La nieve que cae en el desierto - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 Capítulo 32 Rezandole a un dios
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33: Capítulo 32: Rezandole a un dios 33: Capítulo 32: Rezandole a un dios Phineas desvió la mirada.
Nunca había considerado rezarle a alguien más que a los dioses de su imperio, y ahora le pedían que hiciera lo mismo con una deidad que apenas sabía de su existencia.
—¿Crees que realmente me responderá?
Él esbozó una leve sonrisa, aunque no había certeza en ella.
—Solo hay una forma de averiguarlo.
Si quieres, podemos intentarlo.
—¿Ahora?
—Sí.
Solo repite después de mí.
Ella vaciló por un instante, pero terminó asintiendo.
Hakeem se acomodó en su asiento y cerró los ojos por un momento, tratando de concentrarse.
Luego, con voz clara y segura, comenzó a recitar: —Oh, gran Alem, deidad protectora de Ankarà, guardián de toda la vida que nace y perece en estos dominios.
Phineas lo repitió, aunque con menos convicción.
—Oh, gran Alem, deidad protectora de Ankarà, guardián de toda la vida que nace y perece en estos dominios…
—Oh, gran Alem, nosotros los mortales imploramos por tu presencia.
Ella suspiró y continuó: —Oh, gran Alem, nosotros los mortales imploramos por tu presencia…
—Por favor, ven e ilumínanos con tu sabiduría.
—Por favor, ven e ilumínanos con tu sabiduría…
Cuando terminaron, Phineas abrió un ojo, mirando a su alrededor con cautela.
No pasó nada.
No hubo un temblor en el suelo o un susurro en el aire, ni una presencia misteriosa manifestándose.
Solo el silencio del jardín y el viento meciendo las hojas.
—¿Eso es todo?
—preguntó con incredulidad.
Hakeem se apoyó en el respaldo de la silla con una sonrisa ligera.
—Sí.
—¿Pero qué se supone que pase ahora?
—Esperamos.
Phineas frunció el ceño.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿Acaso…
te lo acabas de inventar?
Él dejó escapar una risa.
—Más o menos.
Ella lo miró con el ceño fruncido, sintiéndose estafada.
—¿Me hiciste rezar algo que inventaste sobre la marcha?
—Una plegaria sincera siempre tiene valor, aunque sea improvisada —respondió con tranquilidad—.
No te frustres, sé paciente.
Ella cruzó los brazos, sin estar del todo convencida, pero sin más opción que esperar.
Estaba a punto de responderle cuando un bostezo la interrumpió.
No le dio importancia al principio, pero cuando intentó parpadear, sus ojos se sintieron pesados, como si de pronto le costara mantenerlos abiertos.
Otro bostezo escapó de sus labios.
—¿Phineas?
—la voz de Hakeem sonó preocupada.
Ella intentó mirarlo, pero su vista se tornaba borrosa.
El mundo a su alrededor parecía desvanecerse, y la somnolencia se hizo tan intensa que le resultó imposible luchar contra ella.
Hakeem se inclinó hacia adelante, apoyando su mano en el hombro.
—¿Estás bien?
Hizo un esfuerzo por responder, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, sus párpados cayeron con pesadez.
Lo último que sintió fue cómo su cuerpo se volvía ligero, como si se estuviera sumergiendo en un sueño profundo.
Phineas abrió los ojos lentamente.
Su visión, antes nublada por la somnolencia, comenzó a aclararse, pero lo que vio no fue el jardín de Ak’tenas.
Se encontraba en un lugar similar, pero diferente en esencia.
La vegetación era exuberante, los mismos tonos vibrantes de verde, los pétalos danzando con el viento…
pero la arquitectura no pertenecía a su mundo.
Frente a ella, una gran torre se elevaba majestuosa hacia el cielo, su superficie tallada con intrincados patrones que brillaban con un fulgor tenue, casi como si las propias piedras estuvieran vivas.
A su alrededor, fragmentos de tierra flotaban en el aire, sostenidos por una fuerza invisible.
Eran como jardines suspendidos en el vacío, conectados entre sí por puentes de piedra que parecían desvanecerse en su centro para luego recomponerse al otro lado.
Más allá de la torre, esculturas de piedra emergían del suelo, formando figuras abstractas que evocaban la imagen de seres antiguos, quizás dioses olvidados.
Algunas tenían inscripciones en lenguas desconocidas, otras parecían observarla.
Phineas tragó saliva.
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