La nieve que cae en el desierto - Capítulo 13
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13: Capítulo 12: Curiosidad 13: Capítulo 12: Curiosidad El viento del desierto susurraba historias que solo él podía entender.
En lo alto del cielo, una alondra de plumaje resplandeciente planeaba sobre la caravana que avanzaba con determinación a través del mar de arena.
Sus ojos, brillantes como oro líquido, seguían con particular interés a una figura envuelta en un haik blanco que viajaba junto a un comerciante azhariano.
Aksha la había percibido desde el momento en que ella pisó Ankarà.
Su esencia destacaba como una llama entre las innumerables almas que transitaban su dominio.
Descendiendo con sigilo, había posado su atención en ella, intrigado por lo que el viento le susurraba: no era una azhariana, como su vestimenta insinuaba, sino una doreana.
Y no cualquier doreana, sino Phineas Enoch Valentine, la princesa traidora.
El título significaba poco para él, pero su esencia era otra cuestión.
No llevaba consigo el aroma del remordimiento ni el miedo característico de los fugitivos sin propósito.
Había en ella algo más arraigado en su alma.
Algo que despertó su curiosidad.
Durante días la siguió, planeando sobre la caravana, posándose en los bordes de los carros, escuchando las conversaciones que apenas flotaban entre el sonido del viento.
Todo marchaba con normalidad hasta que, en el tercer día de travesía, la amenaza se presentó como solía hacerlo en Ankarà: rápida y silenciosa.
Un grupo de saqueadores emergió de entre las dunas como espectros de arena.
Su ataque fue salvaje y calculado a la vez.
Los gritos desesperados de los mercaderes y el estruendo metálico de las armas rompieron la serenidad del desierto.
Aksha mantuvo su posición en las alturas, observando con la impasibilidad de quien ha presenciado incontables tragedias.
Él no podía interferir en lo que el desierto reclamaba.
Aquella gente no tenía salvación; el desierto no era un lugar piadoso.
Sin embargo, lo que vio después lo sorprendió.
envolvieron, brazos poderosos sujetaron su cuerpo con la fuerza brutal de quienes han arrebatado innumerables vidas.
Pero ella no se doblegó.
La fragilidad de su cuerpo contrastaba violentamente con el fuego que ardía en su mirada.
Se retorció, luchó, y cuando encontró el momento preciso, hundió una daga en la garganta de uno de sus captores.
La sangre oscura manchó la arena y el hombre se desplomó sin emitir sonido alguno.
Phineas respiraba con dificultad, sus manos temblaban, pero no soltó la daga.
Aksha inclinó su pequeña cabeza de alondra, observando con un interés.
No esperaba ver a una princesa matar.
La nieve comenzó a caer como si el cielo mismo llorara por los caídos.
Aksha, aún en su forma de alondra, se posó en una roca cercana.
Sus ojos dorados brillaban con un fulgor etéreo mientras extendía su voluntad sobre los cuerpos inertes.
Las almas emergieron, susurros de existencia que se desvanecían en la brisa nocturna.
Él las recogió con la paciencia de quien ha repetido aquel acto incontables veces.
Por otro lado, Phineas corría sin rumbo, tropezando en la arena cada pocos pasos, la daga aún temblando en su mano.
Su respiración era errática, los latidos de su corazón resonaban con fuerza en sus sienes.
Apenas era consciente de la nieve que comenzaba a posarse sobre su cabeza.
Aksha ladeó la cabeza, entretenido por su desesperación.
Había visto a muchos huir, pero en ella había determinación.
No era una simple niña frágil que se desmoronaría en la primera tormenta.
Aún así, no llegaría lejos.
Con una belleza como la suya, era cuestión de tiempo para que los bandidos regresaran por ella, pues venderla significaría una gran cantidad de dinero.
Sí mencionar que la fatiga la alcanzaría pronto.
Tras terminar con su trabajo, Aksha se convirtió en arena y viajó a través del viento hasta donde estaba la princesa.
Para su sorpresa, ésta ya había recorrido una distancia considerable a pie.
Emergió del viento recuperando su forma de alondra, planeando con suavidad.
La niña —porque eso seguía siendo a sus ojos— se movía como un espectro, con pasos vacilantes.
Sus ojos ahora estaban vacíos, apagados, como si su espíritu estuviera flotando lejos de su cuerpo.
Sus pies desnudos dejaban rastros de sangre en la arena.
Había corrido desafiando el frío, la fatiga y el dolor.
Pero el desierto cobraría su precio.
No era una suposición.
Era un hecho.
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