La nieve que cae en el desierto - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 34 Impotencia
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35: Capítulo 34: Impotencia 35: Capítulo 34: Impotencia El sonido tenue de la porcelana chocando contra la mesa fue lo primero que alertó a Hakeem.
Alzó la vista justo a tiempo para ver a Phineas tambalearse.
Sus dedos se soltaron del borde de la taza, y su cuerpo, frágil como un tallo de lirio, comenzó a inclinarse hacia un costado.
—¡Señorita!
—exclamó Kou, saliendo de entre las sombras, reaccionando al instante.
Moviéndose por puro instinto.
El tiempo pareció ralentizarse.
Hakeem se levantó de inmediato, pero fue Kou quien, más cercano, se arrojó hacia adelante, atrapando a Phineas justo antes de que su cabeza tocara el suelo.
La sostuvo con delicadeza, como si su cuerpo fuese de cristal y un movimiento brusco pudiera quebrarla.
—¡Llamen a un doctor!
¡Ahora!
—ordenó Hakeem, con urgencia.
Los sirvientes, que hasta entonces se mantenían en los márgenes del jardín, se dispersaron como hojas al viento.
El caos se apoderó del ambiente: pasos apresurados sobre la grava, gritos de confusión, el crujir de ramas bajo los pies.
Kou, en cambio, mantuvo la calma, se arrodilló sobre la hierba con Phineas en brazos, y presionó dos dedos contra su cuello, justo en la arteria.
Su pulso era estable.
Su respiración, tranquila.
Su piel no tenía fiebre ni estaba fría.
A simple vista, no parecía haber nada mal en ella…
pero no despertaba.
—Vamos —dijo Kou en voz baja, como si quisiera convencerla con palabras suaves—.
Abre los ojos.
Pero el cuerpo de Phineas permanecía inerte.
Ligero como si no tuviera peso propio.
Como si su alma hubiese abandonado el cuerpo.
Por otro lado, Hakeem frunció el ceño.
Su mente se activó rápido, como en el campo de batalla, donde el tiempo para pensar es escaso y la precisión lo es todo.
Desvió la mirada hacia la taza de porcelana sobre la mesa, todavía con un poco de té en su interior.
Sin pensarlo dos veces, la tomó y bebió de ella un sorbo.
El líquido aún estaba tibio en su garganta.
Esperó, pero ningún entumecimiento, ninguna sensación extraña en su cuerpo se hizo presente.
En un ataque de ira, arrojó la taza con más fuerza de la necesaria, haciendo que se fragmentara en muchos pedazos.
—No es envenenamiento —dijo para sí mismo—.
Pero algo no está bien…
—Voy a llevarla a su habitación —anunció Kou.
Sin esperar más tiempo, Kou la acomodó mejor en sus brazos y se dirigió hacia el interior del palacio.
Hakeem lo siguió de cerca, sintiendo cómo la impotencia crecía en su interior.
Las pisadas apresuradas resonaban en los pasillos de mármol mientras avanzaba con Phineas en brazos.
Los sirvientes que se cruzaban en su camino se apartaban de inmediato, susurrando por lo bajo al ver la situación.
Al llegar a la habitación, Hakeem empujó la puerta con ambos brazos, mientras que Kou la llevó hasta la cama, y con cuidado la recostó sobre el colchón.
Hakeem le pasó una mano por el rostro, despejando unos mechones que le cubrían los ojos.
Este se mordió los labios, conteniendo la impotencia.
El sonido de pasos en el pasillo hizo que ambos hombres se giraran al unísono.
Una doctora ingresó rápidamente, seguido por un par de asistentes.
—¿Qué ha sucedido?
—preguntó mientras se acercaba.
—Se desmayó de repente en el jardín y aún no ha reaccionado —explicó Kou.
—Entiendo.
Ahora retírense —indicó —.
Necesito espacio para trabajar.
Hakeem apretó los dientes, pero no discutió.
Kou tampoco.
Sin otra opción, ambos salieron de la habitación y cerraron la puerta tras ellos.
El pasillo estaba en silencio, salvo por el eco lejano de los sirvientes que seguían con sus quehaceres en otras partes del palacio.
Hakeem se pasó una mano por el cabello, inquieto.
No le gustaba esperar sin hacer nada.
No le gustaba sentir que no tenía control.
Después de un largo momento, giró el rostro hacia Kou y lo observó de reojo.
El joven estaba erguido, con los brazos cruzados, el ceño fruncido y la mandíbula tensa.
—No sabía que tenías tan buena relación con ella —afirmó.
Kou pareció tomarse un segundo para entender la frase antes de fruncir el ceño, ligeramente incómodo.
—No es lo que piensas.
Apenas cruzo palabra con ella.
—¿En serio?
Porque lo que vi hace un momento era más que simple preocupación.
Kou suspiró, desviando la mirada.
La luz que se filtraba por los ventanales apenas alcanzaba a delinear su perfil.
—Solo cumplo con mi deber —dijo con simpleza—.
Me ordenaste protegerla.
Y eso es lo que estoy haciendo.
Hakeem sostuvo la mirada en él por un instante más, antes de desviarla hacia la puerta cerrada de la habitación.
Este suspiró.
—Estás haciendo bien tu trabajo.
—Su voz sonó más seria—.
No cualquiera reaccionaría tan rápido.
Kou parpadeó, un poco sorprendido por el comentario.
—Gracias…
—respondió con algo de duda.
Hakeem no dijo nada más.
Su atención seguía clavada en la puerta, mientras una incómoda sensación lo invadía.
Una especie de ansiedad, sutil pero persistente, le presionaba el pecho.
¿Por qué le había preguntado eso a Kou en primer lugar?
No era asunto suyo con quién Phineas tenía buena relación.
Pero en cuanto lo vio sujetarla sin dudar, con una preocupación tan evidente en el rostro, la pregunta se le había escapado, impulsiva, irracional.
Chasqueó la lengua y apartó el pensamiento de su mente, como si así pudiera disipar también el malestar.
—Apenas cruzamos palabra, ¿eh?
—murmuró para sí, elevando los ojos con amargura.
El chirrido leve de la puerta interrumpió el momento.
Una de las asistentes de la doctora asomó la cabeza.
—Ya pueden ingresar.
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