La nieve que cae en el desierto - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Capítulo 24 Igualdad de trato
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25: Capítulo 24: Igualdad de trato 25: Capítulo 24: Igualdad de trato Phineas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Su instinto le decía que aquello que le dijeron era verdad, pero le costaba aceptarlo.
Si ese niño… no, si ese dios había cambiado el ojo de una persona, ¿qué le había hecho a ella?
—¿Qué… significa esto para mí?
Hakeem la observó con atención.
—Eso es algo que debemos descubrir, princesa.
—Por favor, deje de llamarme princesa —pidió de pronto, en voz baja, pero con firmeza—.
Ese título ya no me pertenece.
—Entiendo —respondió con calma—.
En realidad, quería esperar a que estuviera completamente recuperada, pero ya que ahora se presentó la oportunidad… Me gustaría saber qué sucedió.
¿Qué la llevó a arriesgarse a cruzar el desierto?
Phineas apartó la mirada.
No podía decirle la verdad.
Apretó la sábana entre sus dedos, sintiendo la presión de sus propias mentiras pesando sobre su pecho.
Si Hakeem la consideraba una asesina, ¿qué le impediría encerrarla o entregarla a Dorean?
—Mi hermano mayor, Caesar —comenzó, eligiendo cuidadosamente sus palabras—.
Se rebeló contra la familia real.
Su ambición por el poder absoluto lo llevó a deshacerse de quienes podrían interponerse en su camino… incluyendo a mi hermano menor, Lars, y a mí.
Él la escuchó en silencio, sin hacer ninguna expresión.
—Fue por eso que escapé —continuó Phineas—.
Y por eso necesito irme a Azhara cuanto antes.
Allí hay personas esperándome.
No puedo quedarme aquí.
—De acuerdo —dijo sin rodeos, demostrando que no dudaba del relato de Phineas—.
No la llamaré más princesa.
Pero, a cambio, usted deberá dejar de tratarme como sultán.
Phineas lo miró con sorpresa.
—No podría hacer tal falta de respeto.
Hakeem inclinó ligeramente la cabeza.
—Si no estamos en igualdad de trato, entonces no tiene sentido.
Ella frunció el ceño, sintiendo que su propio argumento se derrumbaba ante la lógica de Hakeem.
Chasqueó la lengua, algo fastidiada.
—Está bien… Hakeem.
El sultán sonrió levemente.
—Así está mejor, Phineas.
Se cruzó de brazos y la miró con seriedad.
—Retomando tu necesidad de irte a Azhara, no puedes irte a ningún lado, al menos no de momento.
Phineas abrió la boca para replicar, pero él levantó una mano, deteniéndola antes de que pudiera protestar.
—No llegarías ni a la mitad del camino antes de desplomarte.
Aun si tuvieras un caballo o una caravana, tu cuerpo no resistiría el viaje.
Lo mejor que puedes hacer ahora es quedarte aquí y recuperarte.
Ella bajó la mirada, no podía negar que tenía razón.
Apenas podía mantenerse sentada sin sentirse agotada.
La sensación de debilidad la frustraba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—¿Quién te está esperando en Azhara?
—preguntó Hakeem.
Phineas alzó la vista, un poco recelosa.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Porque tengo contactos allí —respondió con naturalidad—.
Podría enviar un mensaje y asegurarles que está bien.
La idea de que Hakeem interfiriera en sus asuntos le generaba una extraña sensación de incomodidad.
No porque desconfiara de él, sino porque no estaba segura de cuánto debía compartir con alguien que, hasta hacía poco, era un desconocido.
—De momento no será necesario —dijo al final.
—Como prefieras.
Pero aún así, no te irás de aquí hasta que puedas mantenerte en pie y caminar con normalidad.
—Está bien —cedió finalmente, apoyando las manos en su regazo—.
Me quedaré hasta que me recupere.
Hakeem asintió, satisfecho con su respuesta.
—Es una decisión sensata.
Phineas lo miró con desconfianza.
—Debo admitir que esperaba algo diferente de ti.
Hakeem arqueó una ceja.
—¿Diferente?
