La nieve que cae en el desierto - Capítulo 116
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- Capítulo 116 - 116 capítulo 115 Estoy en casa
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116: capítulo 115: Estoy en casa 116: capítulo 115: Estoy en casa Raze siguió el sonido hasta distinguirlos en una mesa cercana a la ventana.
Reconoció a Phineas, la princesa de Dorean, que estaba sentada leyendo un libro.
Kou, a su lado, permanecía rígido como una estatua, sorprendido como si hubiera visto un fantasma.
Raze no pudo evitar sonreír.
—Me ofende lo que dice de mí, joven Kou.
El joven se detuvo en seco al escucharlo.
Phineas giró en su asiento con confusión evidente, mientras Kou levantaba lentamente la vista hacia él.
Desde donde estaba, Raze sabía que su figura debía verse llamativa: de pie al final del pasillo, enmarcado por los estantes altos, con la luz entrando justo detrás de él.
Un truco accidental, pero que tenía su encanto.
Observó cómo los ojos de ambos se fijaban en él.
La joven parecía no saber quién era, pero Kou sí: reconoció su presencia al instante.
Raze captó incluso el leve cambio en su postura, ese gesto mínimo que revelaba fastidio.
Era tan fácil leerlo.
Una sonrisa se le formó de manera natural.
—Pues su expresión dice lo contrario —dijo Kou, avanzando hacia él.
Raze casi soltó una risa.
—Muy observador, mi estimado —respondió con un tono casi elogioso—.
Tiene razón: mi expresión dice exactamente lo que pienso.
Ser llamado “idiota” no me ofende en lo absoluto.
Al final, lo único que importa es ser recordado.
Y mientras hablen de mí…
la forma es lo de menos.
Pasó junto a él sin romper el contacto visual, directo hacia la mesa donde yacía el libro que Kou había abandonado.
Raze lo tomó con una mano, examinó el título con un gesto exageradamente crítico —solo para provocar— y luego, con un rápido movimiento de muñeca, lo lanzó de vuelta.
Kou lo atrapó sin esfuerzo; después de todo, la agilidad estaba grabada en cada uno de sus músculos.
—Léalo —ordenó Raze con una sonrisa suave—.
Le será útil.
Especialmente los segmentos escritos en su idioma.
Y antes de que Kou pudiera replicar, añadió en toshinai con total naturalidad: —Príncipe heredero.
El efecto fue inmediato.
Kou se quedó inmóvil, como si le hubieran quitado el aire de los pulmones.
Los ojos se le llenaron de pánico puro, y casi de inmediato buscó con la mirada a Phineas, como asegurándose de que no hubiera entendido nada.
La joven lo observaba con curiosidad creciente.
Claramente no había comprendido la frase.
Raze, al ver esa oportunidad servida en bandeja, ocultó una sonrisa detrás de una expresión impecablemente neutra.
—Ah, no se preocupe, señorita —le dijo con cortesía—.
Lo que dije fue: “No sea un niño”.
Phineas se echó a reír, tapándose la boca con una mano para no hacerlo en voz alta.
Kou lo fulminó con la mirada, mientras Raze disfrutaba cada segundo.
Finalmente, decidió que ya había aguantado suficiente.
Sin decir una palabra, dio media vuelta llevándose el libro con él y salió de la biblioteca un tanto furioso.
El eco de sus botas se perdió entre los corredores.
Raze lo siguió con la mirada hasta que desapareció detrás de un estante.
Pronto se encontró a solas con Phineas.
Ella lo miró con una atención completamente distinta: más cuidadosa, más inquisitiva.
Raze inclinó la cabeza levemente, en un gesto cortés.
—Permítame presentarme formalmente —dijo, modulando la voz con cortesía—.
Raze Darcy, explorador e historiador al servicio del Sultán.
Es un placer volver a ver a la princesa de Dorean.
Phineas dejó de sonreír y lo miró fijo.
Muy fijo.
Demasiado fijo.
Raze sostuvo su mirada sin incomodidad —aunque, internamente, comenzó a preguntarse por qué lo estaba observando con tanta determinación—.
—¿Está todo bien?
Ella parpadeó, como si regresara de un pensamiento profundo.
—¿Ya nos conocíamos?
—preguntó sin rodeos.
Raze sonrió.
Con esas sonrisas que decían algo sin decirlo.
—Tal vez.
—Desvió ligeramente la mirada hacia los estantes—.
Después de todo…
yo también nací y me crié en Dorean.
Phineas abrió un poco los ojos, sorprendida.
Era evidente que no esperaba esa respuesta.
Él disfrutó de la reacción.
—Me alegra verla bien, princesa —dijo con cortesía—.
Pero tendrá que disculparme.
Debo retirarme.
Tengo que trabajar con toda la información que recopilé durante mi año viajando, y si no empiezo ahora…
terminaré escribiendo mis notas dentro de otro año más.
