La nieve que cae en el desierto - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Capítulo 28 Luz al final de la mazmorra
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29: Capítulo 28: Luz al final de la mazmorra 29: Capítulo 28: Luz al final de la mazmorra Retomó su camino, avanzando con la misma seguridad con la que se movían los guardias.
Sabía que el acceso principal estaba vigilado, pero si recordaba bien, había un pasaje oculto que los sirvientes usaban para mover a los prisioneros de importancia sin ser vistos.
Bajó por una escalera de piedra, sintiendo el aire volverse más frío a medida que descendía.
Las antorchas iluminaban débilmente los pasillos subterráneos, proyectando sombras que danzaban en las paredes húmedas.
El pasaje estaba donde lo recordaba: una puerta estrecha incrustada en la piedra, que a simple vista parecía solo parte del muro.
Se aseguró de que nadie lo viera antes de presionar un punto específico en la roca.
Un mecanismo se activó con un leve clic, y la puerta se abrió con un crujido bajo.
El túnel era angosto y oscuro, pero Lars avanzó sin dudar.
Si todo salía bien, aparecería en una pequeña habitación de vigilancia justo antes de las mazmorras.
Desde ahí, solo tendría que deshacerse del guardia y encontrar a Nora.
Cada paso lo acercaba más a su objetivo.
Pero entonces, escuchó algo que lo hizo detenerse en seco.
Voces.
No venían de las mazmorras.
Venían del túnel, más adelante.
Alguien más estaba usando el pasaje.
Lars apretó los dientes y retrocedió lentamente, pegándose a la pared.
Las voces se acercaban, y en cuanto pudo distinguir mejor lo que decían, su sorpresa fue mayúscula.
—Nos han dado la orden de cambiar la guardia, pero tenemos poco tiempo —susurró uno de los hombres.
—¿Y si nos descubren?
—preguntó otro.
—No lo harán si nos damos prisa.
No podemos dejarlo aquí más tiempo.
Lars frunció el ceño.
No parecían simples soldados patrullando; hablaban en un tono bajo y tenso, como si intentaran pasar desapercibidos.
¿Quiénes eran?
¿A quién planeaban liberar?
Decidió arriesgarse.
Retrocedió unos pasos más hasta quedar oculto en las sombras del túnel.
Cuando los soldados doblaron la esquina, pudo verlos con claridad: llevaban las armaduras de la guardia imperial, pero se movían con una cautela que no correspondía a hombres en servicio regular.
Había cuatro en total.
Sus rostros mostraban preocupación, pero también determinación.
Fue entonces cuando uno de ellos habló de nuevo: —Nora no merece esto.
Arriesgó su vida por el imperio demasiadas veces.
No podemos quedarnos de brazos cruzados.
¿Estos hombres planeaban liberar a Nora?
El alivio casi lo hizo suspirar, pero se controló.
Esto podría ser su oportunidad.
Si jugaba bien sus cartas, podría unirse a ellos sin levantar sospechas.
Esperó el momento justo, y cuando los soldados estuvieron lo suficientemente cerca, salió de las sombras.
—Si van a sacarlo de aquí, necesitarán ayuda.
Los cuatro giraron en alerta, desenvainando sus armas de inmediato.
—¿Quién demonios eres?
—gruñó uno de ellos.
Lars levantó las manos lentamente.
—Alguien con el mismo objetivo que ustedes.
Hubo un breve silencio.
Los soldados intercambiaron miradas.
La luz de las antorchas iluminó parcialmente el rostro de Lars, y entonces uno de ellos pareció reconocerlo.
—Espera… yo te he visto antes… El joven príncipe maldijo en su mente.
Se había olvidado del riesgo de que alguien lo identificara.
Pero, para su sorpresa, en lugar de levantar la alarma, el soldado bajó la espada y murmuró: —No puede ser… ¿Su alteza el príncipe Lars?
El resto de los soldados lo miró con incredulidad.
Lars apretó los labios.
No podía seguir ocultándolo.
—No tenemos tiempo para explicaciones.
Si de verdad quieren salvar a Nora, déjenme ayudar.
El soldado lo estudió por un segundo más y luego suspiró.
—Entonces, síguenos.
No podemos perder más tiempo.
Lars asintió y se integró al grupo.
Finalmente, tenía un camino claro para llegar hasta Nora.
Los pasillos de las mazmorras eran estrechos y oscuros, con el aire impregnado de un hedor rancio a humedad y podredumbre.
Lars avanzaba en silencio junto a los soldados que lo habían guiado hasta allí, moviéndose con cautela para evitar llamar la atención de los guardias leales a Caesar.
Solo el leve crujido de la armadura de los hombres rompía el pesado silencio.
Cuando finalmente llegaron frente a la celda de Nora, Lars sintió que el estómago se le hundía.
