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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 16

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16: Capítulo 15: Recordando 16: Capítulo 15: Recordando Hakeem despertó de golpe, con el corazón agitado y la piel bañada de sudor.

Sus ojos vagaron por la penumbra de la habitación mientras su mente aún se aferraba a los retazos del sueño.

Un desierto cubierto de nieve, una joven de cabello como el fuego, una serpiente transformándose en hombre…

y sobre todo, la presencia de él.

A su lado, Nala se movió inquieta, su voz llena de preocupación.

—Mi señor…

—susurró, apenas despierta—.

¿Qué ocurre?

Hakeem no respondió de inmediato.

Inspiró hondo, levantó una mano temblorosa y se tocó el ojo izquierdo.

Le quemaba como aquel día.

Era una sensación que aún palpitaba en su cuerpo.

Pronto un murmullo sutil, casi como un aliento en su oído, se deslizó con el viento.

“Pronto estaré allí.” Su expresión, antes confundida, ahora reflejaba determinación.

Se incorporó y apartó las sábanas de un solo movimiento.

—Él viene en camino.

Nala se irguió en la cama, con el ceño fruncido.

—¿Él?

¿Quién es él?

Hakeem ignoró la pregunta.

Se puso de pie, tomó la bata de seda que reposaba sobre una silla cercana y se la colocó, junto con un parche de cuero que cubrió por completo su ojo izquierdo.

Sabía que Aksha vendría.

Salió al pasillo y, sin detenerse, llevó dos dedos a los labios y dejó escapar un silbido corto pero nítido.

Desde los grandes ventanales abiertos, una figura ágil irrumpió en el interior con la gracia de un depredador nocturno.

Su silueta femenina aterrizó en el suelo con suavidad felina, y sus ojos amarillos, rasgados y penetrantes, se posaron en él con alerta.

Tenía la apariencia de una mujer de mediana estatura, pero sus orejas triangulares y la larga cola esponjosa delataban su naturaleza no humana.

—Nubia —la llamó Hakeem sin detenerse—.

Hay que ir al jardín central.

Él pronto estará aquí.

La Fenhari inclinó la cabeza y lo escoltó sin cuestionamientos, aunque su instinto le decía que algo inusual había ocurrido.

Lo presentía en el viento, en la forma en que las criaturas del desierto susurraban con miedo en su lengua secreta.

Desde lo alto del palacio había sido testigo de la nevada que cayó sin razón aparente, y eso solo podía significar una cosa.

—¿Sabe por qué vendrá?

—preguntó, acelerando el paso para mantenerse a la par de Hakeem.

—No lo sé con exactitud —respondió él, sin mirarla—.

Me mostró pequeños fragmentos a través de mis sueños, pero no estoy seguro.

Nubia no insistió, pero sus orejas se movieron inquietas.

El jardín principal era un oasis dentro del palacio, un pulmón de verdor en medio del árido reino de Ak’Tenas.

Palmeras altas se mecían con la brisa matutina, y el aroma de jazmines flotaba en el aire.

La fuente central emitía un murmullo apacible, pero la atmósfera estaba cargada de tensión.

Hakeem se detuvo en el centro del jardín y barrió con la mirada a los guardias que lo escoltaban.

—Retírense —ordenó con voz firme—.

Nubia se hará cargo de mi seguridad.

Nadie cuestionó su mandato.

Uno a uno, los soldados se inclinaron y abandonaron el jardín, dejando solo al gobernante y su guardaespaldas.

Nubia cruzó los brazos y entrecerró los ojos, atenta a cualquier presencia.

El sol se abría paso sobre las dunas cuando el viento cambió.

Primero fue un leve sonido, luego una brisa inquieta y, finalmente, un torbellino de arena que se materializó en el centro del jardín.

La tormenta tomó forma ante sus ojos, y pronto, en su lugar, apareció una imponente bestia.

Un oso de pelaje pardo, cuyos ojos resplandecían como rayos de sol.

Hakeem inspiró profundamente y dio un paso adelante.

—Alem —murmuró.

Sin embargo, algo captó su atención de inmediato.

Aksha no venía solo.

Las enormes patas delanteras del oso sostenían con cuidado el cuerpo de una joven envuelta en una capa de viaje.

Su silueta era frágil, y aunque su rostro estaba oculto por la tela, notó la delicadeza de sus manos y el cabello anaranjado que escapaba del manto.

Un escalofrío recorrió su espalda.

¿Quién era esa muchacha que ya había visto en sus sueños…

y por qué la traía consigo?

Aksha dejó con cuidado el cuerpo de Phineas sobre el suelo cubierto de hierba.

Sus movimientos fueron suaves, casi reverentes, como si depositara un fragmento de algo valioso.

Luego, su forma comenzó a cambiar.

El colosal oso se desvaneció en un torbellino de arena que se reconfiguró en la figura de un niño de ojos esmeralda.

—Ha pasado tiempo —dijo con su voz tranquila, mirando a Hakeem—.

¿Cómo han estado?

Nubia se inclinó de inmediato en señal de respeto.

—Bienvenido de nuevo, mi señor.

Hakeem, en cambio, esbozó una sonrisa y cruzó los brazos.

—Siempre es un placer verte, Alem.

Su atención, sin embargo, no tardó en posarse en la joven tendida en el suelo.

Se acercó con pasos mesurados, observando su delicado rostro.

Aunque su piel estaba marcada por heridas y su cabello enmarañado por el viaje, su belleza era innegable.

Algo en ella le resultaba extrañamente familiar, pero no lograba precisar el motivo.

—¿Quién es ella?

—preguntó, sin apartar la mirada de la muchacha.

Aksha inclinó levemente la cabeza.

—¿Conoces el Imperio de Dorean?

Hakeem asintió.

—Por supuesto.

El niño alzó una ceja y su tono adquirió un matiz intrigante.

—Pues ella es, o mejor dicho, era, la princesa de allí.

Hakeem frunció el ceño.

—¿La princesa…?

Se quedó en silencio un instante.

Su mirada recorrió nuevamente los rasgos de la joven, y entonces, como si una pieza perdida encajara de golpe en su memoria, la recordó.

—Espera…

—susurró—.

Esta joven…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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