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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 18 Un lugar desconocido
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19: Capítulo 18: Un lugar desconocido 19: Capítulo 18: Un lugar desconocido El viento soplaba con violencia, levantando la arena en remolinos que cegaban su vista.

A lo lejos, Azhara se alzaba como un espejismo entre las dunas, pero Phineas solo tenía ojos para las dos figuras que la esperaban más adelante.

—¡Lars!

¡Nora!

Sus voces la llamaban con ternura, con el mismo amor de siempre.

Corrió hacia ellos con desesperación, sintiendo que su corazón iba a estallar de felicidad.

Iban a reunirse, iban a abrazarse.

Pero de repente, una ráfaga violenta de arena la golpeó con brutalidad, haciéndola trastabillar.

La tormenta surgió de la nada, rugiendo con una furia inhumana.

Phineas se cubrió el rostro con los brazos y avanzó a tientas, forzando sus piernas a moverse.

—¡No se vayan!

¡Estoy aquí!

Pero el vendaval era despiadado.

La arena le arañaba la piel, se filtraba en su garganta, ahogando su voz.

Y cuando, finalmente, la tormenta se disipó, lo único que quedó fue el silencio.

Lars y Nora yacían inmóviles sobre la arena.

Sus cuerpos inertes, sus ojos abiertos y apagados.

—No…

El aire se le atascó en la garganta.

Sus piernas temblaron hasta fallarle, obligándola a caer de rodillas junto a ellos.

Sus manos buscaron sus rostros, temblorosas, pero no encontraron más que piel fría.

—No…

¡NO!

Las lágrimas brotaron de sus ojos con una intensidad arrolladora.

Un sollozo desgarrador escapó de sus labios, pero en medio de su lamento sintió algo detrás de ella.

Una presencia.

—No puedes morir aún.

Phineas giró abruptamente y el desierto desapareció.

Ya no estaba rodeada de arena y muerte, sino de un vasto prado cubierto de amapolas que danzaban bajo la brisa.

La calidez del sol acariciaba su piel.

Tras ella, un árbol imponente extendía sus ramas como un refugio.

Y sobre su hombro, descansaba alguien.

Un joven de piel oscura y cabellos revueltos.

Su mera presencia le resultaba extrañamente familiar, aunque su mente no encontraba recuerdos que justificaran ese sentimiento.

El pecho le latía con fuerza.

Algo dentro de ella lo reconocía.

Algo profundo y melancólico.

—Despierta, Niram —susurró, sin entender por qué aquel nombre salía de sus labios con tanta naturalidad.

Él no abrió los ojos.

Solo sonrió con melancolía y murmuró: —Solo un poco más…

Déjame disfrutarte un poco más antes de que te vayas.

—¿Irme?

¿A dónde?

El joven finalmente levantó la cabeza y la miró.

Phineas quedó atrapada en el brillo de sus ojos.

Ojos verdes, resplandecientes como esmeraldas vivas.

Tan cálidos, tan conocidos…

y al mismo tiempo, extraños.

—A cumplir el juramento que una vez hiciste.

Ella no entendió.

Él sonrió con ternura y acarició su mejilla con la suavidad de una pluma.

Luego, inclinándose levemente, depositó un beso en su frente.

—Prometo que algún día volveré a estar a tu lado.

Hasta entonces, cuídate…

Kanda.

La última palabra fue un golpe directo a su alma.

Todo su cuerpo se estremeció.

Una descarga recorrió cada fibra de su ser.

“Kanda.” El mundo a su alrededor se desmoronó y, con un jadeo entrecortado, Phineas despertó.

Su cuerpo entero se sentía adolorido, pesado, como si hubiera dormido durante siglos.

Un calor residual hormigueaba en su piel, vestigios de la fiebre que la había consumido.

Intentó parpadear, pero su visión era borrosa, y los destellos de su extraño sueño todavía flotaban en su mente, difusos como la neblina matinal.

A medida que los segundos transcurrían, su entorno fue cobrando forma.

No estaba en su habitación, ni en ningún lugar que le resultara familiar.

La estancia era amplia, con telas colgantes de colores cálidos que oscilaban suavemente con la brisa.

Varias lámparas de aceite resplandecían en rincones estratégicos, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de intrincados grabados.

Las ventanas, de formas poco convencionales, filtraban la luz del amanecer.

Lentamente, alzó una mano y notó un paño húmedo sobre su frente.

Frunció el ceño con confusión y lo retiró, dejándolo caer sobre las sábanas.

Sus músculos protestaron cuando intentó incorporarse, pero con esfuerzo logró sentarse en la cama.

Fue entonces cuando sintió su corazón detenerse por un instante.

A su lado, en un sillón de madera con cojines bordados, reposaba una figura masculina.

El dolor aún mantenía sus ojos entrecerrados, impidiéndole distinguir sus facciones con claridad.

Pero la silueta era imponente.

Sus hombros anchos y su torso marcado quedaban parcialmente al descubierto debido a la bata entreabierta que llevaba puesta.

Phineas sintió un calor inusual trepar por su rostro y rápidamente apartó la mirada, avergonzada.

Se obligó a respirar hondo, tratando de ignorar el pudor que la invadía, y dirigió su atención a su rostro.

Lo primero que captó su mirada fue el parche negro que cubría su ojo izquierdo, pero más allá de ese detalle, sus facciones eran sorprendentemente simétricas y definidas.

Su cabello, de un tono azul oscuro, caía más allá de sus hombros.

Incluso en reposo, había en él un aire de autoridad natural.

Sin estar despierto, ya denotaba ser alguien hermoso e imponente.

Phineas tragó saliva.

¿Quién era él…?

Fue entonces que el joven abrió los ojos, sorprendiéndola.

—Veo que al fin ha despertado, princesa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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