—Cuando desperté, temí que me tratara como una esclava o que esperaras algo a cambio de tu hospitalidad.
Hakeem apoyó un codo en el brazo del sofá y descansó la barbilla sobre su mano.
Entrecerró los ojos, y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.
—Si quisiera algo a cambio, créame, se lo habría hecho saber desde el principio.
Phineas sintió un escalofrío en todo el cuerpo, pero al mismo tiempo, la forma en que lo dijo le hizo pensar que solo estaba bromeando.
—No quiero que te sientas en deuda conmigo —agregó Hakeem, con un deje de diversión en la voz—.
Así que puedes considerar esto un favor.
Lo miró en silencio, evaluándolo.
No estaba segura de qué pensar de él aún, pero algo en su actitud la hacía sentir que, al menos por ahora, podía confiar en sus palabras.
—Gracias, Hakeem —murmuró.
Él le sonrió con sutileza.
—Una última cosa… —agregó Phineas.
—¿Qué cosa?
Ella lo miró avergonzada, su rostro se tiñó de un rosado intenso.
—¿De dónde te conozco?
Hakeem parpadeó, sorprendido por la pregunta, y luego, para sorpresa de Phineas, soltó una suave risa.
—¿Eso te preocupa?
Ella sintió su rostro arder aún más.
—Es solo que… No lo sé.
Desde que desperté, tuve esta extraña sensación… Como si ya te hubiera visto antes, pero no puedo recordar dónde ni cuándo.
—Interesante… —musitó, alargando la palabra.
Sus ojos reflejaban un brillo travieso—.
Así que sientes que me conoces.
—¿Me lo dirás?
—¿No sería más entretenido que lo descubras por ti misma?
Phineas frunció el ceño.
—¡Eso no es justo!
Él rió nuevamente, con una calma despreocupada.
—La vida rara vez lo es.
Pero puedo darte una pista… Fue en Dorean que nos conocimos.
—No me gusta este juego… —murmuró, cruzándose de brazos.
—Oh, te aseguro que es un juego muy interesante —replicó él con una sonrisa.
Phineas bufó, frustrada, mientras Hakeem solo sonreía, entretenido con la situación.
Se levantó con elegancia, aún con una sonrisa dibujada en los labios.
—Descansa, Phineas.
Te hará falta.
Ella, todavía molesta por la falta de respuestas, no replicó.
Simplemente desvió la mirada.
Hakeem rió por lo bajo y se retiró de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un movimiento pausado.
Mientras avanzaba por los pasillos del palacio, no pudo evitar que su sonrisa se tornase más pronunciada.
Había algo extrañamente satisfactorio en aquella conversación.
Ver a Phineas irritada por no obtener respuestas le resultaba… un poco encantador.
Pero su satisfacción no duró mucho.
Apenas dio unos pasos más cuando su mente comenzó a llenarse de preguntas.
¿Qué había pasado realmente en Dorean?
La historia que Phineas le contó tenía sentido hasta cierto punto, pero había algo en su mirada, en la forma en que sus palabras esquivaban ciertos detalles, que lo hacía dudar.
¿Era toda la verdad o solo una parte de ella?
Y luego estaba el asunto de Alem.
Si ese niño la ayudó, ¿qué clase de pacto hizo con ella?
Porque, si había algo que Hakeem sabía con certeza, era que Alem no otorgaba favores sin un precio a cambio.
Sumido en esos pensamientos, no notó hacia dónde lo llevaban sus propios pasos hasta que la familiar fragancia de flores e incienso lo sacó de su ensimismamiento.
Frente a él, las puertas del harén se alzaban imponentes, como si lo hubieran estado esperando.
Suspiró con resignación y se frotó la frente.
—Supongo que mi subconsciente me trajo aquí… —murmuró para sí mismo.
Después de todo, los rumores sobre el descontento de algunas concubinas ante la llegada de Phineas habían llegado a sus oídos.
No era un asunto urgente, pero tampoco era algo que pudiese ignorar por mucho tiempo; debía resolverlo antes de que la situación escalara.
Con un último suspiro, empujó las puertas y entró.
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