La nieve que cae en el desierto - Capítulo 119
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119: Capítulo 118: Es hermoso 119: Capítulo 118: Es hermoso Hakeem la levantó entre sus brazos sin advertencia alguna, sosteniéndola con una seguridad tan natural que ella se quedó sin aliento.
—Ya que estamos aquí, te llevaré a mi habitación —dijo con suavidad—.
Podrás descansar y hablaremos con calma.
Phineas se aferró de inmediato a su pecho, como si temiera que la dejara caer.
—No —suplicó—.
No me lleves allí.
No quiero volver a tu habitación…
solo te traerá problemas.
Hakeem exhaló con resignación.
—Escuchaste lo que Bajir dijo ayer, ¿verdad?
Phineas asintió sin levantar la mirada.
—No quiero que se enojen contigo por mi causa…
—Bajir exageró —respondió él, con una media sonrisa—.
Esa regla absurda de que solo las concubinas pueden dormir en mis aposentos me parece…
completamente ridícula.
Pero tenía que aceptarla.
Es la manera de mantener tranquilos a los ancianos del consejo.
Phineas no supo qué decir a eso.
Sus manos permanecieron tensas sobre la tela de su ropa, y su silencio hablaba por ella: cualquier palabra podría malinterpretarse y de algún modo, lo último que quería era herirlo.
Hakeem lo notó.
Con un gesto más suave, más íntimo, bajó un poco la mirada hacia ella.
—Está bien —dijo finalmente—.
No iremos allí.
—Entonces…
¿a dónde vamos?
Él sonrió, pero no fue la sonrisa del sultán, sino la de un niño emocionado.
—A mi lugar especial.
Ella quedó sorprendida.
—Quiero que estemos en un sitio donde nadie nos moleste —continuó él—.
Donde puedas respirar…
y donde yo pueda cuidar de ti sin que un consejo de acianos se desmaye por el escándalo.
Y sin esperar reclamos o quejas, comenzó a caminar con ella aún en brazos.
—Hakeem…
—Phineas murmuró, sintiendo el calor subirle a las mejillas—.
Por favor…
bájame.
Puedo caminar.
—No —respondió él, sin detenerse—.
Tu cuerpo aún sigue temblando.
Así llegaremos más rápido a los establos.
Ella apretó los labios, sin saber cómo refutar esa observación.
Pero lo intentó de todos modos: —Si alguien del palacio nos ve, podrían malinterpretar la situación…
Hakeem sonrió apenas, como si hubiera anticipado ese argumento desde el primer segundo.
—Ya pensé en un plan —dijo con seguridad.
Phineas lo miró, confundida.
—¿Qué plan?
Entonces él, con una naturalidad que la desconcertó, la miró directamente.
—Necesito que me quites el parche.
Phineas se lo quedó viendo, procesando la petición.
—¿Qué…?
—No puedo hacerlo yo mismo sin tener que soltarte.
¿Podrías ayudarme?
Ella sintió el calor intensificarse en sus mejillas.
La idea de tocarlo tan cerca del rostro, de estar tan próxima a él mientras la cargaba.
—Yo…
sí, claro —tartamudeó.
Con manos temblorosas, alzó los dedos hacia su rostro.
Podía sentir la calidez que emanaba de su piel, el leve movimiento de su respiración.
Se mordió el labio inferior, concentrándose en no dejar que sus nervios la traicionaran.
Con sumo cuidado, deslizó los dedos bajo el borde del parche y lo retiró lentamente.
Y entonces lo vio.
El contraste era casi hipnótico: su ojo izquierdo, cálido como el sol al amanecer y el derecho, castaño profundo, tan precioso como el jaspe.
«Ya de por sí con el parche tiene facciones hermosas…» pensó, sintiendo su corazón acelerarse.
«Pero así, su belleza resalta aún más.» Hakeem, notando la mirada fija sobre él, borró su sonrisa.
—¿Mis ojos de distinto color te incomodan?
—preguntó en voz baja, con un dejo de inseguridad.
Ella negó de inmediato, aún sosteniendo el parche entre sus dedos.
Sin pensarlo demasiado, con la mano libre, rozó suavemente con la punta de sus dedos el párpado inferior de su ojo dorado.
—No —susurró—.
Todo lo contrario…
Su voz se volvió apenas un hilo.
—Es hermoso.
El silencio que siguió fue tan intenso que ambos podían escuchar el latido de sus propios corazones.
Los dos se sonrojaron al mismo tiempo, como si el gesto los hubiera expuesto demasiado.
Hakeem desvió la mirada hacia el pasillo.
Phineas la desvió hacia su mano, que dejó caer de inmediato, avergonzada.
Buscando romper la tensión, carraspeó suavemente.
—¿Entonces…
cuál era tu plan?
—preguntó, intentando sonar casual, aunque su voz todavía tenía un leve nerviosismo.
Hakeem inspiró, recuperando la compostura.
—Mi plan —dijo, mientras ajustaba mejor su agarre para seguir caminando— es usar el poder de mi ojo para que nadie nos note.
Cuando alguien nos mire, simplemente verá otra cosa.
O mejor dicho, no verá nada relevante.
—¿Vas a usar una ilusión?
—Exacto.
—Hakeem sonrió de lado—.
Haré que nuestra presencia pase completamente desapercibida.
Ella frunció los labios.
«No sé si esto realmente funcionará…» pensó.
Pero no lo dijo en voz alta.
Lo comprobó por sí misma apenas doblaron la primera esquina.
Un par de guardias pasaron frente a ellos.
Uno de ellos incluso miró directamente hacia la figura de Hakeem cargándola en brazos, y simplemente siguió caminando, imperturbable, como si hubiera visto un pasillo vacío.
Luego una sirvienta, después otro guardia, luego dos ancianos discutiendo.
Nadie reaccionó.
Nadie los vio.
—Vaya…
—susurró Phineas, genuinamente impresionada—.
Tu poder realmente funciona.
Hakeem soltó una risa suave.
—¿Lo dudabas?
—Un poco —admitió ella con sinceridad.
Él siguió riendo mientras avanzaban.
—No es la primera vez que uso este truco —confesó—.
Ya he salido varias veces del palacio así.
Phineas lo miró con reprobación.
—Eso no es digno de un buen gobernante.
Hakeem fingió una expresión seria.
—Créeme, lo sé.
Entonces su mirada se volvió más suave, más honesta.
—Pero hay días…
—murmuró— en los que uno necesita alejarse de las responsabilidades.
Aunque sea un rato…
Respirar sin sentir que todo el reino te observa.
Phineas bajó la cabeza, comprendiendo aquel sentimiento de inmediato.
Era el mismo que le oprimía el pecho cuando estaba en Dorean.
Por eso solía escaparse del castillo.
«Fue muy hipócrita de mi parte llamarlo mal gobernante», pensó, arrepentida.
El silencio se instaló entre ellos mientras continuaban avanzando, envueltos en la ilusión que los mantenía invisibles.
Poco a poco, el lujo del palacio fue quedando atrás.
Los pasillos se volvieron más sencillos, la luz de las antorchas y lámparas más tenue, hasta que cruzaron el último umbral y salieron al exterior.
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