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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 17

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17: Capítulo 16: ¿Que fue lo que le paso?

17: Capítulo 16: ¿Que fue lo que le paso?

Hakeen ecordó la única vez que la vio, hace muchos años atrás.

Había sido apenas un encuentro fugaz, una reunión diplomática en la que él, aún joven, había acompañado a su padre.

La niña que tenía frente a él ya no era la misma de entonces, pero su cabello, que se asemejaba al fuego…

era inconfundible.

—¿Phineas?

Aksha asintió.

—Veo que la conoces.

Hakeem apartó la vista de la joven y miró a Aksha con seriedad.

—¿Qué le pasó?

—No lo sé con exactitud —respondió—.

Deberás esperar a que despierte para saberlo.

Hakeem alzó una ceja.

—¿Eso es todo?

Aksha negó con la cabeza.

—Lo único que puedo decirte ahora es que ella corre un gran peligro.

La expresión de Hakeem se endureció.

—¿A qué te refieres?

Aksha apartó la vista de él y observó el cielo teñido de los primeros tonos dorados del amanecer.

—Hay alguien que desea su muerte —dijo finalmente—.

Su mera existencia es una amenaza para él.

Hakeem sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No necesitaba preguntar quién podría ser.

En términos de política, una amenaza era algo que se eliminaba sin titubeos.

—Es por eso que la traje aquí —continuó Aksha, volviendo a mirarlo—.

Quiero que tú la protejas.

Hakeem no respondió de inmediato.

Su mirada analizó cada detalle de la situación antes de dejar escapar una risa baja.

—¿Y por qué yo?

Aksha sonrió con aire ladino.

—Porque tú y yo hicimos un pacto…

¿te acuerdas?

La voz del dios despertó algo dentro de él.

Un recuerdo vívido en lo más profundo de su memoria.

De repente, Hakeem ya no estaba en el jardín de su palacio, sino en aquel campo de batalla, donde el olor a sangre y muerte impregnaba el aire.

Recordó la nieve cayendo sobre su cuerpo moribundo, la figura infantil de Aksha inclinándose sobre él con esos ojos dorados e inhumanos.

—Si eres un dios, entonces no me dejes morir…

—había susurrado entonces, en su voz apenas quedaba un soplo de vida.

Aksha, con su característica expresión serena, ladeó la cabeza.

—Te salvaré, pero tomaré algo a cambio.

Sin fuerzas para negociar su destino, Hakeem aceptó.

Fue entonces cuando el dios se abalanzó sobre él con una ferocidad inesperada, sus dedos aferrándose a su rostro antes de que un dolor desgarrador lo atravesara.

Sintió cómo Aksha le arrancaba el ojo izquierdo sin piedad, la sangre caliente corriendo por su piel, y por un instante creyó que moriría de puro sufrimiento.

Pero luego, Aksha abrió la palma de su mano y dejó que su sangre dorada goteara dentro de la cavidad vacía.

Lo que siguió fue un ardor insoportable.

No solo su ojo se regeneraba, sino que una vitalidad inhumana lo invadía, reescribiendo hasta su esencia misma.

—A partir de ahora —había dicho Aksha, con esa voz impasible—, una parte de mí vivirá en ti.

Así que, a partir de este momento, tú me perteneces.

Ese es nuestro pacto.

El recuerdo se desvaneció y Hakeem volvió al presente, con la sensación de aquel calor todavía latente en su ojo.

Suspiró y miró a Aksha con resignación.

—Siempre encuentras la forma de recordármelo, ¿eh?

El dios solo sonrió, y sin más se desvaneció en un remolino de arena.

El viento que dejó a su paso fue cálido, seco, impregnado con el aroma del desierto.

Hakeem suspiró y bajó la vista hacia la joven inconsciente.

Con mucho cuidado, deslizó un brazo bajo sus piernas y otro detrás de su espalda, levantándola con facilidad.

Para su sorpresa, era demasiado liviana.

—¿Acaso no la alimentaban en el palacio?

—murmuró, observando su rostro pálido.

Soltó un resoplido y echó a andar con Phineas en brazos, mientras los primeros rayos del sol doraban las cúpulas del palacio.

—Que alguien prepare una habitación para ella.

Y que traigan agua y comida.

“Si Alem la trajo hasta aquí, sera mejor que se recupere rápido.”, pensó.

Nubia asintió y salió corriendo para dar las órdenes.

Mientras tanto, Hakeem continuó su camino, sintiendo el peso ligero de la joven en sus brazos.

Avanzó por los pasillos con pasos firmes, el eco de sus pisadas resonando en la piedra pulida.

Finalmente, llegó al anexo del palacio principal, donde Nubia ya lo esperaba.

Sin necesidad de palabras, ella lo guió hasta una habitación que había sido acondicionada con rapidez por las sirvientas.

La estancia era amplia y fresca, decorada con telas ligeras que colgaban del techo y lámparas de aceite que iluminaban suavemente el lugar.

En el centro de la habitación, una gran cama rodeada de almohadas esperaba.

Con sumo cuidado, Hakeem depositó a Phineas sobre el colchón, asegurándose de que su cabeza quedara cómodamente apoyada.

Se enderezó y la observó por un instante.

Ahora que la veía bajo la luz del amanecer, pudo notar con mayor claridad las heridas en su piel, la suciedad del viaje y la fatiga marcada en su rostro.

Era difícil de creer que una princesa hubiese terminado en semejante estado.

Exhaló con resignación y se retiró de la habitación para dejar que el doctor hiciera su trabajo.

Afuera, en el pasillo, Nubia lo esperaba con los brazos cruzados.

—Las sirvientas le traerán ropa limpia y agua caliente para bañarla —informó.

Hakeem apoyó una mano en la pared y se llevó la otra al rostro, masajeando su sien.

—¿Cómo puede una princesa acabar así…?

Nubia ladeó la cabeza, observando a su señor con interés.

—¿No crees que es algo que deberíamos preguntarle cuando despierte?

Hakeem dejó escapar un suspiro.

—Sí.

Pero por su estado, tardará en despertar.

Y así, los días pasaron.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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