Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La nieve que cae en el desierto - Capítulo 15

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La nieve que cae en el desierto
  4. Capítulo 15 - 15 Capítulo 14 Destino torcido
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

15: Capítulo 14: Destino torcido 15: Capítulo 14: Destino torcido Phineas, ahora sola en medio de la vastedad del desierto, permaneció inmóvil.

Su cuerpo temblaba, no solo de frío, sino de agotamiento.

Ya no tenía fuerzas para huir.

Aksha descendió y, en un parpadeo, su forma cambió.

Donde antes había un ave, ahora se encontraba un niño de cabellos anaranjado, amarrado en una larga trenza que descendía por su hombro y unos ojos dorados, que brillaban como brasas en la penumbra.

Se acercó sin prisa, y se sentó a su lado cruzando las piernas.

Ella iba a morir.

No podía evitarlo.

Pero al menos podía asegurarse de que muriera en paz.

Pronto el silencio fue interrumpido por un hilo de voz, débil y quebrado.

—¿Qué hace un niño aquí…?

Él giró el rostro y se encontró aquellos ojos verdes, casi apagados, fijos en él.

Dejó escapar una risa ligera, un sonido tan efímero como el viento deslizándose entre las dunas.

Le había causado gracia aquella pregunta, no por la ingenuidad detrás de ella, sino porque la escena le resultaba extrañamente familiar.

Hacía ya varios años, alguien más había estado en la misma situación.

Alguien con la piel cubierta de heridas, con los labios agrietados por la sed y los ojos enturbiados por el cansancio.

Alguien que, al verlo, había pronunciado exactamente la misma pregunta.

“¿Qué hace un niño aquí?” Recordar aquel momento hizo que la risa de Aksha se prolongara un poco más.

Phineas parpadeó lentamente, incapaz de comprender qué era tan gracioso.

La nieve continuaba cayendo, acumulándose sobre su cuerpo desnudo.

—¿Qué es tan divertido…?

—murmuró con dificultad, su voz apenas un aliento entrecortado.

Aksha ladeó la cabeza, sus ojos dorados refulgían con un brillo travieso.

—Nada en particular —respondió, aún sonriendo—.

Solo que me recuerdas a alguien.

Phineas no respondió de inmediato.

El peso del agotamiento la hundía más y más en el letargo.

El frío la abrazaba, y aunque sabía que debía mantenerse despierta, cada parpadeo se volvía más largo que el anterior.

Aksha la observó en silencio, y en un gesto compasivo se quitó su bisht y la cubrió.

No tardará mucho.

Suspiró y, con un movimiento pausado, extendió una mano.

La nieve pronto dejó de caer .

El silencio del desierto regresó, pesado y eterno.

Phineas ya no respiraba.

Sus labios se habían teñido de un azul pálido y su piel, ahora más blanca que nunca, contrastaba con el rojo que se expandía lentamente desde la herida en su cuello.

Aksha apartó la mirada de su rostro inerte y dirigió su atención a la serpiente que aún colgaba de su yugular.

No la había sentido acercarse.

Eso no era posible.

Con un movimiento brusco, la sujetó del cuello y la apartó del cuerpo de la princesa.

La apretó con más fuerza de la necesaria, observándola fijamente.

—¿Quién eres?

—preguntó, su tono carente de su usual calma.

La nieve volvió a caer, pero esta vez de forma violenta.

Aksha estaba furioso.

Chasqueó la lengua y arrojó la serpiente a un costado.

Antes de que tocara el suelo, su forma comenzó a distorsionarse.

Las escamas se convirtieron en piel, el cuerpo se alargó hasta tomar la silueta de un hombre.

Cabello negro, ojos afilados y una sonrisa apenas dibujada en los labios.

Era Hui Wei.

Aksha entornó los ojos, su expresión te tiñio de hostil.

—¿Qué hace aquí un perro faldero?

—preguntó con tono provocativo.

Hui Wei soltó una sonrisa.

—Tratando de sofocar la llama que iniciaste hace unos años, antes de que lo conviertas en un incendio.

