La nieve que cae en el desierto - Capítulo 22
- Inicio
- Todas las novelas
- La nieve que cae en el desierto
- Capítulo 22 - 22 Capítulo 21 Conociendo el palacio
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: Capítulo 21: Conociendo el palacio 22: Capítulo 21: Conociendo el palacio El recorrido por el palacio resultó más interesante de lo que Phineas había imaginado.
Mientras avanzaban por los pasillos de mármol pulido, Priya y Prima se tomaron el tiempo de señalarle los distintos espacios, ofreciéndole una breve explicación sobre cada uno.
—Actualmente, se encuentra en el anexo reservado para visitantes extranjeros —comentó Priya—.
Es un área apartada del núcleo del palacio, pero con todas las comodidades necesarias.
Phineas asintió, observando con atención los detalles de la arquitectura.
Los muros estaban decorados con relieves intrincados, y lámparas de aceite colgaban en intervalos regulares.
Al pasar junto a un conjunto de arcos abiertos en la pared, Phineas entrecerró los ojos al percibir un estallido de color en el exterior.
Se inclinó ligeramente hacia un lado para observar mejor y contuvo el aliento.
Ante ella se desplegaba un jardín exuberante, un verdadero oasis dentro del palacio.
Altos árboles con frondosas copas brindaban sombra a senderos de piedra, bordeados de flores de colores vivos.
Fuentes de agua cristalina reflejaban la luz del sol, y enredaderas trepaban por los pilares de mármol, dándole al lugar un aire encantador y apacible.
—Es hermoso…
—murmuró sin darse cuenta.
—Es uno de los lugares más preciados del palacio —comentó Prima—.
Cuando tenga más fuerzas, puede venir a pasear por aquí si lo desea.
Phineas asintió, todavía maravillada por la vista.
Sin embargo, su atención se desvió cuando pasaron frente a una gran puerta de madera ornamentada con detalles dorados.
Priya se detuvo un instante y señaló el acceso.
—Esa puerta conduce al harén.
Phineas parpadeó, confundida.
—¿El harén?
¿Qué es eso?
Las doncellas intercambiaron una mirada y luego fue Prima quien respondió con una sonrisa paciente: —Es parte de la cultura de Ak’Tenas.
Allí viven las concubinas del sultán.
—¿Concubinas?
—repitió Phineas, aún sin comprender del todo.
—Mujeres que le han sido entregadas por mandatarios de otros reinos que buscan estrechar lazos con la realeza.
El rostro de Phineas se encendió al instante cuando comprendió el significado.
—Oh…
Priya rió suavemente al notar su expresión.
—No se preocupe, es normal que le sorprenda.
Cada reino tiene sus costumbres.
Phineas asintió torpemente y apartó la mirada, sintiendo que el calor en sus mejillas tardaba en disiparse.
Afortunadamente, el recorrido continuó sin más temas embarazosos.
Luego de avanzar un poco más, Priya señaló un edificio enorme que se alzaba al otro lado del jardín.
—Aquello que ve allá es el cuartel del ejército.
Phineas observó el edificio con interés.
La estructura tenía un diseño sólido y funcional, con varias torres de vigilancia y un extenso patio de entrenamiento.
—Es donde se forman los soldados de Ak’Tenas —agregó Prima—.
Y donde Kou y los demás miembros de la guardia imperial reciben su instrucción.
Phineas miró de reojo a Kou, quien se mantenía en silencio, caminando a su lado con su postura recta y su expresión imperturbable.
El recorrido estaba siendo revelador, y aunque aún se sentía algo ajena a su entorno, Phineas no podía negar que estaba comenzando a comprender un poco más sobre el reino en el que se encontraba.
Mientras avanzaban por el pasillo, un grupo de figuras apareció desde el otro extremo, moviéndose con gracia y porte refinado.
Phineas levantó la vista y su mirada quedó atrapada en la mujer que encabezaba el pequeño séquito.
Era simplemente deslumbrante.
Su piel, blanca como la porcelana, parecía brillar bajo la luz del día.
Su cabello rubio caía en ondas elegantes, recordándole el resplandor dorado del sol, y sus ojos, de un azul profundo, poseían una intensidad difícil de ignorar.
Su porte era majestuoso, casi divino, como si caminara sobre un pedestal invisible.
Priya y Prima reaccionaron de inmediato, inclinándose en una reverencia.
—Saludos a la concubina Freya —dijeron al unísono.
Phineas parpadeó, aún impresionada por su presencia, pero su asombro se transformó en desconcierto cuando la mujer pasó junto a ella.
La mirada que le dirigió fue severa, cargada de una sensación de desagrado, como si su sola presencia fuera una ofensa.
Freya no correspondió al saludo de las doncellas ni se detuvo un solo instante.
Simplemente siguió su camino con su escolta, desapareciendo al final del pasillo sin voltear atrás.
Phineas bajó la mirada, sintiendo un nudo de incomodidad en su estómago.
—¿Por qué me miró así…?
—susurró, más para sí misma que para los demás.
Priya y Prima intercambiaron una mirada rápida antes de apresurarse a calmarla.
—No es su culpa, señorita —dijo Priya con suavidad—.
Los rumores viajan rápido en el palacio, y es probable que la concubina ya esté al tanto de su estatus de princesa.
—Además…
—agregó Prima con un tono más cauto—.
Desde que usted llegó, el sultán ha estado ausente del harén.
Se dice que ha estado dedicando su tiempo a cuidarla personalmente.
Phineas sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Eso qué tiene que ver?
Priya suspiró.
—Las concubinas compiten por la atención del sultán.
Si él ha desviado su atención de ellas por su causa, es probable que algunas la vean como una amenaza.
Phineas abrió los ojos con sorpresa y, de inmediato, agitó las manos con evidente nerviosismo.
—¡Pero eso no tiene sentido!
Yo no…
¡Yo no pretendo nada con el sultán!
La idea de estar en medio de un conflicto dentro del harén la inquietaba profundamente.
No quería ser vista como una enemiga, mucho menos cuando ni siquiera comprendía del todo su propia situación en Ak’Tenas.
Priya y Prima la observaron con comprensión, pero no dijeron nada más.
Kou, quien se había mantenido en silencio todo este tiempo, no reaccionó a la conversación, limitándose a cumplir su deber como escolta.
El recorrido finalizó frente a una gran puerta dorada, imponente y majestuosa, cuyos detalles tallados llamaron de inmediato la atención de Phineas.
En su centro, una imagen en relieve mostraba a una mujer alada, de expresión solemne, con una enorme torre elevándose detrás de ella.
La simbología le era completamente desconocida, pero la sensación que le transmitía era de poder.
A los costados de la puerta, un grupo de guardias permanecía inmóvil, sus armaduras brillando a la luz de los faroles.
En cuanto notaron su presencia, realizaron una reverencia y, con un gesto coordinado, las enormes puertas doradas se abrieron.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com