Se dio media vuelta con intención de marcharse.
Pero apenas había dado dos pasos cuando una voz suave lo detuvo en seco.
—Espere —dijo Phineas.
Raze giró apenas lo suficiente para verla por encima del hombro.
—Responderé una sola pregunta —advirtió con calma, aunque su tono dejaba claro que no era una invitación a negociar—.
Mi tiempo es valioso.
Phineas tragó saliva.
Los nervios le apretaban la garganta, pero la determinación brillaba más fuerte en sus ojos.
—Estuve leyendo sus libros —comenzó, eligiendo cada palabra con cuidado—.
Los que escribió sobre Dorean.
He buscado entre ellos durante días…
pero no logro encontrar información sobre una persona en particular.
Alguien que pertenece a la familia imperial.
Raze ladeó la cabeza, ahora con genuina curiosidad.
—Dígame su nombre —respondió, acercándose medio paso.
Su mirada se volvió penetrante, casi invasiva—, y le diré si la conozco.
Phineas respiró hondo.
Sus labios temblaron un instante antes de pronunciarlo, como si el nombre mismo pesara demasiado.
—Camelia Enoch.
Raze dejó de sonreír.
Una punzada fría le recorrió la nuca, erizándole los cabellos.
El nombre resonó en su mente como un eco lejano, trayendo consigo fragmentos de recuerdos que había enterrado hacía mucho tiempo.
«Ese nombre…» —¿Dónde ha escuchado ese nombre?
—preguntó, sin poder evitar que su voz sonara más tensa de lo habitual.
El control que tanto cultivaba se resquebrajó apenas, pero fue suficiente para que cualquiera lo notara.
Phineas no respondió.
No porque no lo hubiera escuchado, sino porque lo ignoró deliberadamente.
Sus ojos no se apartaron de él ni un segundo.
—¿La conoce o no?
—replicó, clavándole la mirada con una insistencia férrea que él no esperaba de ella.
Ya no era la joven curiosa de hace un momento.
Ahora había algo más: quizás desesperación.
Raze soltó un suspiro lento, como si con él liberara la tensión acumulada en sus hombros.
Recuperó su compostura pieza por pieza.
El brillo en sus ojos volvió a la calma que lo caracterizaba, aunque por dentro aquel nombre le había despertado un viejo recuerdo que prefería mantener dormido.
—Vuelva mañana por la tarde —dijo finalmente, con una firmeza que no admitía réplica—.
Aquí, en la biblioteca.
Sin dejar espacio para otra pregunta, Raze giró sobre sus talones y caminó entre los estantes sin volver la vista atrás.
Aun así, sintió perfectamente la mirada de Phineas siguiéndolo como una sombra, perforándole la espalda hasta que su figura desapareció entre las penumbras de la biblioteca.
No aceleró el paso.
No lo necesitaba.
Pero sus manos, ocultas entre los pliegues de su ropa, se habían cerrado en puños.
Porque oír nuevamente el nombre de Camelia Enoch hizo que le hirviera la sangre.
«Vamos a calmarnos», se dijo a sí mismo, modulando cada pensamiento.
«Ahora mismo tienes cosas más importantes que hacer que preocuparte por viejos fantasmas».
Respiró hondo y se adentró en la biblioteca, abandonando el sector principal y avanzando hacia los pasillos menos concurridos, donde el polvo se acumulaba y la luz apenas rozaba el suelo.
Caminó hasta una zona tan antigua que las estanterías parecían sostenerse más por capricho que por estabilidad.
Allí, entre tomos que ningún lector casual osaría tocar, estaba lo que buscaba: un estante con una moldura gastada.
Raze pasó los dedos por el borde superior, tanteando hasta hallar la pequeña hendidura casi imperceptible.
Presionó.
El estante entero vibró, se hundió un par de centímetros y, con un leve chasquido, la madera se deslizó hacia un lado, revelando la puerta oculta.
Una sonrisa —casi infantil— se dibujó en su rostro durante un instante.
Cruzó el umbral.
El aire del otro lado era distinto: más denso, más cálido, impregnado por el aroma añejo del papel y la tinta.
Allí, protegido del mundo exterior, se extendía su santuario: un salón estrecho, construido en piedra, iluminado por piedras de luz que nunca se extinguían del todo.
Paredes enteras cubiertas de estantes.
Mesas con mapas extendidos.
Montones de cuadernos, diarios, notas suyas acumuladas desde que tenía memoria.
Su templo.
El único lugar donde se permitía ser él mismo.
Raze avanzó despacio, casi en reverencia, y dejó que los dedos recorrieran el borde de una de sus mesas, donde reposaban las crónicas inconclusas de su último viaje.
—Estoy en casa —susurró, con una emoción que rara vez dejaba escapar.
Alfin sintió que podía respirar de verdad.
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