La nieve que cae en el desierto - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 2 Entrada ceremonial
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3: Capítulo 2: Entrada ceremonial 3: Capítulo 2: Entrada ceremonial Phineas se dejó guiar hasta su vestidor.
En cuestión de minutos la transformaron, vistiéndola con un pomposo vestido celeste, bordado con encajes y finas pedrerías, que se ceñía con delicadeza a su figura, realzando su porte y belleza.
El brillo de las gemas parecía competir con la luz de su mirada.
Una doncella colocó un broche de plata en su cabello, mientras otra alisaba las últimas arrugas del vestido.
—Está hermosa, princesa —dijo una de ellas, sonriendo con ternura.
—Gracias…
—respondió, y su voz sonó suave, casi con desgano—.
Vamos, no hagamos esperar a los invitados.
Al salir de su habitación, Phineas se encontró con una figura familiar apoyada despreocupadamente contra la pared.
—Vaya, vaya…
—dijo Lars, su hermano menor, con una gran sonrisa—.
Te ves hermosa, hermana.
Phineas le dedicó una breve sonrisa.
—Gracias, Lars.
Pero su expresión se torció al escuchar la continuación: —Para haber corrido por un callejón…
—añadió él, soltando una risita divertida.
Phineas cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro cargado de frustración.
—¿Fue Nora, verdad?
—inquirió con un tono seco, ya conociendo la respuesta.
Lars asintió, aún con esa expresión traviesa.
—Sí.
La princesa se llevó una mano a la frente.
—Genial.
Gracias a él, medio palacio debe saber que anduve corriendo por un callejón.
—No, tranquila —la calmó Lars, levantando las manos—.
Lo de tu escapada me lo contaron primero las doncellas.
Solo presioné a Nora para que me contara qué había pasado.
Phineas exhaló un suspiro de alivio.
—Al menos eso.
Lars la observó un momento, y su sonrisa traviesa se suavizó en un gesto más sincero.
—¿Lista para el banquete?
Ella rodó los ojos.
—¿Tengo opción?
—Ninguna —respondió él, ofreciéndole su brazo con una inclinación teatral—.
Además, he venido a escoltar a mi hermana mayor al salón.
Phineas lo miró de reojo.
—¿Desde cuándo tan caballeroso?
—Desde que me gusta ver tu cara cuando te resignas a hacer lo que no quieres.
Phineas no pudo evitar reírse ante la broma, aceptando el brazo de su hermano.
—Está bien, vamos.
Pero si alguien menciona lo del callejón…
—dijo, amenazante.
—Yo no fui —se adelantó Lars, divertido—.
Ya sabes, fue Nora.
Caminaron juntos, preparándose para enfrentar los duros protocolos reales.
Las grandes puertas del salón del banquete se abrieron con un suave crujir, dejando pasar a los príncipes.
Las conversaciones se atenuaron, y por un instante, todas las miradas se posaron en ellos.
Eran como dos estrellas gemelas, brillando con una luz que acaparaba la atención de hombres y mujeres por igual.
Lars, a pesar de su joven edad, ya poseía la estatura de un hombre hecho y derecho.
Su cabello cobrizo, peinado hacia atrás, dejaba a la vista un rostro definido y unos ojos verde marino, profundos y serenos, que compartía con el resto de sus hermanos.
Caminaba con una elegancia natural, pero su porte no ocultaba la chispa infantil que ardía en su mirada.
A su lado, Phineas destacaba con su propia luz.
Aunque era la más baja entre sus hermanos, superaba ligeramente la estatura de la mayoría de las damas nobles.
Su cabello, de un vívido tono naranja, parecía fuego bajo el resplandor de los candelabros, un eco del linaje antiguo que corría por sus venas.
Phineas, sintiendo el peso de tantas miradas, murmuró en tono bajo y con ligera incomodidad: —Siempre me ha resultado agotador ser el centro de atención.
Lars, sin perder su sonrisa traviesa, replicó: —No te preocupes, hermana.
Si quieres, puedo empezar a contarles a todos sobre tu carrera por el callejón.
Ella lo fulminó con la mirada.
—No te atrevas.
Él soltó una suave risa, divertida y cómplice, mientras juntos continuaban avanzando por la alfombra carmesí que conducía al lugar de honor, el trono real.
Cuando llegaron al final de la pasarela, una voz solemne resonó en el salón: —¡Sus Altezas, los príncipes Phineas y Lars Enoch Valentine!
¡Larga vida a los soles del imperio!
—¡Larga vida!
—clamaron los invitados al unísono, y el eco de sus voces vibró en las paredes doradas.
Phineas y Lars, con elegancia, bajaron la cabeza en una reverencia ante su padre.
Argos, con su porte imponente y su corona de oro antiguo, les dedicó una leve sonrisa, breve, casi imperceptible, pero cargada de orgullo.
—Bienvenidos, mis soles —dijo el emperador, su voz resonó en todo el salón—.
Hoy es un día de celebración, y me honra tenerlos a mi lado.
Phineas, con elegancia, respondió: —Es un honor, padre.
—Su mirada se suavizó, y añadió con un deje de picardía—.
Espero que esta noche sea recordada no solo por su esplendor, sino también por la calidez de nuestro pueblo.
Lars, más sobrio, asintió: —Brindaremos por el retorno de mi hermano y por la gloria de nuestro imperio.
Las palabras de ambos arrancaron murmullos de aprobación y algunas miradas encantadas de los nobles presentes.
Entonces, el maestro de ceremonias anunció: —¡Que comience el banquete!
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