La nieve que cae en el desierto - Capítulo 11
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11: Capítulo 10: sonrisa de despedida 11: Capítulo 10: sonrisa de despedida El viento fresco de la noche la golpeó en el rostro mientras bajaban.
Su estómago se revolvió por la repentina caída, pero antes de que pudiera quejarse, sus pies tocaron tierra firme.
Lars la dejó sobre el suelo y, sin darle tiempo a reaccionar, la ayudó a montar un caballo que los esperaba.
—Sujétate —ordenó mientras él subía tras ella y tomaba las riendas.
Fue entonces cuando las campanas de alerta comenzaron a resonar en todo el castillo.
Phineas sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras los gritos de los guardias inundaban el aire.
—Maldición, creí que tendríamos más tiempo —murmuró Lars, chasqueando la lengua.
Con un fuerte tirón, espoleó al caballo, que se alzó sobre sus patas traseras antes de lanzarse a la carrera, dejando atrás el castillo.
Las campanas seguían resonando con furia, y el estruendo de los cascos de los caballos detrás de ellos solo confirmaba lo que ya sabían: la persecución había comenzado.
—¡Nos están alcanzando!
—gritó Phineas, aferrándose con fuerza a Lars mientras el viento le azotaba el rostro.
Lars tensó la mandíbula y espoleó aún con más fuerza al caballo, pero los guardias estaban bien entrenados y no tardarían en darles caza.
Entonces, una voz retumbó desde el frente, fuerte y clara incluso sobre el caos: —¡Ustedes sigan, yo me encargo de ellos!
Por un instante, el tiempo pareció ralentizarse.
Phineas giró la cabeza y, en medio de la penumbra de la noche, la voz adquirió un rostro.
Nora.
Cabalgaba hacia ellos con la espada desenvainada.
Al pasar por su lado, sus miradas se encontraron.
Y él sonrió.
Pero no era una sonrisa de alegría ni de alivio.
Era de despedida.
El corazón de Phineas se encogió de miedo, un miedo visceral, punzante.
Porque en ese instante comprendió que tal vez esa sería la última vez que vería a su amigo.
—¡Nora!
—intentó girarse, extender la mano, aferrarse a algo, pero Lars no le permitió detenerse.
El caballo siguió su curso, alejándose mientras los gritos de los soldados y el choque de espadas comenzaban a resonar a sus espaldas.
Lars no aflojó las riendas ni miró atrás, aunque podía sentir la desesperación de Phineas en cada movimiento.
Finalmente cruzaron los límites del palacio, atravesaron los jardines y, tras vadear un riachuelo, se adentraron en el bosque.
Solo cuando las sombras de los árboles los envolvieron, Lars desaceleró la marcha.
La espesura del follaje les ofrecía refugio.
Después de lo que pareció una eternidad, divisaron una cabaña abandonada oculta entre las ramas.
Lars desmontó de un salto y ayudó a Phineas a bajar.
Sin decir palabra, empujó la puerta y guió al caballo al interior.
El lugar olía a madera húmeda y podrida, pero parecía lo suficientemente resistente.
Caminó hasta una esquina y retiró una alfombra desgastada, revelando una trampilla.
La levantó con esfuerzo, dejando al descubierto una escalera de piedra que descendía a la oscuridad.
—Baja —le indicó a Phineas.
Ella obedeció sin fuerzas para cuestionarlo.
Sus piernas temblaban con cada escalón.
Apenas puso un pie en el suelo, unos brazos la envolvieron con fuerza.
Era Marla.
—¡Gracias a los dioses!
—La voz de Marla se quebró.
Se apartó lo suficiente para observarla y su expresión se tornó de terror—.
Cielo santo…
¿qué te han hecho?
Phineas la miró sin comprender, hasta que sintió sus propias manos sobre sus clavículas marcadas, como si fueran cuchillas sobresaliendo de su piel.
No recordaba haber estado nunca tan delgada.
Marla la sostuvo por los hombros, como si temiera que se rompiera en cualquier momento.
Luego miró a Lars con mucha preocupación.
—Voy a necesitar algo de comida…
y ropa limpia.
Lars asintió, pero Phineas apenas pudo entender lo que dijo.
Su cuerpo dolía, su cabeza pesaba.
Solo podía pensar en una cosa.
—Nora…
—dijo, antes de que todo a su alrededor se volviera oscuro.
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