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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Capítulo 17 Veo que ha despertado princesa
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18: Capítulo 17: Veo que ha despertado, princesa 18: Capítulo 17: Veo que ha despertado, princesa Cada jornada Hakeem se aseguraba de visitar la habitación donde Phineas reposaba.

Las heridas en su piel comenzaron a sanar lentamente, y aunque seguía sumida en la inconsciencia, había momentos en los que su cuerpo reaccionaba, bebiendo con dificultad el agua que las sirvientas acercaban a sus labios.

Solía quedarse a su lado, observándola en silencio.

Pero el silencio le resultaba incómodo, así que comenzó a hablarle, aun sabiendo que ella no podía responderle.

—Si pudieras responderme, te preguntaría si me recuerdas —dijo con los brazos cruzados, sentado junto a la cama—.

Aunque, bueno…

han pasado muchos años.

No te culparía si no lo hicieras.

La Phineas que yacía frente a él no se parecía en nada a la niña que había conocido hace tanto tiempo.

Sus facciones eran más definidas, su expresión más serena, pero también había algo frágil en ella, algo que le recordaba la delicadeza de un espejismo en el desierto.

Suspiró y apoyó un codo sobre el brazo de la silla, descansando la cabeza en su mano.

—Supongo que tendré que esperar para saberlo.

La observó en silencio por un momento, como si intentara reconstruir en su mente la imagen de aquella niña que había conocido tantos años atrás.

—Nos vimos una vez —murmuró, con la mirada perdida—.

Fue en Dorean, en un baile de compromiso.

Se recostó contra el respaldo de la silla y cerró los ojos un instante, dejándose llevar por el recuerdo.

—Yo tenía dieciséis años.

Fui allí con mi padre, Kavirash Abda segundo, sultán de Azhara, y mis tres hermanos menores.

La razón era pactar un compromiso entre mi hermana, Padma, y tu hermano, el príncipe Lars.

Los acuerdos se cerraron rápido, y luego hubo una gran celebración…

—Hakeem dejó escapar una risa breve—.

Pero los bailes nunca fueron de mi agrado.

Me cansé rápido de los saludos forzados y de las miradas de los nobles, esos que me observaban como si fuera un extraño.

Recordaba bien aquella sensación de estar fuera de lugar.

Azhara no era un reino que muchos conocieran, y él lo había sentido en cada conversación, en cada comentario apenas disimulado.

Por eso, había decidido alejarse de la multitud y salir a los jardines del palacio.

—Los jardines de Dorean eran inmensos, llenos de flores exóticas y caminos de mármol.

Caminé sin rumbo hasta que encontré una fuente luminosa.

Y fue ahí donde te vi.

Phineas tenía once años en aquel entonces.

Se había quitado los zapatos y remojaba los pies en el agua, completamente ajena a la celebración que tenía lugar en el interior del palacio.

Hakeem sonrió con nostalgia al recordar la escena.

—No parecías notar mi presencia, o quizás simplemente no te importó.

Pero me llamó la atención la tranquilidad con la que te sumergías en el agua, como si el bullicio de la fiesta no tuviera nada que ver contigo.

Miró a la joven inconsciente en la cama y suspiró.

—Eras solo una niña, que parecía llevar una vida tranquila y feliz…

Yo, que pronto iría a una batalla en el desierto, sentí envidia hacia ti.

Me preguntaba qué sería experimentar esa alegría que tenías en tu rostro.

Ahora, al verte aquí, no puedo evitar preguntarme cómo llegaste a este estado.

Phineas comenzó a moverse inquieta en la cama.

Su respiración se aceleró, sus manos se crisparon sobre las sábanas y su rostro se contrajo como si estuviera sumida en una pesadilla de la que no podía escapar.

—Lars…

—susurró con voz débil.

Hakeem sintió un leve escalofrío al escuchar aquel nombre.

—Nora…

—murmuró después, y entonces una lágrima rodó por su mejilla.

La expresión de Hakeem se suavizó.

Se notaba que estaba atrapada en los recuerdos de algo que la atormentaba.

Sin pensarlo demasiado, sacó un pañuelo de seda y con delicadeza limpió las lágrimas de su rostro.

Luego notó el sudor acumulándose en su frente y pasó el paño con la misma suavidad.

Fue en ese momento cuando se detuvo.

Algo no estaba bien.

Apoyó la palma de su mano sobre su frente.

Un calor alarmante se le impregnó en la piel.

—Está ardiendo…

—susurró para sí mismo.

Sin perder más tiempo, se puso de pie y giró hacia la puerta.

—¡Traigan un cuenco con agua fría y paños!

—ordenó.

Una de las sirvientas que aguardaban en el pasillo asintió y se apresuró a cumplir la orden.

Al regresar, colocó el primer paño húmedo en la frente de Phineas.

Hakeem observaba en silencio, sintiendo un extraño desasosiego en su interior.

Cuando la joven terminó su tarea, él levantó la mano, indicándole que se retirara.

—Yo me encargaré —ordenó con suavidad.

La sirvienta asintió con una leve inclinación y salió de la habitación en silencio, cerrando la puerta tras de sí.

Hakeem tomó un nuevo paño del cuenco, lo empapó con agua fría y lo colocó con delicadeza sobre el cuello de Phineas, intentando refrescar su piel ardiente.

Repitió el proceso una y otra vez, con paciencia y precisión.

A medida que la noche avanzaba, cambiaba los paños, mantenía húmedos sus labios con pequeños sorbos de agua y vigilaba cada uno de sus gestos en busca de alguna señal de mejoría.

Los murmullos de Phineas fueron menguando con el paso de las horas.

Ya no agitaba los labios en sueños ni derramaba lágrimas inconscientes.

Su respiración se volvió más profunda y serena, y aunque seguía débil, el calor febril que la envolvía comenzó a disiparse.

Cuando los primeros rayos del sol atravesaron las cortinas, tiñendo la habitación con un cálido resplandor dorado, Hakeem se permitió exhalar largamente.

Se inclinó sobre Phineas y, tras asegurarse de que su temperatura era estable, dejó el último paño húmedo sobre su frente.

Con un suspiro pesado, se dejó caer en el asiento junto a la cama, cerrando los ojos por primera vez en toda la noche.

El agotamiento lo alcanzó de inmediato, pero no lo suficiente como para sumergirlo en un sueño profundo.

Solo se permitió descansar un momento, dejando que la luz matutina acariciara su rostro.

El silencio de la habitación era casi absoluto, roto solo por el tenue susurro del viento colándose entre las cortinas.

Hakeem, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, disfrutaba de aquel breve momento de reposo tras la larga noche en vela.

Sin embargo, una sensación extraña lo hizo fruncir el ceño.

Era la inconfundible sensación de ser observado.

Su instinto lo llevó a abrir los ojos de inmediato, y su respiración se entrecortó al encontrarse con un par de ojos púrpuras mirándolo fijamente.

Phineas se había despertado.

Su rostro estaba sorprendentemente cerca del suyo, tanto que pudo notar el leve temblor de sus pestañas y la confusión en su mirada.

No dijo nada, solo lo observaba, como si tratara de reconocerlo.

Hakeem, sin apartar la mirada, tragó saliva y, con voz baja, rompió el silencio: —Veo que al fin ha despertado, princesa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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