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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Capítulo 1 Corriendo por los callejones
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2: Capítulo 1: Corriendo por los callejones 2: Capítulo 1: Corriendo por los callejones El amanecer bañaba las torres del palacio imperial, mientras el bullicio del mercado comenzaba a cobrar vida más allá de las murallas.

El aroma a pan recién horneado y especias exóticas flotaba en el aire, mezclado con el retumbar de las campanas del puerto.

En los pasillos del palacio imperial, sin embargo, reinaba el caos.

—¡¿Dónde está la princesa?!

—exclamó Marla, la doncella mayor, llevándose las manos al cabello.

—Su habitación está vacía —jadeó una joven sirvienta, apoyándose en el marco de la puerta—.

Y la ventana…

está abierta.

Todas se asomaron al ventanal y vieron, a lo lejos, el toldo rasgado de una pérgola en el jardín.

La princesa había escapado otra vez.

—¡Por todos los cielos!

Hoy es el banquete de bienvenida del príncipe Caesar.

¡Su Majestad nos va a matar!

—¡Si es que no lo hace primero el maestro de ceremonias!

—añadió otra con voz temblorosa.

Las doncellas se dispersaron como un enjambre, algunas corriendo hacia las cocinas, otras hacia los guardias, mientras Marla suspiraba resignada.

Conocía demasiado bien a la princesa.

—Se ha ido al mercado, lo sé.

—Negó con la cabeza—.

Solo espero que esta vez no vuelva con otro gato callejero…

Más allá de las murallas, los callejones de Dorean eran un laberinto de aromas, colores y voces.

La princesa Phineas, envuelta en una capa marrón con el rostro ensombrecido por la capucha, zigzagueaba entre puestos de frutas y artesanías, con el corazón desbocado.

—¡Detente, ladrona!

—rugió una voz a su espalda.

—¡Yo no robé nada!

—gritó ella sin detenerse.

El sonido de pasos pesados resonó detrás de ella.

Dos hombres corpulentos la seguían, empujando a quien se interpusiera en su camino.

Phineas giró bruscamente hacia un callejón y saltó sobre una caja de madera.

«Solo quería comprar galletas de miel…

¿Cómo terminé en esto?», pensó, jadeando.

Al otro lado del callejón, una pared alta bloqueaba su paso.

Escuchó cómo los hombres se acercaban, maldiciendo entre dientes.

Estaba atrapada.

—Vamos, niña, sabemos que estás aquí.

Phineas retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared.

Su respiración era rápida y desordenada.

Entonces, vio una piedra suelta en el suelo y la tomó con fuerza.

—Si se acercan, les romperé la cabeza —amenazó, con más valentía en la voz que en el cuerpo.

—Miren eso, la gatita tiene garras —se burló uno, sacando un cuchillo.

Phineas tragó saliva.

Era obvio que no podía hacerles frente.

El hombre dio un paso hacia ella, y en ese momento, una sombra cruzó el callejón a toda velocidad.

Un golpe seco, un quejido ahogado y el primero de los matones cayó al suelo.

El segundo hombre ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar antes de que una figura encapuchada lo derribara con un movimiento limpio, dejándolo inconsciente.

—¿Se encuentra bien?

—preguntó, volviéndose hacia ella.

Phineas asintió, aún temblando y con la piedra aferrada a su mano.

La capucha cayó hacia atrás, dejando al descubierto una cabellera negra azabache y unos ojos azules familiares, que brillaban a la luz del sol.

Era Nora, un joven caballero de la guardia imperial, y su amigo de muchos años.

—Este no es un buen lugar para una princesa —dijo él, con una sonrisa ladeada.

Phineas bufó, cruzándose de brazos.

—¿Otra vez con lo de “princesa”?

Sabes que odio que me llames así.

—Y usted sabe que odio tener que sacarla de líos —respondió Nora, con una sonrisa que suavizó el reproche en su tono.

En ese instante, el sonido de pasos apresurados y voces acercándose rompió su breve momento de tregua.

Eran soldados del palacio.

Al reconocer a Phineas, detuvieron su marcha, pero sus miradas delataban nerviosismo.

—¡Alteza!

—exclamó uno de ellos, casi sin aliento—.

¡El palacio está en caos!

¡Sus doncellas dijeron que había desaparecido!

Phineas rodó los ojos, como si todo fuera una exageración.

—¿Desaparecer?

Solo…

tomé un paseo.

Nora soltó una breve risa.

—Sí, como si correr por los callejones pudiera considerarse un paseo.

La princesa le lanzó una mirada de reojo.

—¿Vas a delatarme?

Él sonrió.

—¿Y perderme la diversión de ver cómo le explica esto a Caesar?

Jamás.

—Eres imposible —dijo Phineas, pero su sonrisa lo desmentía.

—Lo sé —respondió extendiendo la mano—.

Pero ahora volvamos al palacio…

antes de que Su Majestad el emperador enloquezca.

Phineas, escoltada por un grupo de soldados, se retiró del callejón y se subió a un carruaje.

Este avanzó entre los adoquines con un suave traqueteo, mientras ella se apoyaba contra la ventana, observando con aburrimiento cómo la ciudad quedaba atrás.

Un suspiro escapó de sus labios.

—Lástima…

—murmuró—.

Quería comprar esas galletas de miel para Caesar.

Su expresión se ensombreció.

Ahora, regresar con las manos vacías le pesaba más que cualquier regaño que pudiera recibir en el palacio.

El carruaje cruzó las grandes puertas y se detuvo frente al pórtico principal.

Apenas puso un pie fuera, una voz severa la recibió.

—¡Princesa Phineas!

Marla, su aya y principal consejera, se acercó con pasos firmes, su mirada cargada de desaprobación.

—¡¿En qué estaba pensando?!

—espetó, cruzándose de brazos—.

Su ceremonia de mayoría de edad está a la vuelta de la esquina, y sigue comportándose como una niña.

Phineas, irritada, frunció el ceño.

—¿Y qué esperas de mí?

Todos se apresuran a juzgarme, pero nadie se toma la molestia de entenderme.

Marla abrió la boca para responder, pero una mirada de la princesa bastó para que guardara silencio.

Las doncellas, que aguardaban en la entrada, decidieron no intervenir.

En cambio, se apresuraron a llevarla a su alcoba para prepararla.

—Vamos, princesa —dijo una de ellas con suavidad—.

El banquete comenzará pronto y necesita alistarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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