El caballero estaba encorvado contra la pared, con las muñecas encadenadas en alto y la cabeza gacha.
Sus ropas estaban sucias y desgarradas, y la piel de sus brazos y rostro estaba marcada por moretones y heridas mal curadas.
Uno de los soldados sacó rápidamente una llave y se apresuró a abrir la puerta.
El sonido metálico de la cerradura hizo que Nora moviera débilmente la cabeza.
Sus ojos entreabiertos tardaron unos segundos en enfocarse en Lars, como si no pudiera creer lo que veía.
—…Lars… Su voz era áspera, apenas un susurro.
Lars se apresuró a entrar y se arrodilló junto a él, sosteniéndole el rostro con delicadeza.
—Estoy aquí.
Vamos a sacarte de aquí.
Nora parpadeó con esfuerzo.
—La princesa… ¿qué pasó con ella…?
—Logró escapar.
Ya está fuera del territorio.
Está a salvo.
Un suspiro entrecortado escapó de los labios de Nora, y por un momento pareció que toda la tensión que cargaba su cuerpo se desvanecía.
—Gracias a los dioses… Lars sintió un nudo en la garganta.
—No fueron los dioses —dijo con una leve sonrisa—.
Fuiste tú.
Tú la ayudaste a llegar hasta aquí.
El soldado que había abierto la celda se arrodilló junto a ellos y comenzó a trabajar en las cadenas.
—Resiste un poco más, Nora.
Te sacaremos de aquí.
Las cadenas cayeron con un ruido metálico, pero cuando Lars intentó ayudarlo a ponerse de pie, Nora apenas pudo sostenerse.
—No importa —dijo, pasándole un brazo por los hombros—.
Te sacaré aunque tenga que cargarte.
Los soldados intercambiaron miradas tensas.
—Tenemos que apurarnos —dijo uno de ellos en voz baja—.
Si la guardia cambia turno, nos encontrarán.
Lars asintió, asegurando mejor el agarre sobre Nora antes de comenzar a moverse.
Pero mientras avanzaban, algo ardía dentro de él.
Los pasillos de la prisión eran un laberinto de sombras y ecos lejanos.
Lars avanzaba con paso rápido, sosteniendo a Nora con firmeza mientras los soldados leales los escoltaban.
A cada giro, su corazón latía con más fuerza, sabiendo que en cualquier momento podían ser descubiertos.
Uno de los soldados que iba al frente levantó una mano, indicándoles que se detuvieran.
Todos se pegaron contra la pared, conteniendo la respiración mientras unos pasos resonaban a la distancia.
Lars sintió la tensión en los músculos de Nora, aunque este apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie.
—¿Cuántos son?
—susurró.
—Dos guardias —respondió el soldado que estaba más adelante—.
Pero si los neutralizamos aquí, tardarán en notar su ausencia.
Lars asintió.
—Hagan lo necesario.
Uno de los soldados desenfundó su daga y se deslizó por la oscuridad con movimientos calculados.
Desde su escondite, Lars apenas pudo ver cómo en cuestión de segundos los guardias eran reducidos, cayendo al suelo sin hacer ruido.
—Vamos.
Reanudaron la marcha, esta vez con más prisa.
Nora respiraba con dificultad, pero aún así intentaba moverse por su cuenta, negándose a ser un peso muerto.
—No tienes que esforzarte tanto —le murmuró Lars—.
No soy tan débil como para no poder cargarte.
Nora dejó escapar una débil risa.
—No es eso… Solo… me niego a ser una carga para ustedes.
Lars apretó la mandíbula, pero no respondió.
Finalmente, tras recorrer más pasillos de los que pudo contar, llegaron a una puerta de piedra que los soldados abrieron con una segunda llave.
Detrás de ella, una escalera ascendía en espiral.
—Este pasadizo nos sacará directo a los subterráneos del ala este del palacio —explicó uno de los hombres—.
Desde allí, podremos movernos con más facilidad.
Lars asintió y comenzó a subir los escalones, pero un pensamiento seguía atormentándolo.
¿Quién le había hecho esto a Nora?
Sabía que su hermano Caesar había dado la orden de capturarlo, pero lo que le habían hecho iba más allá de un simple encarcelamiento.
Cuando finalmente emergieron al otro lado del pasadizo, Lars supo que no podía marcharse sin obtener respuestas.
—Sigan adelante —les dijo a los soldados—.
Llévense a Nora y manténganlo a salvo.
Nora frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
Lars le sostuvo la mirada con determinación.
—Voy a averiguar quién permitió que te torturaran.
Y voy a hacer que lo pague.
Antes de que alguien pudiera detenerlo, se internó en los pasillos del palacio, moviéndose con la misma cautela con la que había entrado.
Si alguien tenía que ajustar cuentas, ese era él.
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