes que calmarte —dijo con voz firme, pero el temblor en sus manos lo traicionó—.
Te estás hiperventilando.
Ella abrió los ojos apenas, pero lo que había en ellos no era lucidez, sino pánico puro.
Su respiración era irregular, como si algo la estuviera ahogando.
Se aferraba a su brazo con desesperación, intentando transmitirle algo con la mirada, como si estuviera pidiendo ayuda de forma silenciosa.
Entonces, en un impulso desesperado, Hakeem llevó una mano a su rostro y con la otra se arrancó el parche.
—Mírame bien —le ordenó, sujetándole el rostro con firmeza.
El brillo dorado de su ojo izquierdo iluminó por completo la mirada de la joven.
Phineas bajó los párpados lentamente, y su respiración comenzó a estabilizarse.
Los espasmos cedieron poco a poco, hasta que solo quedó el temblor residual del miedo.
Uno de los guardias, todavía pálido por lo que acababa de presenciar, dio un paso hacia adelante.
—¿D-debería llamar a un médico, mi señor?
—preguntó con cautela.
Hakeem, sin apartar la mirada de Phineas, negó con un leve movimiento de cabeza.
—No.
No servirá de nada.
Con cuidado, la levantó del suelo.
Su cuerpo parecía una hoja bajo sus brazos, tan frágil que podía desaparecer en cualquier momento.
Hakeem la sostuvo contra su pecho y se puso de pie.
—Nadie entra —ordenó con tono severo mientras cruzaba la puerta de su despacho—.
Pase lo que pase, nadie entra hasta que yo lo disponga.
Los guardias asintieron de inmediato, cerrando el paso.
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