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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 112

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112: Capítulo 111: La biblioteca 112: Capítulo 111: La biblioteca Kou salió del campo sin mirar atrás, su figura desapareciendo entre las columnas del pasillo lateral.

Se apresuró para alcanzar a Phineas.

Al doblar una esquina, la vio avanzar con paso firme, su cabello ondeaba con cada movimiento.

No miraba atrás; su postura era rígida, la cabeza ligeramente baja.

Kou apretó la mandíbula y, sin pensarlo demasiado, comenzó a seguirla.

No tenía un plan, ni siquiera una intención clara.

Solo sabía que no podía dejarla ir así.

Durante unos segundos, lo único que se oyó fue el sonido acompasado de ambos pasos resonando sobre el mármol.

Entonces, Phineas se detuvo.

No se volvió enseguida; habló sin mirarlo.

—¿Por qué me estás siguiendo?

Él se detuvo también, a pocos metros de distancia.

—Solo estoy haciendo mi trabajo —respondió, con la calma que usaba cuando necesitaba ocultar lo que realmente pensaba.

Ella giró apenas el rostro, lo suficiente para mirarlo de reojo.

—¿Trabajo?

—Soy tu escolta personal —dijo, sin vacilar—.

Es mi deber asegurarme de que no te ocurra nada mientras estés fuera de tus aposentos.

—No necesito escolta.

Solo voy a la biblioteca.

No es un lugar peligroso.

Él sostuvo su mirada sin inmutarse.

—No tienes la autoridad para rechazar una escolta.

Solo el sultán puede darme órdenes.

Phineas se quedó en silencio un momento.

Luego, con un leve giro de cabeza, murmuró: —Entonces haz lo que quieras.

Pero no esperes que te dirija la palabra.

No respondió.

Simplemente reanudó el paso detrás de ella, manteniendo cierta distancia.

Así ambos caminaron el resto del trayecto en silencio.

El sonido de sus pasos se apagó poco a poco a medida que se internaban en los pasillos más antiguos del palacio, hasta llegar frente a dos enormes puertas de madera.

Phineas empujó una de ellas con ambas manos, y un leve crujido resonó antes de que el aire del interior los envolviera.

La biblioteca de Ak’tenas era un lugar distinto a cualquier otro.

El techo se alzaba tan alto que las columnas parecían perderse entre las sombras, y una luz cálida se filtraba por los amplios ventanales, cayendo en haces sobre el polvo suspendido.

A cada lado, hileras interminables de estantes formaban pasillos, repletos de pergaminos, manuscritos y volúmenes encuadernados en cuero.

Kou se detuvo apenas cruzó el umbral.

Sus ojos recorrieron los muros cubiertos de inscripciones y los escalones de madera que ascendían hasta los niveles superiores.

El olor a papel, tinta y polvo lo envolvía todo.

Era la primera vez que entraba en aquel lugar.

Sabía hablar el idioma de Ak’tenas, lo suficiente para comunicarse, pero leerlo era otra historia.

Las letras le resultaban extrañas, difíciles; un idioma que, aunque comprendía al oírlo, se le resistía en el papel.

Por eso nunca había sentido la necesidad de visitar aquel lugar.

Y, sin embargo, ahora no podía apartar la mirada.

Se quedó observando las escaleras en espiral, las lámparas colgantes y el brillo tenue de los estantes.

Casi se olvidó de todo lo demás… hasta que notó que Phineas ya no estaba a su lado.

La buscó con la mirada.

Se había adentrado entre los pasillos de libros, moviéndose como quien conoce el camino.

Kou fue tras ella, hasta que la encontró unos metros más adelante.

Estaba de puntas, estirando el brazo para alcanzar un libro que reposaba en uno de los estantes más altos.

La punta de sus dedos rozaba apenas el lomo, pero no lograba atraparlo.

Sin decir palabra, Kou se acercó por detrás.

El leve roce de su cuerpo contra la espalda de ella, hizo que Phineas se tensara.

Él extendió el brazo por encima de su hombro y, con un movimiento simple, tomó el libro sin dificultad.

Phineas se volvió, sorprendida por la cercanía.

Por un momento, sus ojos se encontraron.

Los de ella brillaban bajo la tenue luz del lugar; los de él, serenos, sin reflejar una pizca de emoción.

Kou notó cómo el rubor se pintaba en las mejillas de Phineas, tiñendo su pálida piel con un matiz suave y repentino.

Sonrió apenas, como quien no puede evitarlo.

—Aquí tienes —dijo, tendiéndole el libro.

Ella lo tomó con torpeza, desviando el rostro.

Se dio media vuelta y se alejó con pasos rápidos, como si huyera de algo.

Él la observó alejarse entre los estantes, moviéndose con ese nerviosismo que parecía tan suyo.

Y sin poder evitarlo, sonrió de nuevo.

«Se escabulle igual que una ardilla», pensó, y una risa suave escapó de sus labios, divertido por la imagen.

Giró hacia atrás y allí, en una estantería, entre volúmenes encuadernados en cuero oscuro, algo llamó su atención.

Varios tomos llevaban inscrito un nombre que conocía demasiado bien.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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