La nieve que cae en el desierto - Capítulo 111
- Inicio
- Todas las novelas
- La nieve que cae en el desierto
- Capítulo 111 - 111 Capítulo 110 Cansancio y furia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
111: Capítulo 110: Cansancio y furia 111: Capítulo 110: Cansancio y furia El viento arrastraba arena y polvo, golpeando las estacas del campo de entrenamiento con un silbido seco.
Kou se encontraba en el centro del terreno, con la espada apoyada sobre su hombro y la mirada fija en la figura frente a él.
Phineas.
Ella sostenía una espada con ambas manos, pero sus movimientos carecían del ritmo y la fuerza de otros días.
Cada estocada era más torpe, más vacilante, como si la motivación que la impulsaba se hubiera disuelto.
Él la observó en silencio, sin interrumpirla.
Había aprendido a leerla a través de los pequeños detalles: la forma en que apretaba los labios cuando se concentraba, el leve temblor en su muñeca cuando estaba nerviosa, o el brillo obstinado en sus ojos cada vez que algo le salía mal.
Pero hoy, nada de eso estaba ahí.
—Tu postura está decayendo —indicó, rompiendo el silencio.
Ella alzó la mirada, y por un instante, él creyó ver algo que no había visto antes: cansancio.
Pero no físico.
—Lo sé —respondió, bajando el arma—.
Solo… no logro concentrarme.
Kou frunció el ceño.
Le quitó la espada de las manos y, agarrándola de la muñeca, la hizo caminar unos pasos hasta que ambos quedaron dentro de la bodega de armas.
—¿Acaso no dormiste?
—preguntó con tono serio.
Ella soltó una risa corta, sin alegría.
—Últimamente, dormir no me hace bien.
El tono de su voz lo inquietó.
No era solo cansancio.
Había algo más en ella, una melancolía que no estaba allí días atrás.
Dio un paso hacia atrás y cruzó los brazos.
—Si estás enferma, deberías descansar.
—No estoy enferma —replicó, sin mirarlo—.
Es solo que… —¿Qué cosa?
Phineas levantó la vista hacia una ventana, donde el sol se encontraba en su punto más alto.
—Siento que debí haber muerto en el desierto —dijo con aparente resignación —.
Ya no me siento yo misma.
Cada vez que veo mi reflejo no me reconozco.
Kou se quedó helado.
Aquellas palabras le cayeron con un peso demoledor.
La observó en silencio.
Su postura seguía firme, pero algo en su mirada estaba roto, vacío.
Era la misma joven que días atrás lo había desafiado una y otra vez, que se había negado a rendirse incluso cuando la espada le pesaba en las manos.
¿En qué momento su fuego se había convertido en ceniza?
Sintió un nudo formarse en su estómago.
Él, que rara vez mostraba emociones, no supo qué hacer.
Pero escucharla decir aquello… lo tomó de sorpresa.
La idea de imaginarla muerta, tirada en medio del desierto, le resultó insoportable.
Y sin embargo, allí estaba ella, frente a él, viva… pero con una mirada que parecía pedir ayuda.
—No digas eso —murmuró—.
No tienes idea de lo que estás diciendo.
Phineas bajó la vista, sin responder.
Sus dedos se cerraron en un puño apretado.
Kou respiró hondo, intentando calmarse.
No podía perder la compostura, no frente a ella.
—Dime qué te sucede —dijo, esta vez sin rodeos.
Ella quedó sorprendida por el tono de su voz.
—No es nada —respondió, dando un paso hacia delante—.
No tiene sentido hablar de eso.
Él se volteó hacia ella.
—Sí lo tiene —replicó, con impaciencia —.
Quiero saber qué te pasa.
—No puedes ayudarme, Kou.
Así que no pierdas el tiempo conmigo.
Intentó irse, pero él la tomó del brazo antes de que pudiera hacerlo.
—Habla —exigió, su voz esta vez más dura—.
Dímelo, aunque creas que no sirve de nada.
Phineas lo miró, sorprendida por la intensidad en su mirada.
Por un momento, pareció debatirse entre callar o dejar salir todo lo que había estado reprimiendo.
Finalmente, se soltó de su agarre y desvió la vista.
—Desde que dejé Dorean, me obligo a ser fuerte y optimista —confesó—.
Todos los días, desde que abro los ojos, me repito que tengo que soportar todo lo que se atraviese en mi camino.
Que no puedo permitirme caer, ni llorar, ni mostrar miedo o tristeza.
Pero… —sus dedos se apretaron sobre su pecho— …ya no sé por qué lo hago.
Kou la escuchaba en silencio, sin moverse.
—Al principio creí que era para volver a ver a Lars y a Nora… que si resistía lo suficiente, si me mantenía viva, los encontraría.
Tragó saliva, forzando una sonrisa amarga.
—Pero el tiempo pasa y no tengo noticias.
No sé si siguen en Dorean, si lograron llegar a Azhara o si siguen con vida.
Y si ya no lo están… entonces todo esto… —inspiró con dificultad— …todo esto no tiene sentido.
El silencio que siguió fue casi doloroso.
Él se quedó inmóvil mirando su rostro, y solo vio desesperanza.
—Entonces busca una nueva razón —dijo sin pensarlo—.
Aunque sea solo para abrir los ojos mañana.
Las razones no tienen que durar para siempre, solo lo suficiente para seguir adelante.
Ella lo miró.
En sus ojos solo había cansancio y decepción.
—Eso es… muy estúpido.
—Su voz sonó más áspera que antes—.
Es fácil decirlo cuando no estás pasando por lo mismo.
—¿Y qué se supone que quieres decir con eso?
—¡Que no entiendes!
—replicó, desviando la mirada hacia el suelo—.
No sabes lo que es sentirte vacío, ni tener miedo de dormir o despertar cada día.
Me dices que busque una razón, pero tú… tú no lo perdiste todo.
No sabes lo duro que es no saber si las personas que amas siguen con vida.
No sabes lo que es vivir sin poder volver a casa.
Sus palabras lo atravesaron con fuerza.
La observó, sin responder.
Hubiera querido decirle que sí lo sabía.
Que él también había dejado atrás un hogar, una familia, una nación entera.
Que cada amanecer en Ak’tenas era un recordatorio de lo que había perdido.
Pero no podía, o más bien, no debía.
Su silencio, sin embargo, enfureció aún más a Phineas.
—¿Ves?
—continuó, con una sonrisa amarga—.
No tienes idea de lo que digo.
Es fácil hablar de razones cuando nunca te las quitaron.
El semblante de Kou se endureció.
Sintió que algo dentro suyo rebosaba.
Escucharla decir eso —cuando él también cargaba sus propios fantasmas — le revolvió algo que no pudo contener.
—¡Ya basta!
—por primera vez gritó con ira—.
¡Si vas a mantener esa actitud, hazlo lejos de mí!
Phineas lo miró, sorprendida.
Por un momento pareció querer responderle, pero lo único que hizo fue morderse el labio.
—Eso era justamente lo que iba a hacer —dijo con frialdad.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar fuera del lugar.
Él la observó marcharse, con la mandíbula tensa y las sienes latiéndole con violencia.
Permaneció inmóvil unos segundos más, mirando la puerta por donde había desaparecido.
La impotencia lo consumía.
Apretó los puños con fuerza.
—Maldición —gruñó entre dientes.
El golpe fue seco y violento.
Su puño impactó contra la pared con tal fuerza que el sonido resonó en todo el campo de entrenamiento.
El concreto se agrietó desde el punto del impacto, una fina línea que se extendió como una telaraña hasta perderse en el borde de una columna.
Por un instante, todo quedó en silencio.
Hasta que un murmullo lo hizo girarse.
A unos metros, varios de sus estudiantes lo observaban desde el umbral.
No habían querido interrumpir antes, pero el estallido los había dejado paralizados.
Entre ellos, un joven dio un paso al frente, titubeante.
—Maestro… ¿está todo bien?
Kou lo miró de reojo.
Su expresión volvió a endurecerse en un instante, borrando cualquier rastro de emoción.
Pasó junto a ellos sin detenerse, recogiendo la espada que había dejado apoyada contra una estaca.
—El entrenamiento terminó —dijo al pasar.
Los jóvenes se apartaron rápidamente, abriendo paso sin atreverse a hacer más preguntas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com