La nieve que cae en el desierto - Capítulo 32
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32: Capítulo 31: Promesa.
32: Capítulo 31: Promesa.
Al cruzar el umbral, encontró a Hakeem sentado a una mesa de piedra bajo un quiosco de madera oscura, cubierto de enredaderas que trepaban por sus columnas y se entrelazaban en el techo, formando un dosel de hojas verdes y flores radiantes.
La brisa agitaba suavemente las enredaderas, esparciendo un tenue aroma floral en el aire.
Vestía de manera más informal que de costumbre, lo que le daba un aire relajado, como si simplemente estuviera disfrutando de un momento de tranquilidad.
Cuando Phineas se acercó, él levantó la mirada y la observó en silencio por un instante antes de romper el silencio.
—Te ves mucho mejor que antes.
—Lo estoy —respondió ella—.
Por eso quiero hablar contigo.
Hakeem le hizo un leve gesto con la mano, señalando la silla frente a él para que tomara asiento.
—¿Has desayunado?
—preguntó, observándola con atención.
Ella negó con la cabeza.
Sin decir nada más, Hakeem llamó a uno de los sirvientes del jardín y le pidió que trajera té y algunos bocadillos.
Luego, volvió a centrar su atención en ella.
—Te escucho.
Phineas respiró hondo, buscando las palabras adecuadas.
Sabía que, una vez dijera lo que tenía en mente, no habría vuelta atrás.
—Quiero irme de Ak’tenas.
No hubo sorpresa en su expresión, como si ya hubiera anticipado esas palabras.
—¿Planeas viajar sola hasta Azhara?
—No —respondió ella—.
Sé que no sería prudente.
Por eso quiero que me ayudes a planificar la travesía.
—Es un viaje largo —dijo con calma—.
Y no sabes qué te espera en el camino.
Phineas sostuvo su mirada con firmeza.
—Lo que me espera aquí es la incertidumbre.
No puedo quedarme de brazos cruzados mientras los míos pueden estar en peligro.
El sirviente regresó con una bandeja de plata, dejando el té y los bocadillos sobre la mesa.
Hakeem le hizo un gesto para que se retirara antes de servirle una taza a Phineas.
—No actúas por impulso —comentó, entregándole la taza—.
Eso es bueno.
—No —dijo ella, sosteniéndola entre las manos—.
Quiero hacerlo bien.
Por eso necesito tu ayuda.
El sultán tomó un sorbo de su propio té antes de responder.
—No podemos partir de inmediato.
Necesitamos un plan, recursos y una ruta segura.
Tomará un poco más de tiempo, pero lo lograremos.
Phineas asintió, aliviada al ver que él no intentaría disuadirla.
Aun así, notó que su expresión se suavizaba, como si aún quedara algo más por decir.
—Te noto distinta —comentó tras un momento de silencio—.
¿Es solo por el viaje o hay algo más de lo que quieras hablar?
Ella bajó la mirada, observando el reflejo distorsionado de su rostro en la superficie del té.
—Sí —admitió finalmente—.
Hay algo más.
Él no la apuró.
Esperó con paciencia, permitiéndole encontrar las palabras adecuadas.
—He estado teniendo sueños —dijo ella al fin—.
No sé si llamarlos pesadillas, pero son extraños.
No me siento parte de ellos…
es como si solo estuviera observando desde la distancia.
Hakeem apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, escuchándola con atención.
—¿Qué ves en esos sueños?
—Conversaciones —respondió ella—.
Situaciones que no recuerdo haber vivido, pero que se sienten demasiado reales.
—¿De quién?
—A veces de Lars.
En uno de los sueños lo vi hablando con alguien conocido, pero yo no estaba ahí…
al menos, no en la realidad.
Era como si estuviera presenciándolo todo desde un rincón, sin que nadie pudiera verme ni oírme.
—Eso que describes podría tener una explicación.
Phineas lo miró con incertidumbre.
—¿A qué te refieres?
Hakeem exhaló lentamente.
—Alem.
—¿Alem?
—Es solo una suposición, pero…
cuando él te salvó, es posible que su esencia se haya mezclado con la tuya —explicó—.
No sé cómo funciona exactamente, pero desde que me otorgó este ojo, a menudo tengo sueños que en realidad no son míos.
—¿Qué tipo de sueños?
—Situaciones que Alem está viviendo en ese mismo momento —confesó—.
No siempre son claras; a veces solo veo fragmentos o imágenes fugaces…
pero de algún modo, estamos conectados.