Aksha se rió.

—¿Un incendio dices?

—sus ojos dorados brillaron con un fulgor burlón—.

Qué exagerado eres.

El joven de ojos afilados permaneció impasible, limpiándose la sangre que aún manchaba sus dedos.

—La exageración es tu especialidad, Aksha.

No la mía.

La nieve caía con mayor intensidad ahora, arremolinándose a su alrededor como una cortina.

Aksha bajó la mirada hacia el cuerpo de Phineas.

Su piel, antes pálida por el frío, se tornaba cada vez más blanca, como si la vida que la habitaba se estuviera desvaneciendo sin dejar rastro.

No era una muerte natural.

La serpiente no había sido una simple bestia del desierto.

—Así que incluso tú puedes asesinar sin titubear.

—No tenía opción.

—Hui Wei se encogió de hombros—.

No voy a permitir que esta chica se convierta en otra pieza de tu tablero.

—¿Y desde cuándo me importa tanto un simple humano?

—Desde que la seguiste.

Desde que la observaste con esos ojos.

Desde que invocaste una tormenta de arena solo para ahuyentar a los bandidos.

Aksha se cruzó de brazos, esbozando una sonrisa divertida.

—Haces que parezca que me importa.

—Sí te importa o no, no es mi problema.

Lo único que importa es que representaba un peligro.

Aksha rió otra vez, pero en sus ojos había algo distinto esta vez.

algo más oscuro.

El aire a su alrededor se volvió pesado.

Hui Wei sintió el cambio de inmediato.

—Siempre tan precipitado, Hui Wei… —murmuró Aksha, su sonrisa ensanchándose—.

Pero dime… ¿de verdad crees que puedes decidir quién vive y quién muere en mi dominio?

Hui Wei entrecerró los ojos.

—Si quieres pelear, Aksha, hazlo.

Pero no pierdas el tiempo con amenazas vacías.

—No es una amenaza.

Aksha se agachó.

Extendió su mano hacia Phineas y, con la yema de sus dedos, rozó la piel fría de su frente.

La nieve bajo ellos comenzó a derretirse.

Hui Wei frunció el ceño, dando un paso atrás.

Con los dedos aún sobre la frente de Phineas, sonreía con calma, pero sus ojos dorados relucían con un peligro latente.

—¿Sorprendido?

—murmuró, alzando la vista hacia Hui Wei.

El agua helada se filtraba en la arena, y el calor que emanaba del cuerpo de Phineas era innegable.

No debía ser posible.

La serpiente que Hui Wei había enviado no era una criatura ordinaria.

Su veneno estaba diseñado para extinguir el alma, no solo la vida.

Y aun así… Los dedos de Phineas se crispaban sobre la nieve húmeda.

Sus labios, antes azulados, volvían a recuperar algo de color.

Aksha inclinó la cabeza, sin apartar la mano de ella.

—¿Ves?

Te precipitas demasiado.

El otro joven apretó la mandíbula.

—¿Qué estás haciendo, Aksha?

—Corrigiendo un error.

—¡No es un error!

La voz de Hui Wei resonó en el desierto.

El viento cesó por un instante, como si el mismo Ankarà contuviera el aliento.

—Si ella vive, el destino de este mundo… No… del universo podría tambalearse —gruñó Hui Wei —.

No puedes interferir de esta manera.

Aksha ladeó la cabeza, divertido.

—Oh, pero ya lo hice.

Así que ve y dicelo a TÚ DUEÑO.

Hui Wei sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Phineas jadeó de repente, como si acabara de emerger de un sueño profundo.

Su pecho subía y bajaba con dificultad, sus pestañas temblaban.

Y cuando sus ojos se abrieron por completo, el reflejo del cielo nocturno en sus pupilas no fue lo único que se vio allí.

Había algo más.

Algo que ni siquiera Hui Wei esperaba.

El destino de Phineas Enoch Valentine acababa de torcerse, y el desierto entero lo había sentido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo