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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 114

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  4. Capítulo 114 - 114 Capítulo 113 Bienvenido de regreso
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114: Capítulo 113: Bienvenido de regreso.

114: Capítulo 113: Bienvenido de regreso.

El calor de Ak’tenas era distinto al de cualquier otro lugar del mundo.

Había en él un aire denso que se pegaba a la piel y que olía a arena húmeda.

A Raze siempre le había parecido sofocante y, sin embargo, aquella mañana le resultaba casi reconfortante.

El palacio se alzaba ante él, majestuoso e imponente, idéntico a como lo recordaba.

Sus muros de mármol blanco reflejaban la luz del mediodía, y las puertas ornamentadas de hierro y bronce permanecían cerradas, custodiadas por un destacamento de soldados.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que estuve aquí?

—dijo con cierta melancolía.

—Un año exacto —respondió Fang, a su derecha.

A su izquierda, Aron observaba a su alrededor en silencio.

Sus ojos inquietos inspeccionaban cada rincón.

El sol se filtraba entre los pliegues de su capa, y el calor comenzaba a volverse insoportable, pero Raze parecía ajeno a él.

Al acercarse a las puertas, los guardias cruzaron sus lanzas con gesto hostil.

—Identifíquense —ordenó uno de ellos con voz seca.

Raze no se inmutó.

Con lentitud, extrajo de entre el cuello de su camisa un medallón de plata grabado con el emblema del sultán: una alondra de alas desplegadas sobre un sol naciente.

El metal resplandeció bajo la claridad del ambiente, y el guardia más joven tragó saliva visiblemente.

—Raze Darcy —dijo, con su tono tranquilo habitual—.

Explorador e historiador al servicio del sultán.

Y ellos son Fang y Aron, mis guardaespaldas.

Los guardias intercambiaron miradas tensas antes de bajar las armas con evidente incomodidad.

—Bienvenido de regreso, señor Darcy —concedió el mayor, con una reverencia escueta.

Las puertas se abrieron con un estruendo lento, dejando escapar una ráfaga de aire fresco impregnado del perfume de jazmín de los jardines interiores.

El grupo ingresó sin problemas.

Las puertas se cerraron con un golpe sordo, y el eco del exterior quedó atrás.

Apenas habían dado unos pasos por el vestíbulo cuando varios sirvientes se acercaron, sonrientes y atentos.

Algunos se inclinaron para saludar a Raze; otros se apresuraron a ofrecer bandejas con agua, frutas y dátiles.

Era evidente que hacía mucho que no lo veían, y su regreso despertó cierta agitación entre los pasillos.

Raze respondió con su habitual carisma, devolviendo las cortesías con saludos de mano y sonrisas.

Sus ojos, sin embargo, se entretenían en los pequeños detalles.

Notó, a unos metros, que un grupo de jóvenes mucamas había rodeado a Fang, entregándole una cesta repleta de frutas y dulces con sonrisas nerviosas.

El estoico guardaespaldas las aceptó con un leve movimiento de cabeza, sin alterar un ápice su expresión.

Raze no pudo evitar alzar una ceja.

«Vaya», pensó, dejando escapar una sonrisa traviesa.

«No pensé que Fang fuese tan popular entre las damas».

Su atención pronto cambió de foco cuando vio a Aron apartado del bullicio, de pie junto a la arcada que daba a los jardines interiores.

El muchacho observaba en silencio a un grupo de niños —seguramente hijos de la servidumbre— que jugaban junto a la fuente.

Su expresión era distante, casi ausente.

Raze se acercó.

—¿Aún piensas en el niño shunsu?

—preguntó en voz baja.

Aron no respondió de inmediato.

El brillo apagado en sus ojos fue suficiente respuesta, y Raze no necesitó más para recordar lo que había transcurrido un día atrás.

— El carruaje aguardaba al borde del camino, mientras Lotte se aferraba al cuaderno que Aron le había entregado como regalo de despedida.

—No es decisión mía —dijo Aron, con la voz tensa—.

El sultán lo ordenó.

Dijo que el palacio no es lugar para ti.

Lotte bajó la cabeza.

Abrió el cuaderno con dedos temblorosos y escribió despacio: «¿Por qué?» Aron tragó saliva.

—Porque en el orfanato te cuidarán y quizá puedas encontrar una familia.

Lotte lo miró en silencio, y por un instante pareció que iba a llorar.

Luego escribió algo más, sin levantar la vista: «¿Y tú?» —Yo…

debo ir al palacio —respondió—.

Es una orden del sultán.

La mano de Lotte se movió una vez más sobre el papel.

Cuando terminó de escribir, arrancó la hoja del cuaderno y se la entregó.

Solo podía leerse una sola palabra: «Gracias.» Aron intentó devolverle la hoja, pero Lotte negó suavemente con la cabeza y le dio un último abrazo.

El conductor del carruaje dio la orden, y las ruedas comenzaron a girar sobre la arena.

El niño no miró atrás.

El cuaderno permaneció apretado entre sus brazos hasta que el polvo cubrió su figura.

Raze, que los había observado desde la distancia, recordaba cómo el muchacho se había quedado de pie mucho después de que el carruaje desapareciera en el horizonte.

— El presente volvió con el murmullo del agua en las fuentes.

Aron seguía de pie, con la mirada perdida.

Sus ojos tenían el mismo cansancio que aquella vez.

—Sigo pensando que debí quedarme con Lotte —dijo en voz baja.

Raze lo observó un instante.

Su voz fue tranquila, sin ironía.

—El sultán no da órdenes por mero capricho.

Si ordenó que aquel pequeño fuese al orfanato, es porque seguramente era la mejor opción.

Aron bajó la cabeza sin replicar, comprendiendo que no había nada más que agregar.

A lo lejos, Fang los llamó con un leve gesto.

Raze se recompuso.

—Vamos —dijo—.

No hagamos esperar al sultán.

La caminata fue larga.

Atravesaron corredores luminosos, patios internos adornados con mosaicos y columnas bordeadas con telas de tul, hasta que finalmente se acercaron al palacio principal, cuyas puertas altas estaban abiertas de par en par.

Y allí, justo en la entrada, Hakeem los esperaba.

El sultán sonrió apenas los vio.

—Bienvenidos —dijo con su tono cálido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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