La nieve que cae en el desierto - Capítulo 31
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31: Capítulo 30: Un día más 31: Capítulo 30: Un día más La oscuridad de la habitación se sentía asfixiante.
Phineas despertó de golpe, con el cuerpo cubierto de sudor y su pecho agitado.
La incertidumbre la ahogaba.
Habían pasado días desde su llegada a Ak’tenas, y aunque su cuerpo sanaba con rapidez gracias al tratamiento que recibía, su mente no encontraba descanso.
Incapaz de permanecer en la cama, se levantó y caminó hacia el balcón.
El aire fresco de la noche le acarició la piel, ayudándola a calmarse.
Se apoyó en el barandal y observó el mar de dunas iluminadas por la luna, perdiéndose en sus pensamientos.
Más allá de las murallas del palacio, la ciudad se extendía como un laberinto de callejuelas angostas y edificaciones de piedra clara.
A diferencia del palacio, donde reinaba el silencio, la ciudad aún respiraba vida.
Desde su altura, distinguía las luces de las farolas encendidas dentro de las casas.
Era un lugar aún desconocido para ella, que muy en el fondo deseaba explorar.
—Parece que aún no duermes bien.
Kou emergió de entre las sombras con la naturalidad de alguien que siempre había estado allí.
Phineas se sobresaltó.
—No hagas eso —murmuró, llevándose una mano al pecho—.
¿Siempre tienes que aparecer de la nada?
Él se encogió de hombros.
—Es parte del trabajo.
Luego la inspeccionó con la mirada y preguntó: —¿Todavía te cuesta moverte?
Ella negó con la cabeza.
—Ya no.
Gracias al tratamiento que me brindaron, mis heridas han sanado rápido.
—Entonces…
—Kou la miró con atención—, ¿planeas irte?
Phineas guardó silencio un momento antes de responder: —Me gustaría, pero no puedo hacerlo sin más.
Antes debo planificar bien el viaje hasta Azhara.
—Hakeem podría ayudarte —sugirió, apoyándose contra la pared—.
Es el mejor estratega que encontrarás, además de que conoce Ankarà como la palma de su mano.
Ella suspiró.
—Lo sé, pero si le pido ayuda, sentiré que dependo de él y…
no quiero ser una carga, más de lo que ya soy.
Kou la miro serio.
—No creo que él te vea así.
Dudo que tengas que preocuparte por eso.
Phineas se mordió los labios.
No era que desconfiara de Hakeem, pero le costaba pedirle algo más después de todo lo que ya había hecho por ella.
Sin embargo, él tenía razón.
Si quería asegurarse de llegar a Azhara, necesitaba la ayuda de alguien que conociera el desierto.
—Hablaré con él cuando amanezca —dijo en voz baja.
Kou le dio una palmada en el hombro antes de retirarse.
—Buena elección.
Ella miró hacia el horizonte, donde el desierto se extendía sin fin.
Su decisión estaba tomada.
No podía quedarse en Ak’tenas mucho más tiempo.
Cuando el primer rayo de sol tiñó el cielo, Phineas ya estaba en pie.
Apenas había logrado dormir.
Su descanso se vio interrumpido por una sucesión de sueños extraños, tan vívidos que parecían reales.
No era la primera vez que le ocurría.
Desde su llegada a Ak’tenas, cada noche su mente se sumergía en visiones desconcertantes: fragmentos de recuerdos ajenos, paisajes desconocidos y voces imposibles de reconocer.
Pero lo más perturbador era que, entre esas imágenes, también veía a sus hermanos.
A veces, a Lars hablando en susurros con Hui Wei, con una expresión tensa y una mano cerca de su espada.
Otras, a Caesar, su rostro serio y su voz firme, lanzando órdenes que no lograba entender.
No sabía si eran solo pesadillas producto de su preocupación o si, de algún modo, estaba presenciando algo real.
Sacudió la cabeza, tratando de apartar aquellos pensamientos.
No tenía tiempo para distraerse.
Priya llegó poco después, encontrándola ya despierta.
Con paciencia, la ayudó a vestirse con un sari de tonos claros, adecuado para el calor del día.
Phineas aún no se acostumbraba a aquella prenda; en Dorean, su ropa era mucho más sencilla de colocar, pero allí, todo parecía ser un poco más complicado.
—Te acostumbrarás con el tiempo —comentó Priya con una sonrisa al notar su incomodidad.
Phineas le agradeció en voz baja y, una vez lista, salió de su habitación.
Priya la siguió por detrás, dispuesta a escoltarla, pero ella le pidió amablemente que la dejara sola.
Caminó lentamente por los pasillos, donde unos pocos sirvientes comenzaban sus labores.
Ella avanzó con calma, preguntándose dónde encontraría a Hakeem a esa hora.
—¿Estás perdida?
—La voz de Kou la sorprendió desde un rincón del pasillo.
—No…
estoy buscando a Hakeem —respondió sin rodeos.
—Él te está esperando a ti.
Ya sabe que quieres hablar con él.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me preguntó por qué estabas despierta en medio de la noche.
No le mentí.
Phineas suspiró.
—Supongo que eso hace las cosas más fáciles.
—Sí, de hecho, está en los jardines.
Puedes ir ahora si lo deseas.
Ella asintió y se dirigió sin demora hacia los jardines.
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