La nieve que cae en el desierto - Capítulo 23
- Inicio
- Todas las novelas
- La nieve que cae en el desierto
- Capítulo 23 - 23 Capítulo 22 Pánico
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
23: Capítulo 22: Pánico 23: Capítulo 22: Pánico El interior dejó a Phineas maravillada.
El techo estaba adornado con intrincados frescos que narraban historias que no comprendía del todo.
Las paredes, igualmente decoradas, parecían ilustrar momentos de una cultura rica y antigua.
En el centro del gran vestíbulo, una escalera de mármol ascendía y se dividía en dos, formando un camino elegante hacia los pisos superiores.
—Bienvenida al palacio principal, señorita —anunció Priya con una sonrisa—.
Este es el corazón de Ak’Tenas.
Aquí reside el sultán.
Antes de que Phineas pudiera responder, notó que toda la servidumbre del lugar se había formado en dos filas a los costados del pasillo.
Uno a uno, comenzaron a inclinarse en señal de respeto.
Phineas sintió el calor subir a su rostro.
La escena le resultaba demasiado abrumadora.
No quería recibir semejante reverencia cuando ya no se consideraba parte de la realeza.
Hizo un gesto torpe con la mano, tratando de corresponder de alguna manera el saludo, aunque sentía que su reacción no era la correcta.
Una vez terminado aquel momento incómodo, fue conducida hacia el inicio de una escalera subterránea.
La estructura descendía en espiral, sumergiéndose en la profundidad del palacio.
—Allí abajo se encuentra la piscina del sultán —explicó Prima—.
Es donde recibirá su baño, señorita.
Phineas asintió, pero justo cuando intentó moverse por sí sola, una voz firme interrumpió su acción.
—Permítame.
Kou avanzó un paso y, con un leve suspiro, volvió a inclinarse hacia ella.
—Mis disculpas de antemano —murmuró, antes de sujetarla con firmeza y alzarla entre sus brazos.
La vergüenza de Phineas alcanzó un nuevo nivel.
Por mucho que intentara racionalizar la situación, no podía evitar sentirse extremadamente incómoda al ser sostenida de esa manera.
Kou descendió con pasos firmes y seguros, sin dar señales de esfuerzo, pero Phineas no pudo evitar aferrarse a su cuello cuando sintió que el equilibrio de su propio cuerpo titubeaba.
—¡Ah!
—Tranquila —la calmó Kou con voz serena—.
No la soltaré.
Fue en ese momento, al alzar la mirada, que Phineas notó un detalle que la distrajo de su propia incomodidad.
Las orejas de Kou estaban rojas.
Él también estaba avergonzado.
Phineas parpadeó, sorprendida por aquel detalle, pues pensaba que una persona tan seria y desinteresada como demostraba ser, no podía tener ese tipo de reacción.
Ella sonrió y por un instante, olvidó su propia vergüenza.
Cuando llegaron al final de la escalera, una fina capa de vapor los envolvió.
La humedad del ambiente acarició la piel de Phineas, y el sonido del agua corriendo la sumió en una sensación de calma.
La piscina ante ella era como un espejo líquido suspendido en el aire, pues el agua que rebalsaba de los bordes parecía desvanecerse en el vacío.
Desde lo alto del techo, un hilo fino de agua descendía en una cascada suave, llenando la piscina sin cesar.
La luz tenue de las lámparas se reflejaba en la superficie cristalina, creando destellos que danzaban con el movimiento del agua.
—Déjala aquí, Kou.
Nosotras nos encargaremos del resto —ordenó Prima con su tono habitual, sereno pero firme.
Kou asintió y, con la misma delicadeza con la que la había cargado hasta allí, acomodó a Phineas en el borde de la piscina.
Sus manos duras y firmes la sostuvieron unos segundos más, asegurándose de que estuviera estable.
Luego, sin decir una palabra, se retiró con pasos silenciosos, perdiéndose en la bruma del vapor.
Phineas lo siguió con la mirada hasta que desapareció.
Aún sentía el calor de sus manos sobre su piel, pero sacudió levemente la cabeza, tratando de apartar aquel pensamiento.
No tenía sentido pensar en eso ahora.
—Bien, señorita Phineas —dijo Priya con una sonrisa—.
Es hora de que se relaje.
Nosotras la ayudaremos.
Las manos cuidadosas de Prima y Priya se movieron con destreza, retirando con delicadeza las prendas de Phineas.
Ella sintió el aire cálido y húmedo envolver su piel desnuda, y antes de poder reaccionar, las doncellas la ayudaron a entrar en la piscina con suavidad.
El agua tibia la recibió como un abrazo reconfortante.
Un suspiro escapó de sus labios al sentir cómo el calor aliviaba la tensión en su cuerpo adolorido.
Por un momento, cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación de bienestar, como si estuviera flotando en un océano sin fin.
—¿Está bien, señorita?
—preguntó Priya con dulzura.
Phineas asintió levemente, demasiado sumida en el placer del agua para responder con palabras.
Las doncellas comenzaron a tallarle el cuerpo con movimientos suaves, recorriendo cada rincón de su piel con esponjas perfumadas.
La sensación era reconfortante, como si estuvieran lavando no solo la suciedad de su viaje, sino también el peso de todo lo que había vivido.
Luego, sus manos ascendieron hasta su cabeza, masajeando su cuero cabelludo con paciencia, enredando sus dedos entre los mechones cortos de su cabello.
—Ahora sumérjase un momento, así eliminamos toda la espuma —indicó Prima con gentileza.
Ella obedeció sin pensarlo demasiado.
Contuvo la respiración y dejó que el agua la envolviera por completo, sintiendo el calor expandirse a cada rincón de su cuerpo.
En aquel instante de quietud, sintió una paz que hacía mucho no experimentaba.
Cuando emergió, pasó las manos por su rostro, retirando los restos de agua.
Por inercia, recogió un poco de líquido entre sus palmas y miró su reflejo en la superficie ondulante.
Y entonces, su cuerpo se congeló.
Los ojos que la observaban desde el agua no eran los suyos.
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras su respiración se volvía errática.
Parpadeó varias veces, como si aquello fuera una ilusión, pero el color no cambiaba.
Sus ojos ya no eran verde marino.
Eran púrpuras.
—¡Un espejo!
—gritó con desesperación, su voz temblando de la angustia.
Priya, alarmada, buscó entre los objetos de baño y encontró un pequeño espejo de mano.
Se lo extendió con rapidez, pero en cuanto Phineas vio su reflejo en él, sintió que algo se desmoronaba.
Su rostro estaba igual, su piel seguía siendo la misma… pero sus ojos… Sus manos temblorosas recorrieron su rostro, tocando sus párpados, como si al hacerlo pudiera despertar de una pesadilla.
—Mis ojos… —susurró primero, con la voz entrecortada.
Luego, su angustia estalló—.
¡Mis ojos!
Prima intentó sujetarla por los hombros.
—Señorita, por favor, cálmese… —¡No!
¡Esto no puede estar pasando!
¡Mis ojos!
—gritó, sin poder controlar el pánico.
Su mente se nubló, y de pronto, la realidad se difuminó.
Su cuerpo perdió la fuerza y, antes de que pudiera resistirse, la oscuridad la envolvió.
Prima y Priya apenas lograron sostenerla antes de que se hundiera en el agua.
Con esfuerzo, la sacaron de la piscina y la vistieron con una bata ligera.
—Tenemos que llevarla a su habitación —dijo Priya, nerviosa.
—Llamemos a Kou —asintió Prima.
Sin perder tiempo, una de ellas salió corriendo a buscarlo, mientras la otra sostenía a Phineas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com