La nieve que cae en el desierto - Capítulo 24
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24: Capítulo 23: Experiencia compartida 24: Capítulo 23: Experiencia compartida En el salón de reuniones, Hakeem permanecía en la cabecera de la mesa, con la espalda recta y la mirada fija en el mapa extendido frente a él.
A su alrededor, los consejeros y representantes de distintos territorios debatían con fervor.
—El Imperio de Azahara no tardará en avanzar sobre Shakarta —dijo uno de los generales, señalando el pequeño reino con la punta de su daga—.
Son débiles y su ejército es escaso.
No podrán resistir una invasión.
—Justamente por eso debemos decidir si intervendremos o no —respondió un anciano visir, acariciando su barba con aire pensativo—.
Un conflicto a gran escala podría alterar el equilibrio de poder.
Hakeem entrecerró los ojos, escuchando en silencio.
No era un hombre que hablaba sin necesidad, pero su sola presencia imponía respeto en la sala.
Justo cuando iba a pronunciarse, la puerta se abrió de golpe y un guardia ingresó con pasos firmes.
Se inclinó junto a Hakeem y le susurró unas palabras al oído.
Él mantuvo la expresión impasible, aunque su silencio se prolongó un instante más de lo habitual.
Luego, con voz firme y mesurada, declaró: —La reunión queda suspendida por hoy.
Sepan disculparme.
Sin más explicaciones, se puso de pie y salió de la sala.
Al cruzar la puerta, se encontró con Priya, quien lo esperaba con evidente inquietud.
—Su majestad… —susurró ella, inclinando la cabeza—.
Es la señorita Phineas… Hakeem ladeó ligeramente la cabeza, evaluando la situación.
—¿Qué ha ocurrido?
Priya no tardó en responder, y aunque su relato fue breve, bastó para que Hakeem soltara un leve suspiro.
No mostró sorpresa ni urgencia, pero sus siguientes palabras fueron directas: —Llévame con ella.
La doncella asintió y comenzó a caminar a su lado, guiándolo por los pasillos del palacio.
Mientras avanzaban, Hakeem mantuvo su compostura, aunque en el fondo no podía evitar preguntarse qué le había ocurrido exactamente a la joven.
Los pasillos estaban tranquilos, solo algunos sirvientes se apresuraban en su rutina diaria.
Cuando llegaron a la puerta de la habitación de Phineas, encontraron a Kou de pie junto a la entrada, con los brazos cruzados y una expresión seria.
Al ver a Hakeem, inclinó ligeramente la cabeza.
—Ella sigue dormida —informó sin rodeos.
Hakeem asintió levemente y empujó la puerta con calma, ingresando a la habitación.
Apenas cruzó el umbral, los párpados de Phineas se agitaron y, con un leve quejido, sus ojos se abrieron.
Su mirada, ahora de un profundo tono púrpura, se enfocó automáticamente en él.
—¿Se encuentra bien, princesa?
—preguntó él, acercándose al borde de la cama.
Phineas parpadeó varias veces antes de reaccionar por completo.
De pronto, su expresión se alteró y su respiración se volvió más agitada.
—No… No estoy bien —dijo, su voz quebrada por la confusión y el pánico—.
Algo en mi cuerpo no está bien.
Hakeem se inclinó un poco hacia ella, tratando de captar el origen de su angustia.
—Tranquilícese —ordenó con suavidad, aunque con firmeza.
Luego miró por encima de su hombro hacia Kou, Priya y Prima, quienes seguían de pie cerca de la puerta—.
Déjennos solos.
Estos dudaron por un instante, pero finalmente obedecieron.
La puerta se cerró detrás de ellos, sumiendo la habitación en un silencio expectante.
Hakeem se giró de nuevo hacia Phineas y se dejó caer en un sofá ubicado a un costado de la cama, observándola con atención.
—Ahora, dígame ¿qué es lo que está mal?
Ella tragó saliva, aún sintiendo su corazón latir con fuerza.
