La nieve que cae en el desierto - Capítulo 21
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21: Capítulo 20: Fragilidad 21: Capítulo 20: Fragilidad “Princesa…” Ya no era una princesa.
No tenía un reino al cual pertenecer, ni un pueblo que la viera como su soberana.
Ese título, que antes le había parecido una carga y un deber a partes iguales, ahora sonaba hueco en sus oídos.
—No me llamen así —pidió en un tono más bajo, casi avergonzada de pronunciarlo en voz alta.
Priya y Prima parecieron sorprendidas por su petición, pero no discutieron.
—¿Cómo desea que la llamemos?
—preguntó Priya.
Phineas tardó en responder.
En realidad, no lo sabía.
¿Qué era ella ahora?
—Solo…
llámenme por mi nombre.
No hay necesidad de formalidades.
Priya y Prima abrieron los ojos con sorpresa y, de inmediato, se inclinaron con expresión de disgusto.
—Eso sería una falta de respeto imperdonable, princesa —dijo Prima con firmeza.
—No podemos referirnos a usted de una manera tan informal —añadió Priya, con la misma convicción.
Phineas sintió un leve dolor de cabeza.
No estaba acostumbrada a que le llevaran la contraria en algo tan trivial, pero entendía que para ellas aquello no era un simple capricho.
—Entonces…
—hizo una pausa, pensando en una solución—.
A partir de ahora, llámenme ‘señorita’.
Las gemelas intercambiaron una mirada, luego se giraron hacia ella y asintieron con una leve sonrisa.
—Si eso es lo que desea, señorita —respondieron al unísono.
Phineas sintió un leve alivio.
No era exactamente lo que quería, pero al menos ya no la llamarían princesa.
—Bien, entonces…
—Ahora debemos prepararla, señorita —la interrumpió Priya con amabilidad.
—La llevaremos a la piscina del sultán para que reciba un baño —añadió Prima.
Phineas parpadeó.
—¿Un baño?
—Sí.
Debe relajarse y recuperar fuerzas.
La piscina del sultán es un lugar especial, su agua es cristalina y cálida, perfecta para el cuerpo y el espíritu —explicó Priya.
—Se dice que los antiguos habitantes de Ak’Tenas la usaban para purificarse —agregó Prima con orgullo.
Phineas no estaba segura de qué tan cierto era eso, pero no podía negar que un baño le sentaría bien.
Su cuerpo todavía se sentía entumecido y su cabello estaba pegajoso por el sudor de la fiebre.
—Está bien —aceptó, con algo de resignación—.
Llévenme.
Justo cuando intentó levantarse por sí misma, sintió un fuerte tirón en sus piernas.
Apenas pudo apoyar los pies en el suelo antes de que el dolor la atravesara como un relámpago, obligándola a soltar un jadeo ahogado.
—Tenga cuidado, señorita —advirtió Prima con preocupación.
Antes de que pudiera insistir en ponerse de pie, Kou se adelantó.
—Permítame —dijo con voz firme.
Phineas lo miró con duda, pero antes de que pudiera responder, el espadachín se inclinó ligeramente frente a ella y agregó: —Le pido disculpas de antemano.
Y sin más preámbulos, la sujetó con firmeza y la levantó en brazos.
—¡E-Espera!
—exclamó ella, sintiendo un repentino calor en las mejillas—.
Puedo hacerlo sola.
—No, no puede —replicó Kou con calma—.
Sus pies aún no están en condiciones.
Phineas apretó los labios, indignada por su propia debilidad, pero no tuvo más remedio que ceder.
Kou la trasladó con facilidad hasta una silla móvil de madera con detalles dorados, ubicada al lado de la cama.
Con sumo cuidado, la acomodó en el asiento y luego se apartó, sin decir nada más.
Phineas evitó mirarlo directamente.
—Gracias…
supongo.
Kou inclinó levemente la cabeza, pero no respondió.
Priya y Prima, por su parte, parecían satisfechas con la actitud diligente del espadachín.
—Entonces, partamos hacia la piscina del sultán —anunció Priya, tomando las asas de la silla.
—Le garantizamos que se sentirá mucho mejor, señorita —añadió Prima con una sonrisa.
Phineas suspiró y se dejó llevar
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