La nieve que cae en el desierto - Capítulo 118
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- Capítulo 118 - 118 Capítulo 117 Algo anda mal en mi
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118: Capítulo 117: Algo anda mal en mi 118: Capítulo 117: Algo anda mal en mi —¡Tengo que…
regresar…
a Dorean!
—gritó Phineas sin darse cuenta, como si las palabras fueran arrancadas de su garganta.
El eco de su propio alarido vibró en el pasillo vacío.
—¡¿Princesa Phineas?!
—una voz masculina la alcanzó con urgencia.
Alzó la vista, temblando.
Un joven estaba inclinado hacia ella, su mano ya sobre su hombro.
Tenía el cabello platinado, casi blanco bajo la luz tenue, y llevaba un antifaz del mismo tono que le cubría la mitad superior del rostro.
Donde deberían estar sus ojos, solo había espejos.
Y en ellos no vio su propio reflejo, sino el rostro de Hui Wei.
Mirándola con una malicia que daba tanto pavor, que el aire se le atascó en los pulmones.
—No…
no…
—murmuró, echándose hacia atrás con un temblor desesperado.
Su respiración se volvió rápida y entrecortada, y sus manos comenzaron a temblar sin control.
El joven frunció el ceño, alarmado, y se inclinó más, intentando alcanzarla.
—Princesa, tranquila…
míreme —pidió suavemente, extendiendo su mano hasta su cabello, acariciándolo con cuidado—.
Está bien.
Está a salvo.
Respire despacio.
Pero sus palabras apenas llegaban.
La imagen de Hui Wei seguía quemando su mente, mezclándose con el miedo, con esa sensación que le oprimía el pecho.
Entonces, mientras él continuaba acariciándole el cabello para calmarla, algo extraño ocurrió.
Ese simple contacto, ese simple roce.
La dejó congelada.
Porque su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Una sacudida extraña —calidez, familiaridad, vértigo— trepó por su espina dorsal.
Como si aquella mano ya la hubiera tocado alguna vez.
Como si aquel joven fuera parte de un recuerdo que no sabía que tenía.
Pero ella no conocía a nadie con ese tono de voz y de cabello.
Y aun así, algo profundo e instintivo le decía que sí lo conocía.
Que era alguien importante.
Demasiado importante.
Ese pensamiento la llenó de terror.
—No…
no me toque…
—balbuceó, apartándose con brusquedad, casi arrastrándose hacia atrás para escapar de él.
El joven no insistió, aunque su mano quedó suspendida en el aire unos segundos más, como si hubiera querido ayudarla.
—Phineas.
—Otra voz sonó detrás de él, firme y conocida.
Ella giró de inmediato.
Hakeem emergió del pasillo.
En ese instante no lo pensó, no lo evaluó, no calculó.
Simplemente corrió hacia él.
Se aferró a su ropa con fuerza, escondiendo el rostro contra su pecho, como si él fuera la única superficie estable en un mundo que acababa de romperse bajo sus pies.
Y aunque una parte de ella creía que no debía, que era inapropiado, que no sabía por qué lo hacía, la otra gritaba que él era lo único real.
Hakeem, sorprendido, apoyó una mano en su espalda.
—¿Qué sucedió?
—preguntó en voz baja, esta vez mirando por encima de su hombro, directo al joven del antifaz.
Phineas tembló intentando responder, pero todavía sentía el eco de la voz oscura vibrando en su mente, como una advertencia que no podía callar: «Regresa a Dorean.» —Tengo que regresar…
a Dorean —murmuró, y apenas escuchó su propia voz supo que no había decidido decirlo.
Simplemente había salido.
Hakeem apoyó ambas manos sobre sus brazos, con firmeza y suavidad a la vez.
—Tranquila —le susurró, acercándola un poco más—.
Vamos a encontrar la manera.
Te lo prometo.
Si quieres volver a Dorean, encontraré cómo hacerlo posible.
Ella lo miró, respirando de forma entrecortada, tratando de aferrarse a esas palabras.
El sultán entonces elevó ligeramente la voz, sin perder el control.
—Aron —llamó.
El joven de cabello platinado dio un paso adelante.
—Señor.
—Continúa por el pasillo.
Encontrarás a alguien del personal.
Pide que te guíen a los aposentos para invitados.
Son cómodos y estarán listos para ti.
Aron vaciló.
—Con su permiso —dijo—, preferiría quedarme un poco más.
Deseo ser de utilidad.
—No —lo cortó Hakeem con un filo que no dejaba lugar a réplica—.
No ahora.
Retírate.
Aron volvió a inclinar la cabeza.
Esta vez más rígido, más obediente, pero también más impotente.
—Sí, señor.
Dio la vuelta sin añadir nada más.
Phineas levantó la vista justo cuando él comenzaba a alejarse.
Y en su pecho, un dolor extraño, casi como una presión repentina, se aferró a su respiración.
No quería que se fuera.
No sabía por qué, pero su cuerpo reaccionó con un sentimiento tan fuerte que la desconcertó aún más.
—¿Quién…
quién es él?
—preguntó apenas pudiendo hablar, con la mirada clavada en la figura que se perdía en el pasillo.
Hakeem la observó un instante, dudoso y a la vez cauteloso.
Finalmente respondió: —Su nombre es Aron —dijo con calma—.
Llegó hoy ante mí.
Y está bajo las órdenes de Raze Darcy.
—Ya veo… Phineas cerró los ojos.
El eco oscuro en su mente se silenció un segundo.
Fue entonces cuando ella confesó: —Algo no está bien en mí.
Y antes de que pudiera decir algo más, sintió cómo el suelo la abandonaba.
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