La nieve que cae en el desierto - Capítulo 113
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113: Capítulo 112: Toshinai 113: Capítulo 112: Toshinai “Katsuhito.” alcanzó a leer en el libro.
La palabra estaba acompañada por un subtítulo más pequeño: “Katsuhito y sus doce reinos.” Extendió la mano y lo retiró con cuidado.
El cuero estaba cubierto de polvo.
Al limpiarlo con el pulgar, leyó el nombre del autor: Raze Darcy.
Un suspiro escapó de él.
«Ese idiota», pensó, recordando el rostro sonriente de aquel hombre, siempre tan engreído.
Había pasado mucho desde la última vez que escuchó ese nombre, pero verlo impreso, allí, en un libro de historia extranjera, no le resultó extraño.
Por pura curiosidad —o quizás por nostalgia—, se quedó con el volumen en la mano y comenzó a caminar entre los pasillos, siguiendo el camino por donde Phineas había desaparecido.
Pronto la encontró.
Estaba sentada en una de las largas mesas junto a la ventana, donde la luz iluminaba todo.
Tenía un libro abierto frente a ella, y el cabello —naranja, con reflejos rojos que el sol resaltaba— caía sobre su rostro mientras pasaba las páginas.
Sin pensarlo demasiado, él se sentó junto a ella.
No dijo nada.
El banco crujió apenas bajo su peso, pero Phineas no levantó la vista; simplemente siguió leyendo, como si él no estuviera allí.
Abrió el libro que llevaba.
Intentó leer el texto: algunas palabras del azhariano le resultaban conocidas, otras eran un misterio total.
Frunció el ceño, forzando la vista.
Las frases se entrelazaban con una gramática que apenas comprendía, y aunque podía seguir el sentido general, la frustración lo carcomía.
Una sombra se movió a su lado.
—¿Estás bien?
—preguntó Phineas sin apartar del todo la vista de su propio libro.
Él se sobresaltó ligeramente.
No esperaba que le hablara, mucho menos en ese momento vergonzoso donde le costaba leer.
—Sí… —respondió rápido, cubriéndose el rostro con el libro como si así pudiera ocultar la vergüenza que le subía a las mejillas—.
Todo está bien.
Ella ladeó un poco la cabeza, observándolo en silencio.
Bajó apenas la mirada, lo suficiente para leer el título del volumen que él intentaba disimular.
—”Katsuhito y sus doce reinos”… —murmuró, y luego alzó la vista hacia él—.
¿Eres de Katsuhito, verdad?
El aire pareció detenerse por un instante.
Kou bajó lentamente el libro, revelando su expresión.
Sus ojos se encontraron, y el brillo de curiosidad en los de ella contrastaba con la rigidez en los suyos.
Durante un segundo, no supo si debía responder o fingir no haber escuchado.
Phineas, al notar esa tensión, suavizó el gesto.
Su voz sonó más tranquila cuando volvió a hablar.
—No tienes que ocultármelo —dijo—.
Alguien me contó que hace dos años el sultán te trajo desde allí.
Él bajó la mirada, consciente de que no tenía sentido negarlo.
—Sí… vengo del imperio Katsuhito.
Los ojos de ella se apartaron del libro por un instante, y una expresión extrañamente melancólica cruzó su rostro.
Entonces, con voz clara, pronunció unas palabras en un idioma que él no esperaba escuchar en aquel lugar.
—Que el brillo en tus ojos nunca se apague.
El sonido del toshinai —su lengua natal— lo sorprendió por completo.
No la había escuchado fuera de su tierra desde hacía años.
Las sílabas, suaves y precisas, lo envolvieron como un eco perdido en la memoria.
Sin pensarlo, respondió casi por instinto, en el mismo idioma: —Y que el fuego de tu alma no se extinga.
Kou la observó sin entender del todo lo que acababa de suceder.
Confundido, intentó recuperar la compostura y preguntó en voz baja: —No me imaginaba que supieras el saludo de despedida del imperio.
Ella bajó la vista de nuevo hacia su libro, esquivando la intensidad de su mirada.
—Un representante de Katsuhito se quedó en Dorean por una temporada —admitió—.
Era una persona muy agradable… mi hermano y yo aprendimos muchas cosas de él.
—Ya veo —murmuró Kou, inclinándose apenas hacia adelante—.
¿Recuerdas el nombre de ese representante?
Ella frunció el ceño, pensativa.
Pasaron unos segundos antes de que respondiera.
—No, la verdad es que no.
Eso fue hace muchos años… —dijo, y luego añadió—: Pero recuerdo que una vez nos contó que, en doreano, su nombre significaba hombre de la nieve.
Kou sintió una punzada en el pecho.
—¿Su nombre era Yukio?
Levantó la mirada, sorprendida.
—Sí… así se llamaba.
Sin añadir nada más, él cerró el libro con un suave golpe y lo dejó sobre la mesa.
—Te esperaré afuera —indicó.
Phineas señaló el volumen que acababa de abandonar.
—Te estás olvidando el libro.
Él soltó un suspiro breve.
—No voy a leer algo escrito por un idiota como Raze Darcy —respondió, sin volverse.
Antes de que ella pudiera replicar, una voz resonó desde detrás de ellos, clara y serena, con un tono que parecía casi burlón: —Me ofende lo que dice de mí, joven Kou.
Kou se detuvo en seco.
Phineas giró en su asiento, confundida, mientras él levantaba lentamente la vista hacia la dirección de la voz.
Un hombre se encontraba al final del pasillo de la biblioteca, de pie entre los estantes.
Sus facciones eran finas, de una elegancia noble, y sus ojos, de un rojo profundo como el rubí, destellaban con un brillo hipnótico.
No había duda posible.
Era Raze Darcy.
Kou lo observó con el ceño fruncido, aunque una leve sonrisa se dibujaba en las comisuras de los labios del recién llegado.
—Pues su expresión dice lo contrario —replicó.
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