La nieve que cae en el desierto - Capítulo 110
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- Capítulo 110 - 110 Capítulo 109 Deseo peligroso
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110: Capítulo 109: Deseo peligroso 110: Capítulo 109: Deseo peligroso Phineas yacía sobre la cama, tranquila.
Hakeem la observó por largo rato.
Sabía que la ilusión había cumplido su propósito: había calmado su mente, liberado su miedo… aunque al hacerlo, había dejado en él una sensación extraña, un vacío que no esperaba.
Se reclinó hacia atrás en la silla, agotado, dejando que el silencio llenara el espacio.
Aún podía sentir los ecos de lo que ella había vivido: el aroma a flores, el sonido de risas jóvenes, la calidez del atardecer.
Eran recuerdos que no le pertenecían, pero que ahora lo habitaban también.
Los minutos se estiraron, lentos y pesados.
Durante un momento pensó que se había quedado dormido, hasta que un leve movimiento sobre la cama lo hizo enderezarse.
Phineas se removió entre las sábanas, frunciendo el ceño como quien despierta de un sueño demasiado largo.
Sus párpados temblaron antes de abrirse del todo.
La luz natural de la habitación la recibió con un resplandor cálido y difuso.
Por un segundo pareció confundida, como si su mente aún estuviera en otro lugar.
Luego, su mirada se posó en Hakeem.
El hombre la observaba con los ojos cansados, sin su parche, revelando el brillo dorado que aún latía débilmente.
Había un deje de culpa en su rostro.
—Perdón.
Sumergirte en esa ilusión fue lo único que se me ocurrió para sacarte de tu ataque de pánico.
Phineas guardó silencio.
Sus labios se entreabrieron, como si buscara encontrar una respuesta que no terminaba de hallar.
Finalmente, se giró hacia el lado contrario, con la voz suave, casi un suspiro.
—Descuida… —dijo—.
Fue una linda ilusión.
Hakeem se percató de que había algo en la forma en que su voz temblaba, en la rigidez de sus hombros, que le decía que no estaba bien.
—Phineas… —llamó con cautela—.
¿Qué fue lo que ocurrió en el pasillo?
¿Qué te provocó ese ataque?
Ella no respondió.
El silencio se estiró, denso, como si las palabras se negaran a abandonar su garganta.
Él esperó, paciente al principio, pero el mutismo de la joven solo lo inquietó más.
Entonces, con suavidad, extendió una mano y la posó sobre su hombro.
—Phineas —repitió—, necesito saberlo.
Apenas la tocó, ella se giró bruscamente.
Su reacción fue casi instintiva: le tomó la mano con fuerza, como si necesitara detenerlo.
Sus ojos, enrojecidos, lo miraron con una tristeza que le atravesó el corazón.
Hakeem se detuvo, sorprendido.
Fue entonces cuando lo notó: las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, el temblor que recorría sus dedos.
Aún no se había repuesto de la ilusión.
Su pecho se contrajo.
Durante un instante, no supo si debía apartarse o quedarse.
Pero cuando vio el modo en que ella lo aferraba —con desesperación—, comprendió que no pedía explicaciones ni consuelo, sino algo más simple y profundo: compañía.
—Está bien… —dijo, bajando la voz—.
No tienes que decirme nada ahora.
Phineas cerró los ojos, sin soltarlo.
Con la manga de su kurta, Hakeem le limpió las lágrimas con cuidado.
El gesto fue torpe e inseguro, pero tan sincero que algo en la atmósfera cambió.
—Si sigues llorando así, tus ojos se hincharán —advirtió, intentando suavizar el momento con una sonrisa apenas perceptible.
Phineas no respondió, pero sus sollozos comenzaron a menguar.
Él desvió la mirada por un instante, buscando algo que pudiera ayudar.
Sobre la mesa auxiliar, una jarra de agua y un vaso esperaban desde hacía horas, dejados allí por algún sirviente antes de que todo ocurriera.
Tomó la jarra y vertió con cuidado el líquido en el vaso.
Luego volvió hacia ella, acercándose despacio, y con un gesto suave le tomó el mentón, inclinándolo apenas hacia arriba.
—Bebe un poco.
Ella obedeció sin pensar, manteniendo los ojos fijos en los de él.
Bebió a pequeños sorbos, y él observó cada movimiento: el modo en que sus labios rozaban el borde del vaso, cómo su garganta se movía al tragar.
Cuando por fin se detuvo, un leve hilo de agua escapó por la comisura de sus labios, resbalando hasta su barbilla.
Hakeem no lo pensó dos veces.
Con el pulgar, rozó con delicadeza el rastro de agua, limpiándolo en una caricia que se demoró más de lo necesario.
«Qué hermosa», pensó inconscientemente, y el pensamiento lo tomó desprevenido.
El contacto fue mínimo, pero suficiente para que Phineas alzara la vista, sus pupilas dilatándose levemente.
Sus miradas se encontraron: la de ella, aún empañada de tristeza pero con algo más —un destello de vulnerabilidad que lo desarmó—; la de él, cargada de un deseo casi culpable que ya no podía ocultar.
Por un instante, el mundo se redujo a ese espacio entre sus rostros.
El aire se volvió denso, cargado de mucha tensión.
Hakeem sintió el impulso de acortar esa distancia, de borrar esos centímetros que los separaban.
Pero no lo hizo.
Retiró lentamente la mano, rompiendo el hechizo del momento.
—Intenta descansar —dijo con voz ronca, aclarándose la garganta.
Phineas asintió débilmente, y mientras se recostaba de nuevo sobre las sábanas, Hakeem se puso de pie y salió del cuarto, cerrando la puerta tras él y quedándose del lado de la oficina.
Apoyó la espalda contra la puerta y cerró los ojos, llevándose una mano al rostro.
«Eso fue peligroso», pensó, mientras un calor intenso se apoderaba de sus mejillas y descendía por su cuello.
«Casi pierdo el control.» Y lo peor era que una parte de él deseaba haberlo perdido.
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