Llevó una mano temblorosa a su rostro, como si aún no pudiera creer lo que había visto.
—Mis ojos… —explicó—.
Antes eran verdes.
Verde marino, el color característico de mi familia… Y ahora… —Hizo una pausa, sintiendo un nudo en la garganta—.
Ahora son de otro color completamente distinto.
Hakeem no reaccionó de inmediato, pero su mirada se mantuvo fija en ella.
Cuando finalmente habló, lo hizo con calma.
—Lo sé.
Phineas levantó la vista, perpleja.
—¿Lo sabe…?
—Desde el momento en que abrió los ojos por primera vez —asintió Hakeem—.
Pero creí que usted ya lo sabía.
Inesperadamente, Hakeem llevó una mano al rostro y, con lentitud, se quitó el parche que cubría su ojo izquierdo.
Muchos imaginarían que debajo habría una cicatriz o una herida oculta, pero en su lugar se reveló un ojo amarillo perfectamente sano.
No era un simple color miel o ámbar, sino un dorado puro, resplandeciente como metal fundido.
—Porque yo pasé por lo mismo que usted —le confesó.
—¿Cómo pasó?
Él volvió a colocarse el parche con la misma calma de siempre.
—Dígame, princesa… ¿Qué recuerda exactamente de su paso por el desierto?
—¿Qué tiene que ver eso con lo que me está pasando?
—Tal vez más de lo que cree —respondió—.
Intente recordarlo.
Phineas suspiró, intentando ordenar sus pensamientos.
—Dejé Dorean en secreto y viajé con una caravana de comerciantes de Azhara.
Durante el trayecto intenté no llamar la atención, me mantuve cerca de los mercaderes y seguimos avanzando sin problemas.
Se quedó en silencio por unos segundos.
—Pero entonces… la caravana fue atacada.
Su expresión se tensó.
Recordó lo que tuvo que hacer para sobrevivir, pero no se atrevía a contarlo.
—Fue todo muy rápido.
Los bandidos nos rodearon y no tuvimos manera de defendernos.
No sé qué pasó con los demás… no tuve tiempo de verlo.
Unos hombres me persiguieron, intenté escapar, pero me alcanzaron.
Su voz se volvió más baja.
—Creí que iba a morir.
—Y después… —Hakeem la observó con atención—.
¿Recuerda algo más?
—Solo que me desmayé.
—¿No recuerda haber visto a un niño?
Phineas quedó confundida por la pregunta.
—¿Un niño?
—Sí.
Por un momento, estuvo a punto de decir que no.
Pero de repente, una imagen vaga cruzó su mente.
Un niño.
Cabello largo y anaranjado, ojos dorados.
Y una risa.
—Yo… Era un recuerdo extraño y borroso.
—¿Lo recuerda?
—Sí… pero no sé si fue real.
Hakeem sostuvo su mirada con firmeza.
—Fue real.
Phineas lo miró, aún desconcertada.
—Pero… no tiene sentido.
Apenas es un recuerdo difuso.
Hakeem se inclinó ligeramente hacia adelante en el sofá, apoyando los codos en sus rodillas, entrelazando los dedos con serenidad mientras la observaba.
—Su nombre es Alem —dijo sin rodeos—.
Y no es un niño cualquiera.
Él es el dios del desierto.
Phineas frunció el ceño, dudando si había escuchado bien.
—¿Dios del desierto?
—Así es.
Yo también lo vi una vez, hace años —prosiguió, con un tono más medido—.
Estaba al borde de la muerte cuando él apareció ante mí.
Me ofreció una oportunidad para seguir con vida… a cambio de algo.
Ella bajó la mirada, tratando de recordar más de aquel niño de ojos dorados, pero la imagen se le escapaba como arena entre los dedos.
—¿Y qué le dio a cambio?
—preguntó al fin.
Hakeem esbozó una leve sonrisa.
—Es un secreto —respondió mientras colocaba su dedo índice en sus labios—.
Pero como recordatorio, él me dio este ojo.
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