La nieve que cae en el desierto - Capítulo 121
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Capítulo 121: Capítulo 120: Sentimiento y confianza
La calidez del cuerpo de Phineas aún permanecía en sus manos. Hakeem no podía acallar los latidos de su corazón. La reacción física que ella le producía era innegable, y él lo sabía muy bien. ¿Tenía sentimientos? Sin duda, pero ¿qué tipo de sentimientos eran?
Él nunca fue bueno interpretando emociones. Mucho menos las propias. Lo habían educado para reprimir todo lo que sintiera y a temerle al afecto, inculcándole la idea de que aferrarse a alguien era sinónimo de debilidad y ruina. Entonces, ¿qué estaba pasando? ¿Por qué no podía apartar su mirada de Phineas?
—Es algo complejo, pero intentaré explicártelo —dijo ella, haciendo que Hakeem volviera a prestarle atención.
Él asintió despacio, sin interrumpirla, aunque por dentro se tensó. Había aprendido a escuchar sin reaccionar, a dejar que los otros hablaran primero, y esa costumbre volvió a imponerse.
Phineas inspiró hondo antes de continuar.
—El día que me desmayé en la puerta de tu oficina fue cuando empecé a practicar mi magia con Nubia —explicó—. Al principio pensé que sería algo menor, solo ejercicios, intentos por entender lo que soy capaz de hacer. Pero no fue así. Esa práctica me llevó a ver cosas que, aunque extrañas, no eran tan peligrosas —prosiguió—. Como verte a ti trabajando en la oficina.
«Así que pudo dominar la magia de proyección en tan poco tiempo», pensó Hakeem, un tanto orgulloso de aquel progreso. «Es sorprendente».
—Quise volver a practicar mientras te esperaba en el pasillo de tus aposentos —prosiguió ella—, y fue entonces cuando, involuntariamente, me reencontré con mi hermano. Con Caesar. Él no estaba solo. Un enviado de Gin’xiao, estaba con él —continuó, bajando un poco la voz—. Y él… supo que estaba allí. Fue consciente de mi presencia.
Hakeem endureció la mirada.
—No solo eso. Me habló. Me amenazó. Dijo que no debía interferir, que si no fuera por mi hermano ya me habría asesinado.
El silencio cayó entre ambos como una losa.
—Hoy más temprano oí su voz en mi cabeza tratando de convencerme de volver a Dorean —las manos de Phineas comenzaron a temblar, mientras las lágrimas caían por sus mejillas—. Y por un momento verdaderamente quise escapar y regresar a Dorean.
Hakeem no lo pensó. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. La rodeó con los brazos, atrayéndola contra su pecho en un gesto instintivo. Por un segundo pensó que Phineas se apartaría, que ese contacto era demasiado. Pero no ocurrió.
Ella se aferró a él.
Sus manos se cerraron con fuerza en la tela de su ropa.
—Todo está bien —murmuró, inclinándose apenas para hablarle al oído, con una voz más suave de lo que recordaba haber usado jamás—. Todo estará bien.
Sintió las lágrimas empapar su pecho, pero no la soltó.
—No estás sola. Estoy aquí para ti. Y te lo prometo… —apretó un poco más el abrazo, como si quisiera protegerla—, no dejaré que te hagan daño.
Phineas soltó un sollozo ahogado y hundió más el rostro contra él, aferrándose con más fuerza. Hakeem cerró los ojos un instante, capturando el momento a través de sus sentidos. No sabía en qué punto había cruzado la línea que tanto temía, pero ya no había vuelta atrás. Ella se había convertido en algo muy valioso para él.
—Gracias…
Hakeem se apartó apenas lo suficiente para poder verla. Con cuidado, alzó una mano y le limpió las lágrimas que todavía marcaban sus mejillas.
—Ojalá la próxima vez que te vea llorar —dijo en voz baja— sea de felicidad, y no por dolor o tristeza.
Ella lo miró, sorprendida, y una pequeña sonrisa temblorosa apareció entre sus labios.
Algo en esa sonrisa lo alivió, haciendo que el silencio que siguió no se sintiera pesado. Phineas respiró hondo, como si el temblor se hubiera disipado por completo, y volvió a apoyar la mirada en el horizonte por unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Hakeem… —dijo, con un tono más calmado—. La razón por la que más temprano fui hasta tu oficina era porque quería preguntarte algo.
Él ladeó un poco la cabeza, atento.
—Sobre Raze Darcy —continuó—. Cuando lo vi por primera vez sentí algo extraño. Como si ya lo hubiera visto antes. No sé dónde ni cuándo, pero fue una sensación muy clara.
Hakeem se sintió intrigado por el giro repentino de la conversación.
—No fue una simple intuición —añadió ella—. Fue… como un recuerdo lejano.
Phineas volvió el rostro hacia él.
—¿Qué sabes de Raze Darcy?
Él se tomó un instante antes de responder. No porque dudara de ella, sino porque la respuesta era, en verdad, frustrantemente breve.
—No mucho —admitió—. Siempre ha sido muy reservado con su historia. Nunca habla de su pasado.
Desvió la mirada un segundo, como repasando lo poco que sabía.
—Lo único que puedo decirte con certeza es que proviene de Dorean… y que es un erudito en su campo de estudio. Muy capaz, por cierto.
Phineas hizo un gesto de decepción.
—Ya veo… —murmuró.
Hakeem suspiró.
—Tal vez haya otra forma de saberlo —dijo entonces.
—¿A qué te refieres?
—A mis poderes —explicó con calma—. Si me permites acceder a tu mente, podríamos buscar ese recuerdo. Si Raze Darcy ya estaba en tu memoria antes de conocerlo aquí… entonces allí debería estar la respuesta.
El silencio se tendió entre ambos.
—No sería algo invasivo o traumático —añadió, con sinceridad—. Tú tendrías el control. Yo solo seguiría el rastro del recuerdo… nada más.
Phineas dudó apenas un segundo antes de asentir.
—Está bien —dijo finalmente—. Confío en ti.
Aquellas palabras fueron una caricia para el alma de Hakeem, quien con un gesto decidido, llevó la mano hasta su rostro y se quitó el parche.
—Mírame —le pidió con voz suave—. Fija tu mirada en la mía.
Phineas obedeció de inmediato. Sus mejillas se tiñeron de un rojo evidente mientras clavaba los ojos en él, rígida, como si temiera moverse o respirar. Hakeem notó el leve temblor en sus pestañas y, contra toda lógica, aquella reacción le resultó tierna. Se permitió esbozar una sonrisa.
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