La nieve que cae en el desierto - Capítulo 117
- Inicio
- Todas las novelas
- La nieve que cae en el desierto
- Capítulo 117 - 117 Capítulo 116 Regresa a Dorean
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
117: Capítulo 116: Regresa a Dorean.
117: Capítulo 116: Regresa a Dorean.
Phineas salió de la biblioteca a toda velocidad, casi tropezando, como si los pasillos fuesen un campo lleno de baches.
En su mente, la voz de Raze Darcy todavía retumbaba: «Permítame presentarme, Raze Darcy.» «Yo también nací y me crié en Dorean.» Ese nombre no le decía nada, pero su rostro.
Su voz.
Algo en él le resultaba tan familiar, que la descolocó.
No le era raro sentirse confundida últimamente; vivía así desde que había abandonado Dorean.
Pero esto era distinto.
Phineas se detuvo en un recodo del pasillo, apoyándose en la pared para recuperar el aliento.
«¿Por qué siento que ya lo vi antes?¿Cuándo?
¿Por qué no lo recuerdo con claridad?» —¡Maldición!
—gritó con frustración —¿Porque mi mente está hacha un desastre?
La incertidumbre la carcomía.
Y la intriga, más aún.
No podía esperar hasta mañana.
Ni hasta la noche.
Necesitaba respuestas, y las necesitaba ya.
Se quedó pensando unos segundos, y llegó a la conclusión de que solo había una persona en Ak’tenas que podía dárselas.
Hakeem.
Para su suerte, el sultán no era difícil de encontrar; la mayor parte del tiempo se la pasaba encerrado en su oficina.
Fue entonces que se desvió de su ruta para adentrarse al pasillo que conducía hasta allí, deteniéndose justo frente a la gran puerta de su oficina, que para su sorpresa, no estaba siendo custodiada «¿Acaso no está aquí?» se pregunto, acercando su oreja a la puerta.
Al otro lado, dos voces hablaban en un murmullo bajo, casi imperceptible, pero lo suficiente para que supiera que Hakeem no estaba solo.
—Muy bien —se dijo a sí misma —entraré.
Estuvo a punto de girar el picaporte cuando un recuerdo del día anterior resurgió para detenerla: — Ella estaba recostada en la cama del sultán envuelta en las mantas de su habitación, aún agobiada por el suceso extracorpóreo que había experimentado, sin saber que la estancia de Hakeem se conectaba directamente con su despacho, separadas solo por una puerta y paredes sorprendentemente delgadas.
Tan delgadas que, sin querer, había escuchado todo.
Recordó la voz del secretario Bajir, dura y cargada de indignación: —¡¿Ha perdido el juicio, su alteza?!
—había retumbado, golpeando algo contra la mesa—.
¡La joven princesa de Dorean descansando en sus aposentos!
¿Tiene idea del caos que podría desatarse si los líderes del consejo se enteran?
Phineas se había cubierto la boca en aquel momento, sintiendo el corazón retumbar en su pecho.
Bajir continuó sin bajar el tono: —Solo las concubinas tienen el privilegio de compartir la cama del sultán.
¿Desea que malinterpreten sus intenciones?
¿O que se cuestione su juicio como gobernante?
Recuerde que ya de por sí están inquietos porque aún no ha seleccionado una sultana.
Y luego había venido el silencio.
Un silencio que decía más que cualquier palabra.
— Apartó la mano del picaporte, con ese recuerdo oprimiéndole el pecho.
Ya no estaba tan segura de abrir la puerta sin más.
¿Qué tal si al otro lado estaban en una reunión importante?
¿Y si volvía a meter en problemas a Hakeem como la vez anterior?
Dudó, dando un paso hacia atrás.
Y fue en ese preciso instante cuando la escuchó.
No con los oídos.
No desde el pasillo.
Sino desde adentro de su propia cabeza.
Una voz sombría, deslizándose por las paredes de su mente como brea: «Eres un estorbo para el sultán.» Phineas se quedó inmóvil.
El pasillo entero pareció oscurecerse, como si las lámparas de aceite hubieran perdido su llama.
«¿No sabes que tu presencia no es bienvenida en Ak’tenas?» Un escalofrío le recorrió la espalda, helándole la sangre.
«Deberías abandonar este lugar.» Sintió que sus piernas flaqueaban.
No era su pensamiento.
No era su voz interior.
No era ella.
Y aun así…
su boca se abrió.
—Debería irme de Ak’tenas…
—susurró, con un tono vacío, ajeno, como si otra persona hablara a través de sus labios.
Apenas las palabras salieron, su mente reaccionó como si hubiera despertado sobresaltada de una pesadilla.
Alzó la mano hacia su propia garganta, aterrada.
—¿Qué…?
—alcanzó a murmurar.
Y entonces ocurrió.
Un pitido agudo, insoportable, estalló dentro de sus oídos.
Tan fuerte que sintió como si su cráneo fuera a partirse en dos.
Era un zumbido hiriente, antinatural, que no cesaba, que crecía y crecía hasta convertirse en algo insoportable.
Phineas cayó de rodillas sobre el frío suelo de marmol, jadeando.
Sus manos se aferraron a sus oídos, intentando bloquear un sonido que no provenía del exterior.
—¡Agh…!
—gritó, su voz quebrándose por el dolor.
El pasillo se contorsionó ante sus ojos en un remolino de sombras y luces opacas.
Todo giraba.
Todo dolía.
Todo se estrechaba alrededor de ella, como si las paredes mismas se cerraran para aplastarla.
Y en medio de ese tormento, la voz volvió.
Una y otra vez.
Un eco macabro que no la dejaba escapar: «Regresa a Dorean.» «Regresa a Dorean.» «Regresa a Dorean.» Phineas apretó los ojos, intentando aferrarse a algo, a lo que fuera, pero la voz era más fuerte que su propio pensamiento.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com