Phineas dejó la taza sobre la mesa.
—Entonces…
¿Estás diciendo que lo que veo no es imaginación mía?
—Digo que es posible que ahora tú también compartas ese vínculo, después de todo, el que el color de tus ojos haya cambiado puede ser obra suya.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Si Hakeem tenía razón, si esos sueños eran algo más que simple producto de su mente…
entonces, ¿qué significaba la conversación que presenció entre Hui Wei con sus hermanos?
Cerró los ojos, dejando que los fragmentos de aquel recuerdo la envolvieran nuevamente.
Lars seguía en la oscuridad de la mazmorra, con el cuerpo tenso y la respiración agitada.
Frente a él, Hui Wei lo miraba con la misma tranquilidad con la que alguien observa el paso de las nubes.
—¿Qué estás diciendo…?
—susurró Lars.
Hui Wei sonrió, divertido ante su reacción.
—Que Caesar ya sabe que la princesa Phineas se encuentra atravesando el desierto de Ankarà —le confesó con una calma inquietante—.
Así que…
esto se ha convertido en una carrera contra el tiempo.
—Mientes.
—Puedes creer lo que quieras —se encogió de hombros—.
Pero si yo fuera tú, no perdería tiempo aquí.
Lars bajó la espada.
—¡¿Por qué me dices esto?!
Phineas abrió los ojos de golpe, sintiendo su propia respiración entrecortada.
Se llevó una mano al pecho, tratando de calmar el latido acelerado de su corazón.
—Hakeem…
si lo que veo en mis sueños es verdad…
—murmuró—.
Entonces creo que estoy en peligro.
Hakeem frunció el ceño.
Pese a su temple, Phineas notó la sutil tensión en su postura.
Ella bajó la mirada.
—¿De qué peligro hablas Phineas?
—insistió él, esta vez con más seriedad.
Phineas tragó saliva.
—Caesar…
—susurró, apenas atreviéndose a pronunciar el nombre de su hermano—.
Lo vi en uno de mis sueños.
Alguien le dijo que yo estaba en Ankarà…
y él tiene la intención de venir a buscarme.
Él la observó en silencio.
Su ojo visible no mostraba sorpresa, pero sí un brillo calculador.
Phineas contuvo el aliento, temiendo su reacción.
Pero, en lugar de alarmarse, apoyó una mano firme sobre la mesa y habló con absoluta seguridad: —No dejaré que te encuentren.
Ella alzó la vista, encontrándose con su mirada.
—Aquí estás a salvo —continuó—.
Y si decides partir, me aseguraré de que nadie pueda alcanzarte.
La calidez en su voz hizo que su corazón latiera un poco más lento, disipando por un momento la tensión en sus hombros.
Pero la sensación de resguardo solo duró un instante antes de que la duda volviera a instalarse en su cabeza.
—No sé cuánto tiempo pueda quedarme —admitió finalmente, apartando la mirada—.
No quiero ser una carga para ti ni para tu gente.
Hakeem sostuvo su mirada un momento antes de responder.
—No lo eres.
Phineas sintió la sinceridad de aquellas palabras.
Era extraño confiar en alguien que apenas conocía, pero la seguridad en su voz, la forma en que la miraba sin dudar, hacía que todo su ser se calmara.
Un silencio se extendió entre ambos hasta que, con cierto titubeo, Phineas lo rompió, cambiando el rumbo de la conversación.
—Hakeem…
—murmuró—.
¿Sabes cómo podría contactar con Alem?
La expresión del sultán se mantuvo imperturbable, pero algo en su mirada cambió.
Apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, observándola con detenimiento.
—¿Por qué lo preguntas?
—Mis ojos…
y los sueños que tengo —confesó ella, bajando la voz—.
No son normales, ¿verdad?
Desde que llegué aquí, siento que hay algo más en ellos, algo que no comprendo.
Él dejó escapar un leve suspiro antes de hablar.
—Alem no es fácil de contactar.
Ni siquiera para mí —dijo con sinceridad—.
Pero hay una forma en la que podrías intentar llegar a él.
Phineas alzó la vista con atención.
—¿Cuál?
—Rezar.
Ella parpadeó, sorprendida por la respuesta.
—¿Rezar?
Hakeem asintió.
—Él es un dios, y los dioses pueden escuchar las plegarias.
Si le rezas, puede que te escuche y decida contactarte…
aunque no te aseguro nada —hizo una breve pausa, como si considerara sus propias palabras—.
Incluso para mí, verlo no es sencillo.
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