La nieve que cae en el desierto - Capítulo 109
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- Capítulo 109 - 109 Capítulo 108 La ilusión que cree para ti
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109: Capítulo 108: La ilusión que cree para ti 109: Capítulo 108: La ilusión que cree para ti El sonido de sus pasos resonó en el silencio de la oficina.
La llevó hasta el umbral que conectaba con su habitación, un espacio reservado únicamente para él y, ocasionalmente, para alguna concubina.
Pero hoy se haría una excepción.
Empujó la puerta con el hombro y entró.
La habitación estaba tenuemente iluminada por la luz que traspasaba las cortinas.
Se acercó a la cama y la depositó con cuidado entre las sábanas.
Por un momento, la observó en silencio.
Su respiración, aunque débil, era estable.
El color había comenzado a volverle al rostro, pero su expresión seguía tensa, como si incluso inconsciente siguiera luchando contra algo invisible.
—Espero que no rechaces la ilusión —le susurró.
Hakeem se apartó apenas un paso, lo suficiente para tomar una silla cercana.
La arrastró hasta el borde de la cama y se sentó, sin quitarle la vista de encima.
El parche descansaba olvidado sobre la mesa auxiliar, dejando su ojo dorado al descubierto.
Tal vez fue por curiosidad o por la incertidumbre ante la espera, pero cerró los ojos y respiró hondo.
El brillo dorado volvió a encenderse en su ojo izquierdo, intensificándose.
Poco a poco, su conciencia comenzó a deslizarse fuera de la realidad, sumergiéndose en la ilusión que él mismo tejía para Phineas.
El aire cambió.
El silencio del dormitorio se desvaneció, reemplazado por el sonido de un viento suave, cargado de aroma a flores silvestres.
Abrió los ojos, y el frío mármol de Ak’tenas ya no estaba bajo sus pies: en su lugar, se extendía un prado verde, bañado por la luz del atardecer.
Allí, entre los destellos del sol y el murmullo de las hojas, vio a Phineas.
Estaba sentada bajo un roble, trenzando flores con la misma tranquilidad con la que solía leer un libro.
Su cabello, de un naranja vivo, se movía con la brisa, y su sonrisa —esa sonrisa que tanto le gustaba ver— brillaba sin temor.
Hakeem no se movió.
Se limitó a observarla desde la distancia, como un espectador invisible en el mundo que había construido para ella.
Nada en esa escena era real, pero a la vez todo en ella era verdadero.
Era el eco de un recuerdo, de un tiempo que ella atesoraba.
Cada detalle era un fragmento de su mente: el color de la hierba, el canto de los pájaros, la inocencia en la risa del niño que jugaba cerca de ella.
Entonces lo vio con claridad.
Un pequeño de cabello rubio que corría entre las flores, riendo con una alegría contagiosa.
La forma en que Phineas lo miraba —con cariño y nostalgia— le bastó para comprender quién era.
Lars.
Lo reconoció sin necesidad de escuchar su nombre.
—Así que… esto es lo que su mente eligió para refugiarse —murmuró Hakeem para sí mismo.
Dio un paso, y el suelo respondió con la suavidad de la hierba.
El aire cálido le rozó el rostro, casi real.
Sabía que no debía intervenir, que aquella ilusión debía mantenerse intacta mientras ella encontrara paz en su interior, pero le resultaba imposible no sentir algo extraño en el pecho.
Envidia.
Porque para cuando este recuerdo se llevaba a cabo, él estaba luchando por sobrevivir en la conquista de Ak’tenas.
El paralelismo era brutal y contradictorio.
Le gustaba verla sonreír, pero a la vez le producía enojo, porque mientras él sufría a kilómetros de distancia, ella podía sonreír con naturalidad.
«¿En qué diablos estoy pensando?», se preguntó, soltando una risa nerviosa.
«Es absurdo culparla por haber sido feliz mientras yo no lo era.» Hakeem permaneció de pie, observando cómo Phineas colocaba una corona de flores sobre la cabeza del pequeño Lars.
Su risa se mezcló con el murmullo del viento, y por un instante él casi deseó romper ese momento.
Apretó los puños, reconociendo la verdad detrás de sus propios pensamientos: «Ya entiendo», afirmó, «Solo estoy buscando excusas para alejarla de mí.» Cerró los ojos, dejando que la brisa lo envolviera también.
—Solo un poco más… —susurró—.
Te dejaré estar en esta ilusión.
Y así lo hizo.
Permaneció inmóvil, observando en silencio mientras el sol descendía y los colores del cielo se tornaban más suaves.
Hasta que la escena cambió.
El prado se desvaneció, reemplazado por una casa familiar y cálida.
Desde la distancia, invisible, vio cómo Phineas se detenía ante el umbral del dormitorio.
Frente a ella, el joven de cabello oscuro —Nora— hacía una reverencia torpe antes de retirarse.
La voz de Phineas, suave y temblorosa, resonó en sus oídos: —Eres muy importante para mí.
Hakeem permaneció inmóvil.
Aquellas palabras no estaban dirigidas a él, y eso lo molestó más de lo que quería admitir.
Vio el brillo en los ojos del muchacho, la sonrisa tímida con la que respondió, y luego cómo Phineas se despidió de él con dulzura antes de cerrar la puerta.
Comprendió entonces que la llegada de Nora a Ak’tenas sería un problema, por más que este ocultase su identidad.
Porque ahora un nuevo miedo se había desbloqueado en él: que Phineas viera a través del disfraz de Nora y le dedicara aquella misma mirada.
Una mirada que nunca le había dirigido a él.
«Patético», se dijo a sí mismo.
Ella se recostó en la cama, cubriéndose con una manta liviana, y durante unos segundos pareció simplemente contemplar el techo, como si no quisiera que el momento terminara.
Hakeem supo entonces que ese sería el final.
El aire comenzó a vibrar levemente.
La luz dorada de la lámpara se descompuso en fragmentos, y el mobiliario de la habitación se volvió traslúcido.
Phineas cerró los ojos lentamente, rindiéndose al sueño dentro del sueño.
Y justo en ese instante, la ilusión se quebró.
El sonido de un leve estallido lo devolvió a la realidad.
Hakeem abrió los ojos y parpadeó, respirando hondo.
El resplandor dorado de su ojo izquierdo aún titilaba, debilitándose poco a poco.
La habitación de Ak’tenas volvió a definirse a su alrededor, envuelta en la tenue luz del atardecer.
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