La nieve que cae en el desierto - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 25 Murmullos en el harén
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26: Capítulo 25: Murmullos en el harén 26: Capítulo 25: Murmullos en el harén El sector principal del harén estaba iluminado por la cálida luz de las lámparas de aceite, proyectando sombras suaves sobre los tapices bordados y las columnas de mármol.
En el centro, una fuente de agua cristalina murmuraba con suavidad, su sonido mezclándose con el lejano eco de la música del palacio.
A su alrededor, distribuidas en semicírculo, se encontraban varias puertas, cada una conduciendo a los aposentos privados de las concubinas.
Cuando Hakeem cruzó las puertas principales, el murmullo de voces cesó.
Cinco pares de ojos se posaron en él, con expresiones que iban desde la curiosidad hasta el recelo.
Nila, la de cabello oscuro y ojos almendrados, fue la primera en hablar.
—Mi sultán… qué inesperado —dijo, con una sonrisa apenas perceptible.
—Es raro verlo por aquí sin haber sido llamado —comentó Freya, recostada entre cojines de seda, con sus rizos dorados cayendo sobre sus hombros.
—Supongo que mi subconsciente me trajo hasta aquí —respondió Hakeem con una leve sonrisa, dejando caer la mirada sobre todas ellas—.
Después de todo, había oído ciertos rumores.
Las mujeres intercambiaron miradas.
Talia, de cabellos caoba y expresión serena, cruzó las manos sobre su regazo antes de hablar.
—Nos preguntábamos cuándo vendría a hablarnos de la princesa Doreana.
—No es una princesa —corrigió Hakeem con calma—.
Al menos, no más.
Zafira, con los brazos cruzados, intervino con un tono menos diplomático: —Usted dijo que el harén no recibiría a nadie más.
¿Por qué está haciendo una excepción?
Él se acercó con tranquilidad, tomando asiento en un diván.
Apoyó un codo en el brazo del sofá y descansó la barbilla en su mano, observándolas con una leve sonrisa.
—No estoy haciendo ninguna excepción, Phineas no forma parte del harén.
Es mi huésped.
—¿Y qué nos garantiza que en un futuro no lo será?
—insistió Talia.
—El hecho de que yo lo decido —respondió él con serenidad.
El silencio se apoderó de la sala.
Layla, que hasta entonces se había mantenido al margen, lo miró con curiosidad.
—No nos malinterprete —dijo—.
Sabemos que no hace nada sin motivo.
Solo queremos entenderlo.
Hakeem exhaló con paciencia y recorrió con la mirada a las mujeres frente a él.
—No tienen por qué preocuparse —dijo finalmente—.
Nada cambiará para ustedes.
Aunque no parecían del todo convencidas, ninguna volvió a objetar.
Hakeem se levantó, dando por terminada la conversación.
—Eso era todo lo que tenía para decirles, las dejo continuar con su noche.
Antes de que pudiera dar un paso fuera del harén, una voz femenina lo detuvo.
Era Zafira.
—Mi señor… hace días que no pasa la noche con una de nosotras.
—La mujer, de porte elegante y mirada insinuante, se acercó con una sonrisa delicada—.
Y usted sabe bien que, por protocolo, debe compartir su lecho con al menos una de nosotras cada semana.
Hakeem se detuvo un momento.
Sabía que el protocolo era solo una excusa, pero no tenía interés en discutir.
Miró alrededor.
Algunas de las concubinas lo observaban expectantes, otras con desdén disfrazado de cortesía.
—Layla —llamó con calma.
La mujer aludida, recostada en un diván cercano, alzó la mirada.
Su cabello oscuro caía en suaves hilos sobre sus hombros, y sus ojos, astutos y calculadores, reflejaban una leve sorpresa antes de que su expresión se volviera indescifrable.
—Esta noche serás tú.
Layla se puso de pie con gracia, inclinando ligeramente la cabeza.
—Será un honor, mi señor.
Hakeem no dijo nada más y continuó su camino, sin notar la fugaz mirada de satisfacción en el rostro de Layla ni las sombras de resentimiento que se dibujaban en los ojos de algunas de las otras concubinas.
El murmullo apenas contenido se esparció por la sala en cuanto él desapareció tras la puerta.
Algunas bajaron la vista con resignación, otras intercambiaron miradas en silencio.
Layla, en cambio, alisó con delicadeza los pliegues de su túnica y se retiró con la frente en alto, sintiendo sobre su espalda el peso de la envidia ajena.
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