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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 34

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34: Capítulo 33: Nos volveremos a ver 34: Capítulo 33: Nos volveremos a ver No estaba en Ak’tenas.

No estaba en ningún sitio que reconociera.

Y lo peor…

es que no sabía cómo había llegado allí.

—¿Sorprendente, verdad?

—le preguntó una voz.

Ella se giró bruscamente.

A unos metros, de pie sobre la hierba resplandeciente, había un niño.

Su cabello anaranjado caía en una trenza sobre su hombro, y sus ojos verde esmeralda la observaban con una intensidad que le heló la sangre.

Había algo en él…

algo inquietantemente familiar.

—¿Quién eres?

—le preguntó sin pensar.

El niño inclinó levemente la cabeza, sin cambiar su expresión seria.

—¿Acaso no conoces al dios al que le rezas?

Su respiración se entrecortó mientras sus labios formaban un nombre que apenas se atrevía a pronunciar.

—Alem…

El viento sopló con suavidad, alzando mechones sueltos del cabello de Aksha mientras sus ojos permanecían fijos en ella, inmutables.

—Así es.

Phineas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Esto…

¿Es real?

Aksha no se movió.

Su expresión seguía serena, casi ausente de emoción.

—¿Qué define lo real?

—preguntó con voz tranquila—.

Estás aquí, ¿no?

Me ves, me escuchas.

¿Eso no es suficiente?

Phineas abrió la boca para responder, pero ninguna palabra salió.

—¿Por qué estoy aquí?

—logró preguntar al final.

Él ladeó apenas la cabeza.

—Porque me llamaste.

—Yo no…

—Rezaste, ¿o me equivoco?

Ella se quedó en silencio.

Sí, lo había hecho.

Pero jamás imaginó recibir una respuesta, y mucho menos de esa forma.

—Ahora dime, ¿qué es lo que deseas de mí?

Phineas tragó saliva.

Sus manos temblaban levemente, pero las ocultó en los pliegues de su ropa.

Aksha esperaba su respuesta con paciencia, como si no tuviera dudas de que ella hablaría tarde o temprano.

Inspiró hondo, tratando de calmar su respiración.

Si estaba allí, si él la había traído, significaba que tenía la oportunidad de obtener respuestas.

Y había una que no podía seguir ignorando.

—Mis ojos…

—se animó a decir—.

No siempre fueron así.

Cambiaron después de lo que pasó en el desierto.

¿Qué…

qué me hiciste?

Él no se inmutó.

—Yo no hice nada con tus ojos.

—Pero…

entonces, ¿por qué— —Lo que hice —la interrumpió, sin alterarse— fue devolverte la vida.

—¿Devolverme…?

—Moriste ese día en el desierto —afirmó con la misma calma con la que podría haber hablado del clima—.

Tu cuerpo ya no era más que un cascarón vacío.

Fui yo quien te trajo de vuelta.

Phineas dio un paso atrás.

—No…

eso no puede ser cierto.

—Lo es.

Su mente se debatía entre la incredulidad y el miedo, pero una parte de ella entendía que aquello explicaba demasiadas cosas: la sensación de vacío al despertar, la pesadez en su cuerpo, los sueños que no le pertenecían…

—Si no fuiste tú quien cambió mis ojos, ¿qué fue entonces?

—Un estigma —respondió—.

Algo que ya estaba dentro de ti, esperando el momento para despertar.

Phineas lo miró sin comprender.

—¿Un estigma?

—Un rasgo heredado de tu linaje.

Dormía en ti, hasta que la muerte lo sacó a la superficie.

Por un momento sintió su mente nublada.

La revelación de que había muerto en el desierto y que ahora caminaba gracias a la intervención de una deidad no era algo que pudiera asimilar con facilidad.

Sentía su cuerpo igual que siempre, pero ahora sabía que no era el mismo.

Aksha la observó con una expresión indescifrable antes de romper el silencio.

—¿Este lugar te resulta familiar?

Phineas apartó la vista de su entorno y negó con la cabeza.

—No.

Nunca he visto nada como esto.

Él suspiró.

—Ven.

Caminemos un poco.

Ella dudó por un instante, pero al final aceptó.

No tenía otra opción, después de todo, estaba allí por él.

Así, ambos comenzaron a avanzar entre los jardines flotantes y los majestuosos pilares de piedra que desafiaban la gravedad.

Phineas no podía dejar de observar cada detalle: las estructuras se sentían antiguas, pero al mismo tiempo, extrañamente intactas.

Como si el tiempo hubiera decidido ignorarlas.

—Estamos en Ankarà —dijo Aksha de pronto.

Phineas se detuvo en seco.

—¿Qué?

—Ankarà, antes de que se convirtiera en un desierto.

—Eso no tiene sentido.

¿Cómo es posible?

—Porque el tiempo es relativo aquí.

Ella miró de nuevo todo su alrededor, intentando imaginarlo cubierto de arena, abrasado por el calor sofocante y sumido en la desolación que tenía grabada en su mente.

Le resultaba imposible.

—¿Qué sucedió?

¿Por qué todo esto desapareció?

Aksha guardó silencio por unos segundos antes de responder.

—Es una historia demasiado larga —dijo con un dejo de desgano—, pero, en resumen…

un dios decidió que estas tierras, y toda la humanidad, merecían un castigo.

Phineas sintió un nudo en la garganta.

—¿Qué castigo?

Éste hizo una pausa y luego la miró con sus ojos esmeralda centelleando, como una joya recién pulida.

—Dime, ¿alguna vez has oído hablar de Lilith Heavengreen?

Ella frunció el ceño.

—No…

no me suena.

Él sonrió levemente.

—Lo sé —dijo—.

Porque seguramente la conoces con otro nombre.

Camelia Enoch ¿Te suena?

Había oído ese nombre muchas veces en su infancia.

Como princesa, la habían obligado a memorizar su linaje, a conocer cada antepasado importante de la casa Enoch Valentine.

Pero Camelia siempre había sido poco más que un nombre en los registros.

Nunca se hablaba demasiado de ella, y Phineas jamás había cuestionado por qué.

—¿Qué tiene que ver ella con todo esto?

—preguntó, con una inquietud creciente.

Aksha sonrió con un deje de misterio.

—Eso es algo que deberás descubrir por ti misma.

Phineas apretó los labios.

Una respuesta tan vaga no hacía más que aumentar su frustración, pero algo en la mirada del niño—o dios—le dijo que insistir no cambiaría nada.

Un viento suave recorrió los jardines flotantes, haciendo que las hojas susurraran.

Phineas sintió que su cuerpo se volvía más ligero, como si algo tirara de ella hacia otra parte.

Él la observó con atención.

—Es hora de que regreses.

Phineas quiso replicar, pero antes de que pudiera hacerlo, todo su alrededor comenzó a desvanecerse en una luz cegadora.

El último sonido que escuchó fue la voz de Aksha, pronunciando unas palabras que apenas pudo entender: —Nos volveremos a ver, Phineas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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